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La lección de los que vienen de vuelta…

Eso de que los políticos nos conocen mejor que nosotros mismos, tomando decisiones más inteligentes sobre nuestro futuro y gastando mejor nuestro propio dinero, es una idea vieja que nunca pasa de moda. irónicamente, en los últimos años, esa añeja lógica se ha hegemonizando en la opinión pública de mano de una nueva generación de políticos jóvenes. Paladines de la “renovación”, que a través de atractivos eslóganes transmiten que todas las soluciones a nuestros problemas se basan en el empoderamiento de aquella entelequia estatal todopoderosa, cuya existencia se justificaría, supuestamente, por nuestra propia incompetencia, egoísmo e incapacidad.

La historia de la humanidad se ha encargado de probar que la resolución de problemas públicos no es patrimonio exclusivo del Estado. Los países que han centralizado en el Leviatán el destino de sus ciudadanos han fracasado una y otra vez: el muro de Berlín cayó en1 989 y la Venezuela chavista está hoy al borde del colapso. Sobran los ejemplos, y pese a que la mayoría de dichas experiencias son bastante cercanas a nuestra realidad criolla, los pregoneros del Estado se las han arreglado para posicionar el famoso y lejano “Estado de Bienestar” de los países escandinavos como el gran ejemplo de éxito que debemos seguir como sociedad. Un verdadero fetiche discursivo.

En su libro “el poco excepcional modelo escandinavo”, Nima Sanandaji, reconocido autor sueco de origen kurdo, le ha enrostrado al mundo la mentira que se esconde tras ese mitificado modelo nórdico. Dicho sistema se declaró fracasado por los mismos suecos en los años 90 y hoy se sacan cuentas de las nefastas consecuencias culturales que resultaron tras décadas de asistencialismo. Sanandaji estuvo en Valparaíso con una alerta sencilla: el clientelismo estatal es el mejor somnífero de la sociedad civil, el peor incentivo para el emprendimiento y el mayor obstáculo al progreso de cualquier país.

Hoy Suecia viene de vuelta. Mientras los escandinavos llevan más de una década liberalizando su burocrática estructura clientelar; innovando y adaptándose a las nuevas tecnologías productivas y de la información, en Chile seguimos en discusiones decimonónicas como el reemplazo en huelga o la prohibición de plataformas tecnológicas de intermediación como Uber. Nuestro país aún está a tiempo de evitar caer en el placebo de lo estatal. El momento es ahora, no vaya a ser que el mito escandinavo no sólo sirva de estructuración para discursos engañosos, sino que también termine impregnando una nueva Constitución.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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