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La soledad de Gabriel Boric

El llamado del Presidente Sebastián Piñera a conformar la denominada Comisión de Infancia, uno de los cinco grupos de trabajos para acuerdos nacionales que impulsa el gobierno, ha tomado relevancia no por el tema que busca abordar sino por lo complejo que ha sido conformar tal delegación de manera ecuménica. Un tema que se presume de interés común para todos los sectores políticos como es la situación del Sename, no ha generado la adhesión inmediata de los diversos partidos sino que ha hecho evidente los intereses más bien facciosos de algunos de ellos como, por ejemplo, el Partido Comunista y parte del Frente Amplio. Apelando a que esos temas deberían ser discutidos en el Parlamento, diversos miembros de los partidos de la agonizante Nueva Mayoría se descartaron de participar de la comisión.

La negativa, en primera instancia razonable, esconde la pretensión utilitaria del PC de conformar un bloque opositor en toda instancia y lugar, sin importar en qué flanco aquello se produzca, ni siquiera si se trata de buscar una solución con respecto al Sename. Por eso, esta vez no habrá lágrimas de Camila Vallejo. Esa actitud razonable pero utilitaria de parte importante de la izquierda frente a un tema como el Sename, fue calificada con certeza como burdas mezquindades por Gabriel Boric. El diputado, que aceptó el llamado del gobierno para participar de la Comisión de Infancia, no tardó en ser reprendido por algunas voces que rechazan a los caudillos pero actúan como tales, como el diputado comunista Daniel Núñez quien, en un claro acto de proyección, calificó a Boric de oportunista. Mismas ínsulas se dio la que más crítica las ínfulas, la diputada Pamela Jiles, quien paradojalmente preside la Comisión de Familia.

Lo cierto es que en la izquierda se confrontan dos visiones con respecto a la política democrática actual. Una está marcada por la mera ética de convicción, cuyo maximalismo es notorio cada cierto tiempo, que además concibe la política como una suma cero donde hay amigos y enemigos, lo que se ve reflejado en su clara visión instrumental de la democracia y sus instituciones más básicas como un simple obstáculo para sus concepciones radicales e incluso violentas e irreflexivas. La otra parte podría conformarse como un adversario razonable y esencialmente responsable, que entiende que la política es un espacio de antagonismos que nunca desaparecen pero que deben ser manejados dentro de los marcos democráticos fundados en una ética argumentativa. Pero eso requiere madurez y reflexión. Y ahí, hoy parece estar solo en ese proceso el diputado Boric.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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