La razón y el fantasma de la tribu

Entre dos pasiones

La conflictividad en el auge de los populismos, el apoyo popular donde se soportan y el uso de las democracias para entronizarse en el poder describe, en gran medida, lo que Alexis de Toqueville dictaminó de manera insuperable como aquellas dos pasiones contrarias, que, de manera incesante, actúan entre nuestros contemporáneos: los individuos sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de permanecer libres. Como no pueden destruir estos instintos que resultan ser contrarios, se decantan por tratar de satisfacerlos ambos a la vez:

“Imaginan un poder único tutelar, poderoso, pero elegido por los ciudadanos y combinan la centralización con la soberanía del pueblo (…) se conforman con tener tutor, pensando que ellos mismos lo han elegido. Cada individuo sufre porque se le sujeta, porque ve que no es un hombre ni una clase, sino el pueblo mismo, quien tiene el extremo de la cadena (…) salen un momento de la dependencia, para nombrar un jefe y vuelven a entrar en ella.”[1]

En una democracia consolidada con instituciones liberales que protejan a las minorías y limiten el poder político, el equilibrio entre ambas pasiones pueden coexistir fortaleciéndose la conservación de la libertad.[2] Pero cuando el clima político está dominado por los criterios de facción y la edificación de fronteras antagónicas -como en el populismo- que ponen en cuestión, incluso, la participación política del adversario, es allí donde la pasión que apunta hacia la conducción de una tutela pueden desencadenar la adhesión acrítica y peligrosa para cualquier democracia.[3]

Como afirma el psicólogo social Jonathan Haidt, a pesar de que nuestra naturaleza considere la alternativa “nuestra mente tribal hace que sea fácil dividirnos”. Al respecto, afirma que “deprime pensar que nuestra mente justa es en esencia una mente tribal”.[4] Esta es una de las razones que hacen que las tradiciones provenientes de la ilustración tengan una muy difícil impronta fundamental en el comportamiento de las masas en general, y en el individuo en particular.

Las luces tenues

Si el espíritu de las luces pudo proporcionarnos un regalo civilizatorio, ese es el impulso para desprendernos de la tutela ajena y ejercer esa mayoría de edad que no significa otra cosa que pensar por nosotros mismos. Inmanuel Kant, al explicar el espíritu de la ilustración exclamó el “¡Sapere aude! ¡Ten el valor para servirte de tu propio entendimiento!”.[5] Pero junto con este obsequio atiborrado de razón llegó también -analiza Guillermo Rodríguez- una dosis de un ingenuo empeño dirigido “en creer, contra toda evidencia, que la razón, con sus limitados poderes, tiene que ser más que suficiente para superar arraigados prejuicios anclados en hondos sentimientos.”[6]

No es un hecho alarmante sino de realismo saber que, como primates tribales, “los seres humanos no son aptos para la vida en democracias seculares grandes y diversas, a menos que consigan realizar ciertas condiciones para hacer posible el desarrollo de una vida política estable.”[7] Es por ello que una diferencia sustancial se genera en un esquema institucional que fomenta la tolerancia en un marco universal de conocimientos e intercambios[8]; y otra muy distinta donde las dimensiones binarias en la forma de pensar sean promovidas activando “antiguos circuitos tribales” y preparando a los ciudadanos como para una batalla.[9]

La masa y el fantasma de la horda

Detrás de los movimientos de masas se esconde una sombra alienada encarnada en el monstruo de la horda primitiva; la cual, ve en el orden civilizado, un incómodo impedimento limitante de las pulsiones más originarias.

Uno de los análisis que proporcionan señales rigurosas del porqué resulta impenetrable el discurso racional en una masa alienada que ha fundido su yo en el yo ideal encarnado en un líder o en una idea, la hace Sigmund Freud en “Psicología de las masas y el análisis de yo”. La masa, como regresión a una actividad anímica primitiva e incluso infantil, conlleva una atrofia de la personalidad individual consciente y el predominio de la afectividad y de lo anímico inconsciente.[10] La inmunidad a cualquier discurso racional suele ser característico de la masa, y cuando los niveles de afección entre los miembros tiende a profundizarse por razones de raza, ideología o religión la disposición a la intolerancia y la agresión revela lo enunciado por Freud respecto al animal de horda (hordentier) conducida por un jefe y los niveles de fanatismo de una “servidumbre enamorada” incapaz de crítica respecto del jefe o la idea.[11]

Erich Fromm, en su Miedo a la libertad, halló un concepto clave que coincide con la característica antes descrita respecto de la impenetrabilidad del discurso racional en los fenómenos del individuo en la masa. La duda irracional, aquella que “brota del aislamiento e impotencia de un individuo cuya actitud hacia el mundo se caracteriza por el odio y la angustia”, al sentirse radicalmente descolocado, emerge una compulsiva búsqueda de certidumbre por el deseo de desprenderse de esa duda insoportable, una búsqueda que puede llevar a encontrar “la certidumbre por la eliminación del yo individual aislado al convertirse en un instrumento en manos de un fuerte poder subyugante, exterior al individuo”.[12]

Autores como Karl Popper lograron dilucidar la base de aquella “tensión en la civilización”[13] representada en el conflicto entre el anhelo atávico por la sociedad cerrada y tribal, frente a la emancipación de la comunidad gregaria y la aparición del individuo. El mismo Freud, de manera similar, llamaría -previamente- a esta tensión un “malestar” que se haya en la cultura. Aquella adecuación cultural del hombre en la regulación jurídica de nuestras relaciones humanas y el desarrollo de la técnica produce un descontento en la privación de nuestros anhelos atávicos el cuál, de manera latente, permanece como una pulsión de agresión subordinada a nuestras restricciones actuales. Aquellas perturbadoras tendencias agresivas -continúa Freud- amenazan a nuestra civilización con la desintegración.[14] La cultura, y la mejoría de los mecanismos para controlar aquella pulsión serían fundamentales para garantizar la supervivencia de la sociedad civilizada y su progreso.

Ojos ciegos y la razón insensible

“Cuando se anula la diversidad de herramientas intelectuales para analizar al mundo, el camino a la alienación, la ansiedad y la impotencia intelectual encuentran su caldo de cultivo”

Cuando se anula la diversidad de herramientas intelectuales para analizar al mundo, el camino a la alienación, la ansiedad y la impotencia intelectual encuentran su caldo de cultivo.[15] Cuando la venda de la ilusión sustituye la visión de la realidad, se reducen las posibilidades óptimas del discurso racional para despertar del letargo sectario a quienes se ven imbuidos en la lógica intolerante de la tribu.

El uso de la razón, desprovisto de analizar el sustrato sensible, emocional y tribal que aún inunda nuestra naturaleza humana, termina por abrir el camino del éxito a corrientes totalitarias y autoritarias que despiertan aquellos dispositivos atávicos de la masa enardecida.

La filósofa norteamericana Martha Nussbaum reconoce el papel que la cultivación política de las emociones, como el amor propio, juega en todo orden político y su estabilidad.

“Todos los principios políticos, tanto los buenos como los malos, precisan para su materialización y su supervivencia de un apoyo emocional que le procure estabilidad a lo largo del tiempo, y todas las sociedades decentes tienen que protegerse frente a la división y la jerarquización cultivando sentimientos apropiados de simpatía y amor.”[16]

Sería indicado prestar atención a esta alarma importante en una época donde los populismos despiertan hondas raíces sentimentales, las cuales, mal dirigidas y poco internalizadas en nuestras instituciones liberales, ponen en juego la estabilidad de nuestras democracias y la permanencia de nuestras libertades.

 

Bibliografía:

[1] Toqueville, Alexis. “La Democracia en América”, Fondo de Cultura Económica, [1835 (1957 p. 634)].

[2] Hayek, Friedrich. “Derecho, legislación y libertad”, Madrid: Unión Editorial, 2014, pp. 371-374.

[3]  Véase, entre otros: Carlos De La Torre, «El populismo latinoamericano, entre la democratización y el autoritarismo», Nueva Sociedad, 2013.

[4] Haidt, Jonathan. “En la mente de los justos”. España: Deusto, 2019, Kindle edition, cap. 9.

[5] Kant, Inmanuel. “¿Qué es la ilustración?”. Madrid: Alianza Editorial, 2013, p. 87.

[6] Rodríguez, Guillermo. “Libres de envidia. La legitimación de la envidia como axioma moral del socialismo”. Madrid: Unión Editorial, 2015, p. 73.

[7] Haidt, Jonathan. “The age of outrage” publicado en diciembre de 2017 en city-journal.org: https://tinyurl.com/y5d9nkzh

[8] “En el ser humano el conflicto no se plantea tanto entre lo emocional y racional -como tan repetidamente se afirma- cuanto entre instintos innatos y las normas aprendidas.” Hayek, Friedrich. “La fatal arrogancia”. Madrid: Unión Editorial, 1990, p. 52.

[9] Haidt, Jonathan. “The age of outrage”, Ibidem.

[10] Freud, Sigmund. “Psicología de las masas y el análisis del yo”, Buenos Aires: Amorrotu Editores, 1976, pp. 116-117.

[11] Ibid. pp. 106-115.

[12] Fromm, Erich. “Miedo a la libertad”. Buenos Aires: Paidós, 2015, capítulos 3 y 4.

[13] Véase Popper, Karl. “La sociedad abierta y sus enemigos”. España: Paidós Suramericana, 2010, cap. 10. Para un resumen del pensamiento de Karl Popper, véase Vargas Llosa, Mario. “El llamado de la tribu”, pp. 141-203.

[14] Freud, Sigmund. “El malestar en la cultura”. Madrid: Alianza Editorial, 2014.

[15] Haidt, Jonathan. “The age of outrage”, Ibidem.

[16] Nussbaum, Martha. “Emociones políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia?”. España: Paidós, 2014, p. 15.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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