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Los supersónicos en un mundo feliz

La imagen se ha vuelto típica en diversas reuniones sociales, como cumpleaños, mesas restaurantes e incluso en los hogares. Personas sentadas todas juntas, pero conectadas a sus celulares o tabletas sin interactuar con sus contertulios. Las tarjetas de Navidad ya no existen sino como burdos memes, sin firma, enviados de forma masiva casi como spam. La comunicación humana, en sus formas habituales, ha cambiado. Esto un interesante aspecto a considerar dentro de la reflexión en torno a la llamada Cuarta revolución industrial. Esta es lejos la época de mayores recursos para generar formas de comunicación e información y sin embargo, parecer ser la menos comunicada e informada. Ni que decir del dilema en torno a la verdad que genera esto.

“¿Qué clase de futuro tendremos en ese sentido? ¿Uno como el de los supersónicos o quizás uno como el de la película Wall E o, peor aún, uno como el que imaginó Aldous Huxley?”

La posverdad expresa un proceso de desmantelamiento de la esencia de todo enunciado como eje comunicativo que no solo afecta las relaciones interpersonales más íntimas sino también las relaciones laborales y también las políticas. ¿Cuántas de nuestras capacidades comunicacionales innatas en términos humanos, esenciales para el sustento de la vida en sociedad, se ven mermadas por la expansión de tecnología en ese sentido?

La Cuarta Revolución Industrial no solo generará desafíos a nivel productivo, laboral e industrial sino también político. Las máquinas podrían, eventualmente, no solo reemplazar la fuerza de trabajo y el ingenio humanos, sino mucho más. Máquinas no solo haciendo el trabajo pesado o atendiendo hoteles sino cuidando, educando y entregando afecto a los niños, a los ancianos, a los enfermos. ¿Qué clase de futuro tendremos en ese sentido? ¿Uno como el de los supersónicos o quizás uno como el de la película Wall E o, peor aún, uno como el que imaginó Aldous Huxley?

El desarrollo de la IA podría generar una serie de cambios sin precedentes en la historia humana en todos los ámbitos de nuestras vidas, también en lo político. Por ejemplo, cómo sería enfrentarse a burócratas robotizados, cuyos discernimientos son solo algoritmos y patrones, los cuales eventualmente podrían proceder como el mejor de los funcionarios, sin miramientos  ni titubeos. O qué clase de leyes tendríamos si los asesores legislativos llegarán a ser, en su mayoría, máquinas y no personas. ¿Permitiríamos que máquinas con una inteligencia superior, decidieran por nosotros nuestras leyes? ¿No generaría eso un dilema en cuanto a la autonomía humana? ¿Qué pasaría, por ejemplo, con las políticas públicas de salud, suponiendo que en el futuro los gobiernos basados en IA nos recomendaran no solo qué comer o cuánto deporte hacer, sino con quién casarnos o tener hijos?

“La Cuarta Revolución Industrial no solo generará desafíos a nivel productivo, laboral e industrial sino también político.”

Estas preguntas podrían sonar a ciencia ficción, pero ya se habla de la posibilidad de alterar genéticamente a los hijos antes de que nazcan, con el fin de evitar enfermedades o potenciar ciertos rasgos genéticos favorables. Las células madres son un hecho real y no un extracto de una novela de Isaac Asimov. El tema es un debate que filósofos como Jürgen Habermas iniciaron hace tiempo y que actualmente plantean aún mayores interrogantes.

Uno de los temas claves en torno a los cuales se hace necesario reflexionar a propósito de la llamada Cuarta Revolución Industrial tiene relación con el desarrollo de nuevas técnicas o tecnologías de poder a base de Inteligencias Artificiales (¿libres del mal banal?). La tendencia planificadora y constructivista podría verse exacerbada de parte de aquellos que, contando ahora con el amparo de la técnica, pretenden construir tozudamente el paraíso en la tierra a través del poder del Estado, paradojalmente en nombre de la humanidad. Bajo estos afanes, podríamos vernos convertidos en ciudadanos con vidas planificadas desde la cuna hasta la muerte, enfrentados a gobiernos carentes de rostro, creados bajo la ironía y la excusa de promover un sistema social más humano, menos corrupto y más eficiente. Pero esa despersonalización del poder y el gobierno ¿qué efectos podría tener sobre nuestras vidas?

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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