La lección de Friedrich Hayek

Este mes se han cumplido veinticinco años de la muerte del Nobel de Economía Friedrich Hayek, gigante intelectual que no solo realizó aportes a la teoría económica, sino también a la historia de las ideas, a la filosofía política y a la psicología teórica.

Hayek, un austríaco de origen aristocrático, estaba convencido de que el individualismo bien entendido -esto es, la idea de que cada persona es un fin en sí mismo y por tanto sus derechos no pueden ser arrasados por un supuesto bien colectivo- era el fundamento del progreso social, económico y moral.

Su libro más famoso fue “Camino de servidumbre” y sus lecciones son tan vigentes hoy como lo eran el año 1944 en que fue publicado. En él, Hayek advirtió que el socialismo, ya sea marxista o fascista, triunfaba porque lograba imponerse primero en el mundo de las ideas. El socialismo, explicó Hayek, nunca fue una creación de las masas, sino obra de élites intelectuales encerradas en oscuras oficinas universitarias. Estos desconocidos profesores desarrollaban las ideas y los “distribuidores de segunda mano”, como llamó a periodistas, artistas, lideres de opinión y otros, las ponían de moda. En consecuencia, para contrarrestar la fuerza del colectivismo, no había otra alternativa que dedicarse a la batalla intelectual.

Cuando, en la década de los 40, Sir Anthony Fisher se acercó a él y le contó que quería meterse en política de modo de frenar el avance socialista en Inglaterra, Hayek le contestó que no perdiera su tiempo. Lo que debía hacer, dijo el entonces profesor de la London School of Economics, era financiar intelectuales y cambiar el clima de opinión. Una vez logrado eso, los políticos seguirían las nuevas ideas. Siguiendo su consejo, tiempo después, Fisher, un empresario exitoso, creó el Institute of Economic Affairs (IEA), think tank liberal dedicado a dar la batalla intelectual sin importarle la popularidad de las ideas que defendía. Al principio fue enormemente resistido, pero luego de décadas la aceptación creció a tal punto que facilitó a Margaret Thatcher llegar al poder. Ella misma reconocería que sin la contribución del IEA en cambiar el clima de opinión, jamás habría logrado hacer las reformas que rescataron a la arruinada economía británica.

Hayek también influyó directamente a Thatcher. En 1975, cuando un parlamentario conservador proponía adoptar una posición reformista más moderada (middle way), Thatcher lo interrumpió lanzando violentamente el grueso libro de Hayek “Los fundamentos de la libertad” sobre la mesa, y exclamando: “Esto es lo que creemos”. Hasta ahí llegaría el debate y desde entonces la posición conservadora, liderada por Thatcher, sería una sin complejos en la defensa de la libertad.

La mayor parte de su vida, sin embargo, Hayek fue un marginado, pues sus ideas eran lo que hoy llamaríamos “políticamente incorrectas”. En un mundo donde las teorías de moda eran el estatismo keynesiano y en que la mayoría de los intelectuales simpatizaba con el socialismo, el liberalismo de Hayek encontraría férrea resistencia. En Estados Unidos, por ejemplo, “Camino de servidumbre” fue rechazado por todas las editoriales, incluyendo una que lo despreció por supuestamente no tener el nivel para ser publicado. La Universidad de Chicago, en tanto, que publicaría el libro por gestiones de contactos internos, no aceptó su postulación como profesor a la escuela de economía por no considerarlo un economista serio. A pesar de muchos reveses y cientos de ataques, Hayek no claudicó y el tiempo lo reivindicaría no solo con el Premio Nobel, sino dándole la razón en las predicciones que hizo sobre el socialismo, el keynesianismo y el estatismo en general, todo lo cual lo convirtió en uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX.

Si hay una lección de Hayek que debiéramos rescatar, especialmente en el Chile de hoy, es que el progreso de las sociedades depende de cuáles son las ideas que predominan en ellas y que estas están perdidas cuando quienes debieran defender las ideas de la libertad carecen del coraje y generosidad suficientes para hacerlo sin ambigüedades.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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