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La neolengua como herramienta de manipulación política

En La seducción de las palabras, Alex Grijelmo aporta dos ideas claves para comprender la directa relación entre palabras y libertad: primero, que las palabras se arraigan en la inteligencia, crecen con ella y son la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo; segundo, que ellas viven en los sentimientos, en el alma y en la memoria, son embriones de ideas, germen del pensamiento y estructura de las razones (Punto de Lectura, 2007, p. 13).

Así entendida, la lengua se convierte en el vehículo para que la persona, de forma individual, se relacione consigo mismo y con sus semejantes, de manera autónoma, plena y libre. Ella no es resultado de una planificación o una voluntad consciente, sino de un proceso social espontáneo, cooperativo, que da lugar a un orden consensuado que determina el sentido de las palabras que integran la lengua en cada sociedad. 

Tanto la subjetividad (lo psíquico, emocional, espiritual y racional) como la capacidad de conocer y la intersubjetividad (de percibir, investigar, experimentar, analizar, comprender, reconocer, acordar y simpatizar) dependen de la lengua. La lengua permite observar una puerta, en lugar de un trozo de madera o un volumen. Es condición para el pensar y el surgir de instituciones.

A través de la lengua el ser humano conocerá el idioma y la cultura de la sociedad en que nace. También los idiomas y culturas de otras sociedades. Tendrá acceso al conocimiento y comprensión de su propia historia personal y social, que es decisiva en el tipo de individuo y ciudadano que será, en función de las palabras e interpretaciones que elija.

En las sociedades abiertas, cuando se juntan el déficit en la calidad educativa y la acción de autoridades y grupos que impulsan proyectos excluyentes de ejercicio del poder, el uso político de la lengua se va empobreciendo y corrompiendo, hasta volverla estéril.

¿Cómo opera ese proceso?  Mediante la deliberada saturación de la lengua con lugares comunes, insultos, relatos en vez de argumentos, palabras conocidas deformadas en su significado original, falacias sobre la historia, palabras nuevas para estimular ciertas emociones (odio, asco, miedo) y prohibición de uso de ciertas palabras o ideas (censura), a fin de dividir a la sociedad entre víctimas y victimarios, buenos y malos, y sentar con ello las bases de una futura organización social de corte autoritario.

La libertad de pensamiento y expresión son las primeras víctimas en este proceso. Le siguen el debido proceso y el Estado de Derecho. El humor, la literatura, el derecho y la política también son víctimas de la autocensura, la censura, la banalidad y la presunción de culpa.

“Sin advertirlo, la lengua de estas sociedades abiertas va siendo debilitada por lenguas artificiales o neolenguas”

Sin advertirlo, la lengua de estas sociedades abiertas va siendo debilitada por lenguas artificiales o neolenguas –siguiendo a George Orwell en 1984– de diversas procedencias (ideologías de género, étnicas, nacionalistas, religiosas, etc.),  y con diferentes propósitos, que emplean de forma eficaz el chantaje de la corrección política, esto es, el coaccionar para imponer ciertas expresiones y afirmaciones como correctas y verdaderas, y al mismo tiempo para prohibir bajo amenaza de uso de la fuerza el empleo de otras por considerarlas incorrectas y falsas- y banderas reivindicativas para ocultar sus intenciones autoritarias.

En las sociedades cerradas, sometidas a la mentira, la falsificación histórica y la manipulación, con mayor o menor coacción, de las mentes y acciones de las personas, la o las neolenguas pasan a ser la regla, no la excepción. La atrofia cognitiva se generaliza.

La razón de ello es que son impulsadas y luego impuestas por el Estado, en alianza con actores que operan al interior de la sociedad (medios, academias, empresas, iglesias, intelectuales, etc.), por ser un instrumento esencial para el éxito de su proyecto de dominación hegemónico. Los casos de Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia hoy día, son ejemplo de ello. También lo que se observa en Rusia, Turquía y Hungría, en diferentes grados, es muestra de lo afirmado.

Como lo afirma Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, en las sociedades cerradas distinguir la ficción de la realidad es casi imposible. A través de la censura, la persecución judicial, la corrección política, la banalización, la demagogia, el nacionalismo o el socialismo, según el caso, la politización total del derecho y la captura de las instituciones de la democracia liberal y el Estado de Derecho, los regímenes autoritarios de hoy basan su poder real más en la manipulación de la lengua, que en la fuerza de las armas o en la violación sistemática de los derechos humanos.

La mentira, más todavía si ella genera una ilusoria felicidad, como temía Aldous Huxley, termina por ser más potente que la fuerza bruta. La película Matrix, es toda una alegoría al respecto. Toca pensar cómo proteger la lengua en las sociedades abiertas ante estas amenazas, y recuperar la de aquéllas que hoy padecen regímenes autoritarios.

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Luís Alfonso Herrera (autor invitado) es Licenciado en Filosofía y Abogado. Especialista en Derecho Administrativo y Magíster en Derecho Constitucional. Investigador de CEDICE-Libertad, profesor en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Autónoma de Chile. Coautor del libro La Neolengua del Poder en Venezuela.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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