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¿Nos está comprando China?

China busca ganar —o comprar— la confianza de los latinoamericanos. La de los venezolanos, a quienes entrega millonarios préstamos. La de los brasileros, ya que anunció que enviará una comitiva a afianzar lazos. La de los argentinos, mexicanos y ya desde el gobierno de Allende, la de nosotros, los chilenos.

Se trata de una búsqueda activa por prestigio, que intenta acumular con cada cumbre internacional. Se muestra como un país interesado en el desarrollo del mundo, en la paz y en afianzar sus relaciones internacionales.

La pasada APEC Papúa Nueva Guinea es un ejemplo de cómo esa estrategia y el crecimiento chino se han traducido en poder geopolítico. El que no se haya emitido un comunicado conjunto por primera vez en la historia de este foro internacional, es consecuencia de que el autodenominado país central o “Zhonguo” se está convirtiendo en un contrapeso incómodo para países tradicionalmente dominantes como Estados Unidos.

Y es que este prestigio creciente, parece ratificar que su modelo (entre un comunismo de libre mercado y un capitalismo con gobierno autoritario) puede convivir con países totalmente democráticos y, en algunos casos, incluso convertirse en un referente de éxito, opacando el lado oscuro de ese sistema: la China de la que debemos preocuparnos.

Es innegable que el llamado gigante asiático se ha abierto económicamente y ha avanzado en los últimos veinte años en hitos como la instalación de la propiedad privada o el aumento de la calidad de vida de sus habitantes. También ha defendido abiertamente la globalización y el libre mercado así como ha emprendido acciones para mitigar los efectos de la contaminación en sus ciudades. Esa es la China nos sorprende.

Pero no debemos dejar pasar el lado oscuro del sistema, aquel donde las libertades económicas no están llevando necesariamente a libertades civiles (como tanto esperaba el mundo demócrata liberal). Esa China que está homogeneizando culturalmente a sus minorías religiosas y étnicas.  Que utiliza su poder diplomático e influencia para intentar anexar Taiwán, y sabotear las demandas de Hong Kong y el Tíbet. Es la China de la sofisticada supervigilancia, la de los campos de concentración “secretos” o la que, además de exportar autos, exporta mecanismos de vigilancia orwelliana a países como Venezuela, cosa que supimos esta semana.

Esa es la China de la que debemos preocuparnos, pues aunque no tenga la clara ambición de conquista de otros países, su influencia blanda tiene un efecto cultural, de imagen y de discurso, que inquieta aún más con lo cuestionados que están los “sistemas democráticos”.

Es la nación poderosa que decide hablarnos a nosotros, los países en “vías de desarrollo”, y “darnos una mano” para escalar al siguiente paso. Y de a poco nos parecen mejores sus productos (antes asociados con la mediocridad), más eficiente su sistema de seguridad y más amigables sus emisarios. Pero, al mismo tiempo, un grupo de economías (incluyendo la Chile) dependen cada vez más del desarrollo económico del gigante asiático, de su crecimiento, de su consumo y de sus políticas.

En ese sentido, no es casualidad que China esté viendo en Chile una fuente de inversión, y que empresas como Tianqi, quien lucha por entrar a SQM y aumentar su participación en el mercado del litio mundial, o JoyVio, que esta semana compró a la salmonera Australis. Algo que pocos parecen entender, es que el sector privado en China mantiene una estrecha relación con su gobierno, y esto ha sido una de las estrategias del “Partido” en su proceso de apertura. Así también, aumentan las becas, los cursos de idioma, la disponibilidad de visas (es cada vez más fácil viajar a china) y las invitaciones diplomáticas.

Esta columna no se trata de teorías conspirativas, ni de negar que otros países también han ejercido su poder blando con una agenda no declarada. Es un llamado a entender el poder chino desde ambas caras, pues solo ahí podremos identificar cuándo estamos siendo influenciados a tomar medidas que respondan a sus intereses, como desconocer diplomáticamente a Taiwán, o sentirnos atraídos a su modelo.

Y es que este mes será clave en esta estrategia de influencia, con la APEC, el G20 y las comitivas invitadas. China está ganándose nuestra confianza y se ha convertido en un aliado económico. Hay que tener ojo: que esa tentación de crecimiento no se convierta en una amenaza para las democracias liberales, que no solo compren nuestras empresas y productos, sino también nuestros valores y corazones.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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