La última voluntad

Hace poco, escaneando con la mirada las paredes rayadas de «Guga», un sencillo restaurante georgiano en Praga, me encontré una sorpresa: a mano y rudimentariamente estaba pintado el logo de Radio Free Europe, la emblemática estación que, apoyada por Estados Unidos, fue durante la Guerra Fría voz de libertad contra el comunismo y hoy llega a 20 países y en 25 idiomas, allí donde la prensa libre está total o parcialmente reprimida.

Significativo el detalle, precisamente allí y en esa ocasión; Georgia fue una república soviética y cuna de Stalin. Y quienes me acompañaban provenían mayormente de Azerbaiyán, país regido por el autócrata Ilham Aliyev. He recordado el episodio por la columna póstuma de Jamal Khashoggi, el periodista saudí desaparecido y que, según se reporta, habría sido horriblemente asesinado.

El texto que ha publicado The Washington Post, con una emotiva nota de Karen Attiah, editora de opiniones globales, se titula Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión. Como si fuera su última voluntad, Khashoggi aboga por más espacios que den resonancia a voces árabes y en lengua árabe. Y alude, por cierto, a Radio Free Europe. Los árabes —escribe— necesitan algo parecido.

Advierto que el mundo árabe es más heterogéneo de lo que suele creerse en Occidente, y a veces se mezcla confusa y erróneamente con el musulmán, del cuál los árabes son solo una porción, sin contar que muchos profesan otras religiones. Además, las circunstancias sociales, institucionales, económicas y culturales varían. Hay autocracias laicas y otras religiosas; monarquías y repúblicas; países con más libertad y apertura que otros, como Túnez, Jordania, Marruecos y Kuwait; las naciones del Golfo difieren entre sí, y a la vez de las del norte de África y las del Levante; los niveles de desarrollo y riqueza no pueden ser más dispares y los devenires post Primavera Árabe han sido desiguales. Sin embargo, en cuanto a lo que Khashoggi plantea sobre la libertad de expresión, además de los desafíos que menciona en su escrito, resalto que hay fuerzas de resistencia y dificultad profundas y colosales, más o menos arraigadas a lo largo y ancho del espacio árabe.

Una es la narrativa dominante donde Occidente representa todo lo malo, desde imperialismo, conspiración y oposición a los intereses árabes hasta degradación e inmoralidad. También es el «culpable» de todas las desgracias. Esto se traduce en un rechazo bastante extendido a los valores e instituciones occidentales, incluyendo la democracia liberal y su cultura.

La segunda dificultad es la idea, también en grandes segmentos de la población, de que el problema del mundo árabe —además de Occidente, claro— está en los viejos líderes… y no en sus instituciones y sistemas. El escritor egipcio Tarek Osman cuenta cómo la promesa de la Primavera Árabe fue la posibilidad de que una nueva generación —educada, políticamente sensibilizada y mayormente liberal— conectara sus sociedades con la herencia liberal árabe y las circunstancias de aquellas partes del mundo que, en las últimas dos décadas, se han democratizado[1]. Osman recuerda que entre fines del siglo XIX y la primera mitad del pasado hubo una «era liberal árabe». Un ejemplo sería Egipto, que mostró ciertos avances en materia de libertad de expresión, estado de derecho y sociedad civil. Estas esperanzas perecieron cuando amplios grupos quisieron terminar con los «viejos líderes» y sus partidarios, pero manteniendo los mismos estados y sistemas (o empeorándolos). Añadamos la guerra civil en Siria, Libia y Yemen; los desastres y barbaridades del Estado Islámico y el auge de los islamistas en algunos lugares, entre otras cosas. Así, el único desarrollo positivo fue el de Túnez.

El tercer y último punto importante es la religión, más en unos países que en otros. No ahondaré en esto porque requiere elaboración, pero basta decir que aún en sociedades no gobernadas por teocracias totales o regímenes afines, la religión —el Islam— tiene un poder de control social inmenso en las vidas pública y privada, y eso incluye lo que se piensa y dice. No hay libertad de expresión plena donde se teme, no solo ofender a un gobierno, sino además transgredir preceptos religiosos que pueden «ameritar» condena social, tortura, prisión y muerte por los métodos más terribles.

Estos no son los únicos desafíos y ni siquiera se acercan a un análisis suficiente de las dificultades que enfrentaría la última voluntad de Khashoggi, pero al menos espero que permitan dimensionar el valor de quienes han tenido el coraje para alzar la voz en el mundo árabe y enfrentar lo que parece invencible.

[1] Tarek Osman explica esto en en un capítulo del libro Democracy under threat titulado The future of democracy in the Arab world

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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