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Publicado el 23.12.2014

La República Bolivariana de Chilezuela

“Ofrezco mi capital político a disposición del Bachelet” Con esta frase la posición de MEO en torno a su futuro político quedó en evidencia. Para los más previsores, nada nuevo. Para aquellos que aún tenían sus dudas, estas se debieron haber disipado totalmente. MEO será una carta presidencial en las próximas elecciones.

No obstante, cuando se le pregunta directamente al aludido, responde como todo candidato: “aún no es momento de anunciar candidaturas”, “no es el momento adecuado”, “hay que esperar el desarrollo del presente Gobierno”, etc. Seamos sensatos. La opción presidencial de MEO se viene gestando hace ya casi 5 años. En la elección del año 2009 que dio como ganador a Sebastián Piñera, MEO tuvo su mejor desempeño. Se mostró con un discurso de izquierda progre, liviano, jovial, atractivo, cercano y aparentemente empático. Tras su derrota supo mantenerse al margen, capitalizando el descontento artificialmente aleonado hacia el Gobierno de “derechas” que se estaba instalando. Y supo esperar bien. Salvo por un pequeño error. El populismo que encarna su discurso y que atrae a tantos, no tiene un domicilio político exclusivo. Por lo mismo su siembra quedó repartida entre varios carismas distintos: los místicos, los enojados, los ciclistas –aptos y no tanto-, los giradores de cheques sin fondo y los más importantes de todos: los hombres de familia. Y es que MEO no contaba con un contrapeso tan inexplicablemente serio como la figura de un Franco Parisi, quien pese a los constantes torpedos de su hermano Antonino, supo encarnar y recoger el descontento de una parte importante del electorado y obtener buenos resultados en la elección. Pese a esto, MEO fue persistente. Se presentó y logró vencer por algunos pocos votos a la amenaza de Parisi. No obstante este parcial triunfo, su carrera terminó en una primera vuelta ante el inmenso carisma de un programa desconocido y los últimos estertores de una derecha sin compás ni rumbo. Pero MEO persistió.

Su momento llegaría más tarde, acompañado irónicamente por todos aquellos que lo denostaron y marginaron el 2009, cuando fue acusado de dividir a la hoy avergonzada Concertación. Y es que el cineasta sabía que la tercera es la vencida. La izquierda y la coalición que la represente el 2017 se cuadrará casi automáticamente detrás del candidato que mejor se presente en las encuestas, y que inevitablemente será MEO. Los más chascones no transarán en alinearse detrás de alguna figura probada y poco carismática como ocurrió con Frei el 2009. Los tiempos tampoco estarán para eso. Los malos resultados del Gobierno en ejercicio serán absolutamente palpables para entonces, y el paro y la desaceleración habrán dejado una profunda huella en el electorado. De todas formas se intentará levantar otras candidaturas. Algunos en la Democracia Cristiana se sentirán incómodos con las políticas de MEO. Estos verán en Velasco una carta más viable. Lo mismo verán algunos de RN y la UDI. Otros intentarán capitalizar su cuota en el descontento: Manuel José Ossandón creerá ser la solución, pero se encontrará con su hasta entonces aliado Andrés Allamand. Pero entonces será cada uno por sí mismo y el romance habrá terminado. Mientras ello ocurre, las opciones del único candidato natural del sector se irán disolviendo, mientras MEO socarronamente sonríe. Y como lo que realmente importa es la segunda vuelta –ceteris paribus el modelo constitucional-, la papeleta entonces llevará a un fuerte Meo contra un disminuido Piñera.

Al igual que con el Podemos de Pablo Iglesias en España, el binomio entre una izquierda y una derecha institucionales será superado por el malestar y la incomodidad instalada, que será el piso con el cual MEO cimentará su campaña. Y si MEO resulta electo o queda firme en el Congreso…

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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