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Publicado el 23.12.2014

La moda al día: solidaridad

Un buen discurso es aquel que además de contener un orden concatenado y coherencia, logra adaptarse a la audiencia sin transar en las ideas de fondo. En política esto último es fundamental, especialmente si se considera lo volátil que puede resultar el público. Por lo mismo, una parte esencial del discurso es el uso de tópicos “de moda” –que sea sexy-, de manera tal de generar empatía. Ejemplos de ello se encuentran por montones: el uso y abuso de conceptos como “empoderamiento” y “participación” en torno a la participación ciudadana, “solidaridad”, “justicia social” o “crecimiento inclusivo” en torno a la economía u otros similares en relación con el medio ambiente, la salud o la educación, son ejemplos de lo dicho.

Sin embargo, tras estas “modas” se encuentra un peligro. La moda no necesariamente obedece a un apetito reflexivo, sino que también a un capricho del momento. En consecuencia, lo que hoy irreflexivamente consideramos un acierto del discurso, puede resultar no serlo. El empoderamiento antes mencionado, puede llevar –como ha llevado en Chile y tantos otros lugares- a una crisis de legitimidad de las instituciones políticas democráticas. Ello no es per sé malo, ya que fenómenos como la Primavera Árabe son perfectamente legítimos si se considera la lucha del pueblo contra un régimen opresivo. La participación ciudadana tampoco es en sí perversa, pero si no es encausada correctamente por quienes están llamados a dirigir los procesos políticos, puede escaparse de las manos y provocar situaciones de violencia e inestabilidad política –recordemos el ejemplo de Aysén-. La justicia social intenta denotar una idea superficialmente atractiva, pero perversa en el fondo: o es justicia o es social. Sin embargo ambos términos se anulan si se presentan copulativamente. Dicha contradicción no se presenta en el caso del crecimiento inclusivo. Por regla general bajo los modelos que generan crecimiento –básicamente el capitalismo y en menor medida sus degeneraciones- lo hacen de manera inclusiva. Todos crecen. El aumento exponencial de la población mundial desde la industrialización –capitalista- es la mejor e irrefutable prueba de ello.

Mención aparte merece el uso del concepto de la “solidaridad” ¿Qué significa ser solidario? La Real Academia de la Lengua nos entrega dos acepciones al término: una legal, relativa al cumplimiento de las obligaciones, y otra social, relativa a la adherencia a una causa o empresa ajena –quedémonos con causa ya que empresa podría sonar muy burgués para algunos-. Pese a la distinción, el elemento común es evidente: la solidaridad supone el compartir responsabilidades. Si lo llevamos al discurso público, la solidaridad que hoy se nos plantea supone precisamente eso: que entre todos los ciudadanos debemos compartir ciertas responsabilidades o cargas. Lógicamente la política planteada no se orienta a una mera sugerencia moral, sino a políticas concretas. Todos debemos ayudarnos en nuestras necesidades básicas ¿Cuáles? Salud, educación, vivienda, jubilación, entre otras. Sin embargo la fuente de la solidaridad, tanto en su acepción legal cómo social, se encuentra en la voluntad de quien libremente adhiere a compartir la responsabilidad o causa ajena. Si uno se ve forzado a compartir entonces se deja de ser solidario. Se trata de una imposición.

¿Qué hay detrás de la solidaridad entonces? Una falacia más. Si el Estado nos obliga a compartir nuestro 7% de cotización en salud despojándonos del mismo difícilmente se podría calificar tal despojo como solidario. Si el mismo Estado optase por imitar a otros gobiernos de la región y echara mano a nuestros fondos de pensión para compartirlos, tampoco se podría calificar de solidario. Sería un despojo ilegítimo. Y así con tantos otros bienes con los cuales nos podríamos ver forzados a “solidarizar”.

El proyecto que busca la instalación de una AFP estatal, la interpretación de la directora de Fonasa Jeannette Vega en torno a la propiedad de la cotización en salud y tantas otras medidas “solidarias” son ejemplos de cómo la “moda” puede terminar en pésimos resultados si no es templada por la necesaria, desapasionada e imparcial reflexión en cada caso.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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