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Nuestro ethos, nuestro muro

Enseñanza. Eso significa la caída del muro de Berlín a sus 29 años. El mundo entero sigue encontrando enseñanzas -aniversario tras aniversario-, de lo que significó realmente este acontecimiento. Lecciones seguirán existiendo, mientras se siga recordando ese 9 de noviembre de 1989. Pero entre más recordemos, más hay que aprender y más hay que corregir para construir un futuro.

Más que profundizar en el significante, hay que poner atención a ciertos rasgos metafóricos del Muro de Berlín que lamentablemente podemos aplicar hoy en día. Estos rasgos se nos presentan cada cierto tiempo con noticias de todos lados, vociferando que las democracias han ido disminuyendo considerablemente, sustituidas por sistemas políticos autoritarios u otro sistema que menosprecie los cimientos democráticos. ¿Cuál es esa razón apocalíptica? La aventura de los populismos, que se ven fortalecidos por la polarización y la distancia no sólo del sistema partidista, sino también de la sociedad. Hoy existen sólo buenos y malos, y lo importante es que quien yo crea que es bueno, deba mantenerse así -da lo mismo cómo- incluso si disminuye la democracia.

Esta polarización que se ha generado en las sociedades modernas han hecho que la democracia ya no sea percibida con ese ethos del cual hablaba Bryce analizando la sociedad americana, de ese trato social entre iguales; tolerancia, respeto, diversidad de opinión. Hoy el ethos democrático es el poder de la masa, pero gobernando para sí misma. Propender a ser mayoría y gobernar sólo para quienes son parte de la mayoría, es un peligroso concepto moderno de democracia, que ha logrado permear la idea que regímenes democráticos liberales ya no sean vistos como algo intrínsecamente necesario. Entonces, la democracia en manos de la turba de la mayoría, sumado a una sociedad polarizada, se vuelve despótica.

Lo paradójico de este ‘despotismo democrático’ moderno no es nuevo. Ni un mínimo. Kant ya concebía a la democracia como ‘algo necesariamente despótico’ y el mismo Aristóteles la clasificó como, uno de los casos posibles de un mal gobierno de los muchos. La degeneración de la democracia se ha ido traduciendo a un gobierno de masa en su propio beneficio, algo que el filósofo griego advirtió cuando el nomos (la ley y la costumbre) ya no gobierna y es sustituida por el demos, es decir, el pueblo, abusando de la ley a su antojo y terminando por polarizar cualquier sociedad, rompiéndola en conflictos.

Lo que siglos atrás Aristóteles vaticinó de la democracia lo encontramos hoy, creciendo de forma distinta, pero igual en su esencia. Discurso tras discurso, líderes de opinión y políticos han decididamente obviar la compleja estructura de la democracia para dar paso a un facilismo carente de desafío intelectual, dejando de promover los valores republicanos que afirmaron alguna vez a la democracia, volviendo débil la confianza de sus ciudadanos y, por lo tanto, dejar de creer en esta. Ya no hay promoción de la democracia, porque aquellos que la intentan promover, ya no creen en ella. Los testimonios de aquellos que vivieron en la parte oriental de dicho muro, son la mayor muestra que hay lecciones que debemos seguir aprendiendo y -cada cierto tiempo- vuelven a probarnos como sociedad, y volviendo a probar qué ethos tenemos.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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