Legisladores desnudos

Las reacciones por la vestimenta de algunos nuevos diputados, como Florcita Alarcón o Pamela Jiles, se parecen a las del cuento “El traje nuevo del emperador“, de Hans Christian Andersen. La fábula cuenta la historia de un monarca que, producto de su obsesión con las vestimentas, es engañado por unos estafadores que le ofrecen hacerle un traje de la más suave seda, supuestamente invisible para los ineptos y tontos.

El rey, al dudar de su propio discernimiento, envía a diversos asesores a verificar la veracidad del traje. Estos últimos, para no quedar como ineptos o tontos, prefieren no decir nada Todos, por el contrario, elogian los diseños, invisibles, que se preparaban para el rey. Días después, el monarca sale a mostrar su traje al pueblo que, para no quedar como tonto, aclama la belleza del atuendo invisible. Todo eso hasta que un niño dice: “El rey está desnudo”.

Como en el cuento de Andersen, durante el cambio de mando la atención de muchos se centró en los atuendos poco convencionales o estrafalarios de algunos nuevos legisladores. Pero, ¿qué pasa si desnudamos a los legisladores? ¿Qué podemos ver si les sacamos sus ínfulas estrafalarias, sus disfraces retóricos y sus promesas fantásticas?

De seguro, veremos que nuestros legisladores tienen una enorme confusión entre lo que es el derecho y la legislación, que se disfraza tras una retórica burda donde las normas legales son vistas como una mera expresión de sus propios deseos y prejuicios. Y, al igual que el pueblo frente al rey desnudo, los ciudadanos aceptamos sin chistar las leyes que diariamente se promueven bajo estos sesgos dudosos, donde el derecho no es visto como resguardo de la libertad, sino como un instrumento de dominio del poder político.

Aquella concepción errada del derecho, la legislación y el gobierno puede esconderse tras diversos ropajes: un traje estrellado o aterciopelado, un gran carisma o la promesa de mayor justicia. A veces tenemos la intuición de que los reyes están desnudos, pero no nos atrevemos a decirlo. De hecho, el síndrome del rey desnudo también se produjo con respecto a Bachelet y su gobierno. En público se elogiaban su gestión, su liderazgo y su legado, pero en el fondo, en la privacidad de los comentarios de pasillo y la confianza de los cócteles, todos sabían que aquello era sólo una ilusión, un traje invisible.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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