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La presunción de inocencia frente a la tiranía de la corrección política

Cuando se trata de establecer límites a la libertad y justificarlos siempre hay alguien que pone encima de la mesa la necesidad de proteger al otro. A ese “otro” que, al parecer, sale perjudicado como consecuencia del ejercicio de tu libertad. Es claro que hay fronteras que no deben traspasarse y que la vida, la propiedad y el cumplimiento de acuerdos son las tres bases sobre las cuales se yergue la convivencia pacífica en las sociedades libres. Pero, más allá, la protección puede convertirse en la excusa ideal para limitar las libertades individuales sin que se note. Es el narcótico perfecto.

“Las sociedades inmaduras son el caldo de cultivo adecuado para que afloren partidos políticos populistas”

A pesar de esta realidad, en los últimos tiempos han aumentado las voces que señalan con temor  la creciente infantilización de la sociedad y los problemas que este fenómeno trae consigo. Y con mucha razón, porque las sociedades inmaduras son el caldo de cultivo adecuado para que afloren partidos políticos populistas y, eventualmente, los famosos “salvapatrias”. El proceso es parecido en todos sitios. Los ciudadanos-niños eligen aquellos representantes que les prometan el paraíso porque “ese es su derecho”, exactamente como los niños consentidos reclaman cosas de sus padres sin ser conscientes del sacrificio que ellos hacen o del valor de lo que se les da. Pero no solamente eso. Los representantes se hacen cargo de eliminar los problemas, las enfermedades, la infelicidad, la frustración. O al menos, compensar todo ello, normalmente buscando un culpable y penalizándolo. La pobreza se compensa penalizando al rico; las malas decisiones financieras se compensan rescatando las entidades con dinero de quienes no tomaron esas decisiones equivocadas, y así todo.

La infantilización de la sociedad va acompañada de sobreprotección por parte del Estado. Proteger consiste en evitar de manera activa un posible daño que se supone cierto. Es un paso más allá que la prevención, que cubre un daño futuro que es posible pero no es seguro. La ropa de abrigo nos protege del frío y nos lavamos las manos para prevenir enfermedades.

Desde las diferentes instituciones se intenta proteger a la sociedad hasta tal punto que se retroalimenta la inmadurez ciudadana. En primer lugar, porque no se calibran las consecuencias no deseadas y, a menudo, hay más perjuicio que beneficio derivado de la protección. En segundo lugar, porque el Estado a menudo nos protege de cuestiones que no son un daño, sino un desafío. Por ejemplo, la competencia. Si los otros son mejores que yo, como ciudadano-niño, pediré al gobernante que me evite el esfuerzo de mejorar; buscaré excusas que pongan el foco en algo ajeno, y trataré de demostrar la imperiosa necesidad de evitar medirme en el mercado. El bien de la nación es la excusa más recurrente y que mejor funciona.

Pero el ejemplo de sobreprotección más lacerante de los últimos años es el que trata de evitarnos sentirnos ofendidos. Cualquier hecho, dicho o actitud del otro que pueda ofenderme ha de ser censurado, prohibido y, a ser posible, castigado por los gobernantes, quienes, al ser su criterio la mera recolección de votos, están dispuestos a concederme lo que quiera. Esta situación que podría llevar al silencio absoluto para evitar la ofensa verbal, o el aislamiento de los miembros de la comunidad para evitar ofender con nuestras creencias, costumbres, o con nuestra mera presencia, ha derivado, sin embargo, en un escenario diferente, aunque también terrible. Y es la discriminación social entre personas a quienes les está permitido ofender y personas a las que no  les está permitido ofender. No sólo eso.Además, se ha aceptado la manipulación del lenguaje, que ya no es una institución evolutiva que se amolda de manera espontánea a los tiempos que corren, sino que es un instrumento de poder utilizada por esos modernos “salvapatrias”, los babysitters de la sociedad, para someter y encapsular a la gente, siempre, y hay que recordarlo, por un puñado de votos. Porque son los lobbies más potentes los que empujan a quienes detentan el monopolio de la fuerza a que impongan castigos a quien se sale del estrecho camino marcado; quienes alimentan el fuego del jardín de infantes en que se han convertido las calles y las universidades.

¿Cómo se combate esta tiranía? Ejerciendo la presunción de libertad que nos niegan. Siendo libres y responsables. Mirar a otro lado y permanecer callados nos haría cómplices. No importa que a quien se censure no comparta nuestros principios, la presunción de libertad (como la presunción de inocencia) no tienen color político y es el deber moral de todo libertario luchar por ello.

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María Blanco (autora invitada) es Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Teoría Económica, Historia del Pensamiento Económico e Historia Económica en la Universidad CEU San Pablo. Autora de los libros Afrodita desenmascarada. Una defensa del feminismo liberal y Las tribus liberales. Una deconstrucción de la mitología liberal.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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