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Ojo con la indiferencia

“Solo 48% de los latinoamericanos apoya la democracia”, advertían de manera más o menos escandalosa los titulares noticiosos del fin de semana pasado citando al “Latinobarómetro 2018”, un estudio que se realiza hace más de dos décadas y que mide, a grandes rasgos, cómo valoran la política los ciudadanos de los países de América Latina.

El informe resulta preocupante, no tanto por esos encabezados, sino porque da cuenta de una amenaza que crece en el silencio: la indiferencia o apatía a la política. Y es que a un tercio de la región (28%) no parece importarle qué tipo de gobierno tienen sobre sus cabezas, sea una democracia o una dictadura. Se trata de un grupo con una profunda decepción hacia sus gobiernos, los que (casi de manera orweliana) han aprovechado la palabra “democracia”, tanto para acentuar esta apatía, como para deformar la visión sobre esta, hasta ligarla con los vicios del sistema, los presidencialismos casi autocráticos o la corrupción.

Esta idea de democracia ha sido especialmente fácil de instalar en América Latina, ya que existe la visión, más o menos masificada, de que dicho concepto se limita a la llamada “votación popular”. De hecho, desde el colegio nos enseñan el “demos” (pueblo) y “kratos” (gobierno) simplificándolo hasta su expresión más básica y visceral. Así, se abre el espacio para que sea fácil y poco comprometedor quitarle el apoyo a este sistema, pues los gobernantes justifican cualquier acción avalados por los resultados de dichos procesos eleccionarios, incluso, si estos van en contra de las mismas bases de un gobierno democrático. Y es que en una democracia plena (aunque jamás perfecta) elegir a los líderes es importante, pero no suficiente. Lo que se nos olvida es la limitación y división de los poderes del Estado, la capacidad de ponerle freno a uno de estos poderes y que primen mecanismos institucionales que protejan a los ciudadanos.

¿Será que las personas no saben lo que tienen, hasta que lo pierden? Los ciudadanos de Venezuela son los menos indiferentes al tipo de gobierno, los que más valoran la democracia, y paradójicamente, quienes parecen haberla perdido. De hecho, el 37% considera que su gobierno no es democrático, pese a que tienen elecciones. Lo cierto es que, desde el año 2001, el país ha ido aumentando radicalmente su inclinación hacia la democracia, y quienes viven en su territorio parecieran añorar una democracia plena, o prefieren dicho sistema a los continuos gobiernos autoritarios o fallidos que han debido enfrentar. Coincidentemente, la estabilidad no es sinónimo de apoyo democrático. En nueve años la democracia en Uruguay ha pedido 20% de apoyo. En Chile, el 58% prefiere democracia y un 23% prefiere el autoritarismo.

Más allá de todo lo anterior, el grupo de indiferentes, no se corresponde con un género, sector socioeconómico, edad o inclinación política de su gobierno, por lo que es difícil idear una estrategia que los pueda alcanzar en el corto plazo. Son personas que, o no les importa, o les ha dejado de importar, y cuyo número jamás había alcanzado cifras tan altas, al menos en lo que data el estudio.

Hay que poner ojo. El riesgo de que este grupo apático de América Latina siga creciendo, es que justamente, no les importa quien los gobierne. Esto hoy no parece ser un problema, pues solo un porcentaje limitado prefiere el autoritarismo, pero a futuro podría darle un espacio para que dichas alternativas compitan a la par, con la democracia, poniendo en riesgo especialmente a las personas.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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