Publicado el 17.09.2014

La raíces fascistas del socialismo del siglo XXI

Friedrich Hayek inicia “Camino de servidumbre” con las siguientes palabras de Lord Acton: “Pocos descubrimientos son tan irritantes como aquellos que revelan el origen de las ideas.” Y así es, no menos en el caso de las diversas variantes actuales del populismo latinoamericano.

El populismo contemporáneo gusta de vestirse con ropajes socialistas y hasta se autodenomina “socialismo del siglo XXI”. Desde su perspectiva, esta sería una forma de adquirir cierta respetabilidad intelectual y revolucionaria. Pues bien, como casi todas las cosas que predican los líderes populistas, esta también es una falsedad. Su verdadera historia ideológica es bastante distinta y tiene mucho más que ver con el fascismo que con el socialismo. Es del mundo simbólico del discurso fascista (pueblo contra elites vendidas y enemigos foráneos), su culto a la fuerza de la voluntad (encarnada en la voluntad supuestamente titánica del líder) y su talento mediático (la política como espectáculo) que se nutre el populismo en sus diversas variantes. Por ello el populismo de hoy, más que el socialismo, es el fascismo del siglo XXI.

Esto lo captó bien Carlos Fuentes, que ya en 2006 dijo sobre Chávez: “Montado sobre la quinta producción mundial del petróleo, Hugo Chávez se pasea como gobernante de izquierda cuando en verdad es un Mussolini tropical, dispuesto a prodigar con benevolencia la riqueza petrolera, pero sacrificando las fuentes de producción de empleo.”

La conexión entre Mussolini y su versión tropical está históricamente mediada por Juan Domingo Perón, arquetipo insuperado del populismo latinoamericano. Su punto de partida fue el tiempo que pasó en Italia, donde Perón llegó en junio de 1939 y permaneció veinte meses. Conoció allí la experiencia fascista en un momento de gran exaltación y la figura del Duce lo impactó profundamente. No pudo dejar de advertir, tal como lo señala Joan Benavent en su libro “Perón – Luz y sombras”, que: “La popularidad de Mussolini se basaba en su difundido origen plebeyo y en un olfato político que lo orientaba a tutelar a las clases bajas (…) Tampoco caben dudas acerca de su encandilamiento con el fenómeno de masas y (…) el vínculo irracional de éstas con el jefe supremo, en medio de escenarios cargados de rituales, ceremonias, cánticos, el entusiasmo desbordante de los partidarios y la oratoria encendida como mensaje final del mesías de la nación.”

De esa manera, Perón encontró su futuro: una imagen, un estilo y un método que pondría en acción tras el golpe de Estado de 1943, que llevó al poder a los oficiales argentinos con simpatías nazi-fascistas. El coronel Perón se convirtió en el hombre fuerte del nuevo régimen y desde la Secretaría del Trabajo empezó a edificar su movimiento usando para ello una hábil combinación de premios y castigos: los líderes sindicales dóciles podían contar con su apoyo generoso, pero los que no estaban dispuestos a someterse a sus propósitos serían combatidos por todos los medios a su alcance. Así, Perón formó su fiel clientela y se transformó en un líder con una capacidad de convocatoria popular tan notable como la de Mussolini o Hitler.

Su éxito fue tan arrollador que en 1946 pudo llegar, tras una elección democrática, a la Presidencia de Argentina. Una vez instalado en la Casa Rosada, inició un proceso de conculcación de las libertades y destrucción de la democracia que conformará el modelo de acción que luego imitarán los caudillos del socialismo del siglo XXI. Esta vía democrática a la destrucción de la democracia no fue, sin embargo, un invento de Perón: fue el camino seguido por Hitler después del fracaso de su intento golpista de 1923.

Esta es la matriz peronista-fascista tan evidente en el accionar del chavismo. Por ello no es sorprendente que Hugo Chávez, en un discurso de 2008, haya declarado con orgullo: “Yo soy peronista de verdad. Destacando luego su identificación con la persona del gran populista argentino.

Andrés Oppenheimer resumió así las similitudes entre ambas figuras, a propósito de la muerte de Chávez: “Contrariamente a la suposición generalizada en los medios de prensa internacionales de que Chávez fue el heredero político del otrora líder guerrillero de Cuba, Fidel Castro, es muy posible que el difunto Presidente venezolano pase a la historia como un fenómeno político más cercano al del hombre fuerte argentino Juan D. Perón. Lo mismo que Perón, Chávez fue un oficial de las Fuerzas Armadas y un maquinador de golpes de Estado que coqueteó primero con el fascismo, luego se inclinó a la izquierda (…) Y, lo mismo que Perón, Chávez era un narcisista que creó a su alrededor un culto a la personalidad y que impulsivamente regaló miles de millones de dólares en su país y en el extranjero sin rendición de cuentas alguna, a expensas de destruir las instituciones de su país y gran parte de su economía.”

Las consecuencias de ambos regímenes también fueron similares: la ilusión populista termina siempre en la bancarrota. Como toda droga, produce una pseudo-realidad en la que todo parece posible, especialmente si se dispone de los ingresos petroleros de Venezuela o los de la pampa argentina. El problema es que un día el sueño del pibe se paga con creces, como bien lo saben todos los pueblos que se han dejado seducir por sus caudillos, sean éstos abiertamente fascistas o socialistas del siglo XXI.

Mauricio Rojas

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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