La Segunda Venida

Una columna del Wall Street Journal, hace pocos días, recordaba el poema ‘La Segunda Venida’ de William B. Yeats. Su lírica parece haber sido escrita para nuestros tiempos: ‘…Todo se deshace; el centro parece no sostenerse;… Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad…’. El año 1919, el momento de la inspiración de Yeats, era turbulento. El poema, escrito luego del fin de la primera Guerra y del fallido levantamiento independentista de su Irlanda natal, refleja la desesperanza de su época. Lo que Europa viviría unos años después parece haber sido anticipado por sus versos: ‘¿Y que tosca bestia, cuya hora llega al final, cabizbaja camina hacia Belén para nacer?’.
 
Hoy, casi 100 años después, las referencias al poema de Yeats han aumentado significativamente. Factiva, la firma de análisis de información de Dow Jones, muestra que los primeros meses del 2016 el poema se ha citado más veces que en cualquiera de los 30 años precedentes. ¿Qué tiene de especial el 2016 que hace que el poema de Yeats vuelva a estar tan presente? La salida del Reino Unido de la Unión Europea; el tono de la elección presidencial de los EE.UU.; el intento de golpe de Estado en Turquía, país miembro de la OTAN; las persistentes dificultades de la economía mundial pasados casi 10 años de la crisis subprime; la crisis migratoria de Europa; el recrudecimiento del terrorismo. Ellos, entre otros, son factores que pueden explicar la relectura de Yeats.
 
Desde una mirada optimista, es consolador constatar que los problemas nos han acompañado siempre y en general, al menos desde la Revolución Industrial, la humanidad los ha terminado resolviendo satisfactoriamente, aunque con ciclos y oscilaciones y con tremendos costos en muchas ocasiones. La clave para mirar el futuro con mayor esperanza está en confiar en que los versos de Yeats no prevalecerán. Que el centro no se deshace y que los mejores recuperarán su convicción y pasión.
 
Desde la perspectiva de los mercados, estos parecen no estar muy optimistas respecto de lo que viene. Los retornos esperados y las tasas de interés reales han permanecido por largo tiempo muy por debajo de los registrados durante el siglo XX. Ello refleja que la abundancia prevista para el futuro se estima exigua, y, por lo tanto, endeudarse con cargo a flujos futuros para traer consumo al presente, empujando las tasas al alza, no parece ser una idea que prevalezca. Las consecuencias de lo anterior son variadas. Una de ellas es que para elevar las pensiones futuras deberemos ahorrar una mayor proporción de nuestro actual ingreso (cualquiera sea el sistema que se utilice). Pero quizás su señal más importante es que el mundo debe recuperar su tendencia al progreso. Y ello es válido también para Chile.
 
Cuando las cifras de actividad nos muestran lejos de nuestro potencial de crecimiento, el que también ha perdido fuerza respecto de lo que fuimos capaces de hacer en las décadas pasadas, es interesante recordar la receta de Milton Friedman para guiar un plan de gobierno. Según él, la clave está en tres objetivos fundamentales: pleno empleo, crecimiento económico y estabilidad de precios. Para Friedman, la distribución de ingresos, la salud, la educación son importantes. Pero de no asegurarse un buen desempeño en esas tres dimensiones fundamentales, es imposible un progreso perdurable en las otras áreas del desarrollo humano, ya que no existirán los recursos necesarios para financiarlas.
 
Como la información fluye hoy más rápido que nunca antes, muy tempranamente los ciudadanos registran las consecuencias negativas de los errores de los gobiernos en materia de políticas públicas y actúan en consecuencia. Es por ello que la antigua curva de Phillips, que da cuenta de una relación inversa entre inflación y desempleo, hoy parece un caótico spray de puntos, más que una línea descendente. También explica que, en el largo plazo, el multiplicador del gasto público sea igual a 1, y que un mayor gasto recurrente del sector público lleve a que los contribuyentes anticipen hoy un alza en los impuestos futuros, resintiéndose la inversión.
 
Son dos ejemplos de que cuando los gobiernos intentan hacer el bien haciendo política contracíclica, las más de las veces los actores privados lo anticipan y compensan anulando sus efectos, ya que manejan sus expectativas del futuro racionalmente y no adaptativamente. Por ello, lo realmente importante son instituciones, reglas del juego y reformas estructurales que protejan las mejoras de productividad y eficiencia.
 
Quizás el poema de Yeats vuelve a estar presente por la creencia de que las cosas tienen que cambiar. Pero no cambiar para que una nueva revolución vuelva a modificar la trayectoria de la humanidad en la dirección de la entropía. Sino cambiar para recuperar el centro, el equilibrio y las buenas ideas; ideas que se alejen de las consignas, los eslóganes, los gritos y las marchas, y sean verdaderamente capaces de resolver los problemas de la gente.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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