Nick Cave y Bolsonaro

Es difícil entender Brasil: el domingo un demente puede ser elegido Presidente. El fenómeno sería consecuencia de la corrupción de políticos y empresarios, de la crisis económica, de la violencia y de la delincuencia. Estas causas se parecen, pero no son iguales, a las de Estados Unidos, donde llegó otro desequilibrado. Y son bastante diferentes a las de Europa, donde ya aparecen otros cuadrumanos. Allá hay muchos problemas con la inmigración, mientras que en Brasil parece que no. Entre las causas comunes está la izquierda perdida, sin ideas, sin propuestas, y la ya de moda explicación de su obsesión con las «políticas de identidad». No sé, Brasil no parece ser así, o al menos eso creo.

La verdad, Brasil siempre me ha parecido inentendible, enigmático, o más bien abandonado de adrede por inabarcable. De Argentina uno entiende que no lo entiende, pero a Brasil ni siquiera. Tienen otro idioma. No nos llegan sus libros —sospecho que en los colegios hay menos Machado de Assis que Vargas Llosa, Borges o García Márquez— y apenas sus películas. No existen copuchas cruzadas entre nuestros artistas y los suyos; con suerte, quizás por ignorante, he leído unos relatos de Jorge Edwards. A mí Brasil se me apareció en 1994 con el Mundial y la muerte de Senna, pero no había prototipos similares entre Romario, Senna y Xuxa. Después, una inocente teleserie llamada Xica da Silva trajo a la televisión abierta las escenas más pornográficas que eran posibles entonces. La samba y el carnaval también, aunque Xica hacía todo aún más incomprensible: mostraba un Brasil que había sido un imperio moderno en Sudamérica. Enredo total. El bossa nova es una música diferente a la samba: sofisticada, simétrica a su arquitectura moderna, evocaba glamur, martinis y piscinas; despertaba además la misma idealización —ingenua— que produce caminar por Copacabana, donde comprar el diario para leerlo en la playa hace aumentar la ansiedad de incomprensión del país. Todo es completamente inabarcable: Brasil tiene hasta cuatro veces nuestras 470 especies de pájaros.

Por eso, para mí, lo más pertinente respecto a Bolsonaro sería insistir en que hay que saber esperarlo. Asumir que algún día llegará alguien así al poder y que esa es una buena razón para no otorgarle más atribuciones al Estado. Imaginar que no será uno sino que un Bolsonaro el que elegirá el currículum de los colegios. Imaginar que no será uno sino que un Trump el que decidirá si subsidiar a las iglesias. Imaginar que no será uno sino un Le Pen quien querrá imponernos su modelo de vida. Más razón aún, por ejemplo, para no destruir la educación privada, consecuencia solapada de la educación superior gratuita. No inhibir a la sociedad civil. Es tener claro lo que dice Nick Cave, aunque lamentablemente no lo dijo acá la semana pasada: People Ain’t No Good.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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