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Para qué ser víctimas, si podemos ser libres

«La víctima es el héroe de nuestro tiempo»[1] o, en nuestro tiempo, «los únicos héroes posibles son las víctimas».[2] Sea como sea, abundan las frases notables en la literatura para denunciar lo que Paul Ricoeur ha denominado «la tendencia contemporánea al victimismo»[3] y vale la pena analizar, aunque sea brevemente, sus causas y consecuencias.

El victimismo de nuestra época se caracteriza por la tendencia del hombre a adoptar la posición de víctima ante un grupo de personas, o la sociedad en general, con el fin de responsabilizar al colectivo por cualquier agravio o circunstancia adversa vivida.[4] Este concepto contrasta con la verdadera víctima, la cual en ningún momento busca serlo. Cabe recalcar que lo es a causa de una desgracia que padece, y el remedio de toda víctima siempre ha sido la superación de su sufrimiento, es decir, hacer saber a otro que uno es mucho más que el mal que padeció.

“El victimismo le quita poder al más débil y lo acumula en manos equivocadas, criticarlo supone restituir ese poder.”

Lo cierto es que ni siquiera aquellos que abrazan el victimismo quieren ser verdaderas víctimas, como bien dice Tzvetan Todorov: «¿Qué hay de agradable en el hecho de ser víctima? Nada, sin duda. Pero, aunque nadie quiera ser una víctima, son numerosos, en cambio, quienes desean haberlo sido, sin serlo ya: aspiran al estatuto de víctima».[5] Denunciar el mal del victimismo, por lo tanto, no es dañar nuevamente a la víctima como algunos podrían creer. Todo lo contrario, resulta un necesario ejercicio para reconocer a las verdaderas víctimas y separarlas de las que no lo son. El victimismo le quita poder al más débil y lo acumula en manos equivocadas, criticarlo supone restituir ese poder.[6]

A pesar de que buena parte de la discusión en torno a este tema se ha centrado en determinados colectivos que han demandado la calidad de víctima a lo largo de la historia, lo cierto es que el fenómeno del victimismo es mucho más amplio, la interseccionalidad como herramienta analítica ha colaborado en identificar nuevos roles de víctima y a sus correspondientes victimarios —Negro/Blanco; Pobre/Rico; Infértil/Fértil; Hombre/Mujer; Inmigrante/Nacional; etc.—.[7] Con todo, el fenómeno es todavía más amplio y en realidad cualquier persona podría aspirar al estatuto de víctima, incluso el prototipo más perfecto de “victimario” —hombre, rico, blanco, heterosexual, chileno/español/etc.—— podría acusar que se siente víctima de estas caracterizaciones —sentimiento que han sabido interpretar los nuevos movimientos de derecha y extrema derecha en el mundo—.[8] Por lo tanto, una crítica al victimismo no puede ignorar esta realidad y debe consistir en una invitación transversal a abandonar el estatuto de víctima, capaz de interpelar a la “perfecta víctima” y al “perfecto victimario”.

Toda crítica al victimismo debe partir por identificar los beneficios que esta práctica reporta. A diferencia de una verdadera víctima, que por motivos de justicia busca una satisfacción puntual, quien adopta el rol de víctima busca un privilegio permanente que se ha traducido en beneficios económicos, ventajas laborales y en una especial posición social desde la cual la “víctima” no puede ser criticada y sus quejas son especialmente consideradas. A esto debemos sumar, desde un punto de vista psicológico, la ventaja de culpar a terceros por nuestros fracasos y penurias. Sin embargo, estas ventajas terminan siendo perjudiciales, tanto para la sociedad como para el beneficiario del victimismo.

En primer lugar, los beneficios del victimismo descansan en el supuesto de que existe una buena cantidad de personas dispuestas a asumir su rol de victimario, las cuales, en ocasiones deberán aceptar que la razón, o el mérito que tengan en una instancia particular. De poco valdrá si al frente hay una “víctima”. Empero, en la medida que crece la cultura del victimismo, disminuye el número de victimarios, ya que no solo crea el incentivo de culpar a otros, sino que también una obligación de hacerlo, dado que «si no podemos culpar a otro, será otro el que, probablemente, nos culpe a nosotros».[9] Peor resulta la estrategia de crear “victimarios” a base de cultivar un sentimiento de culpa en ciertos colectivos, debido a que siempre están basados en el mismo racismo, clasismo, sexismo, etc., que pretenden combatir.

En segundo lugar, aunque pueda resultar paradójico, la peor consecuencia del victimismo recae en quien asume el rol de víctima y se beneficia de ello. La víctima se define por su padecer y no por su actuar y, así, quien asume el rol de víctima, deja de enfrentar la vida como un agente moral responsable a cambio de los privilegios obtenidos. Quien desea ser víctima —parafraseando a Paul Bruckner— renuncia a crear su propia vida a cambio de repetir lesiones de tiempos pasados.[10] Junto con ello, la “víctima” necesita de un salvador que reconozca su padecer y se enfrente al victimario. Esta relación tríadica termina por subyugar a quien asume el rol de víctima, quien solo se puede conformar con los beneficios que su salvador le da. ¡Pobre de aquel que muerda la mano que da de comer!, inmediatamente será juzgado por su traición, será tratado, por ejemplo, como “facho pobre”, porque es bien sabido que los pobres solo pueden votar por sus salvadores —la izquierda—, así como las mujeres deben abrazar las banderas del feminismo radical y los latinos en Estados Unidos deben votar por el Partido Demócrata.

En definitiva, el victimismo no genera bienes sociales, solo crea un sistema de privilegios en desmedro del mérito y la razón, restableciendo como criterios el racismo, el clasismo, el sexismo y toda clase de “ismos” que la sociedad libre aspira a superar. Quienes se benefician con el rol de víctima deben saber que lo hacen en desmedro de otras personas y en perjuicio de sus propias potencialidades, dado que no hay beneficio o regalía que pueda compararse al poder creador de la libertad.

 

Bibliografía:

[1] Daniele Giglioli, Critica della vittima. Un esperimento con l’etica (Roma: nottetempo, 2014), 9.

[2] Robert Hughes, La cultura de la queja: trifulcas norteamericanas (Barcelona: Anagrama, 1994), 17.

[3] Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004), 611.

[4] Para una otra definición de «victimismo», véase: Maximiliano Hernández Marcos, «El victimismo, un nuevo estilo de vida. Intento de caracterización», Eikasia: revista de filosofía, n.o 82 (2018): 241.

[5] Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, trad. Manuel Serrat Crespo (Barcelona: Península, 2002), 169.

[6] Giglioli, Critica della vittima, 87.

[7] Para una explicación de la interseccionalidad y sus consecuencias, véase: Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting Up a Generation for Failure (Nueva York: Penguin, 2018), 67-69.

[8] A decir verdad, el cultivo del victimismo es uno de los rasgos esenciales del populismo. Véase: Axel Kaiser, La tiranía de la igualdad: por qué el proyecto de la izquierda destruye nuestras libertades y arruina nuestro progreso (Santiago, Chile: Ediciones El Mercurio, 2015), 37-51.

[9] Julian Baggini, La Queja. De los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas (Barcelona: Paidos, 2012), 138.

[10] Pascal Bruckner, The Tyranny of Guilt: An Essay on Western Masochism (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2010), 141.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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