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La otra lucha de clases

Un fantasma recorre occidente, el fantasma de la lucha de clases. Lo hemos visto en las elecciones estadounidenses; el plebiscito sobre las FARC; el referéndum del Brexit; y en las elecciones chilenas. Una minoría privilegiada apuntando con el dedo a masas populares acusándolas de estupidez y egoísmo. Fue el caso de los “trabajadores blancos sin educación” en Estados Unidos -forma elegante de decirles “ignorantes y racistas”-, pero también el de los “fachos pobres” -“roteo” hacia los sectores populares que apoyaron a Sebastián Piñera-. Aquí subyace un problema existente en todo occidente y que excede unas elecciones específicas: una suerte de lucha de clases confronta a la burguesía progresista por un lado y al tradicionalismo popular por el otro.

El monopolio de la izquierda en las universidades del mundo entero ha derivado en la construcción de un grupo de interés poderoso y cada vez más influyente, la burguesía progresista. Este sector altamente educado es quien pautea al establishment por medio de lo “políticamente correcto” y de su trabajo en distintos ámbitos, sobre todo en la cultura y las artes. Pero se han encerrado tanto en sus nichos que han desarrollado una fuerte arrogancia, más aún hacia quienes consideran “no educados”. Sólo así se pueden entender las formas despectivas para referirse a sus adversarios, a quienes consideran “desclasados”, idiotas o perversos.

“La lucha de clases existe, pero los papeles están invertidos. Marx se revuelca en su tumba.”

 

La contraparte está en el mundo popular, en masas tradicionalistas cuya punta de lanza son las iglesias evangélicas y su consiguiente ética protestante -que concilia una visión valórica conservadora con una económicamente liberal-. En lugares como Colombia o Chile se han perfilado como nuevos actores sociales capaces de levantar candidatos o definir elecciones. Aunque estas masas se aproximan a la categoría que Marx denominó “proletariado”, refutan al socialismo en todos sus aspectos fundamentales. Tras la elección de Donald Trump, Iñigo Errejón -entonces número dos de Podemos en España- señaló que el peor error que podría cometer la izquierda frente a esos resultados era patologizar a los votantes del actual Presidente. Pero aun así la reacción de la burguesía progresista fue desmedida en todos los casos y en muchos derivó abiertamente en clasismo.

La historia está repleta de ironías, pero aquí hay una de las mayores: quienes se atribuyen la representación del pueblo se encuentran atrincherados en la elite, al tiempo que acusan y discriminan a las masas de trabajadores por no seguirles.

La lucha de clases existe, pero los papeles están invertidos. Marx se revuelca en su tumba.

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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