La izquierda alienada

En su trabajo ‘Equality as a Moral Ideal’, el filósofo Harry Frankfurt explicó que la izquierda es víctima de una verdadera ‘alienación moral’ cuando habla del tema desigualdad, pues en lugar de concentrarse en lo único que es moralmente relevante, a saber, que todos tengan suficiente, se enfoca en una cuestión irrelevante como es la distancia de unos respecto de otros. Aunque a estas alturas puede haber pocas dudas de que, como señalaron Deirdre McCloskey en su crítica a Piketty y Ludwig von Mises en su demoledor análisis del socialismo, uno de los causantes centrales de la alienación que sufre gran parte de la izquierda es la envidia, en materias no económicas el impulso psicológico que la produce es, sin duda, la autosantificación.

El mejor ejemplo de lo anterior se ha dado en la discusión sobre migraciones. Desde la izquierda más moderada a la más dura —esa que, fiel a la defensa de los derechos humanos que proclama, admira la Venezuela chavista, la RDA y Cuba, y entre cuyos representantes se encuentra una expresidenta de Chile actualmente en la ONU— saltan a defenderla de manera casi histérica, sin abrirse un mínimo a la posibilidad de que pueda existir una discusión diferenciada sobre un tema complejo acerca del cual evidentemente la mayoría de ellos no ha leído demasiado.

 

“Y es que para esta izquierda no es necesario estudiar las cosas que se refieren a sus dogmas”

Y es que para esta izquierda —como para los liberales religiosos— no es necesario estudiar las cosas que se refieren a sus dogmas, pues en su visión maniquea la cuestión es infantilmente simple: aquellos que se oponen a la migración abierta son malos, fascistas o xenófobos, mientras aquellos que la defienden son humanistas, caritativos y buenos. ‘El tema no es la migración sino el racismo y la fobia al pobre’, escribió en Twitter hace poco Giorgio Jackson dando cuenta del delirio moral que padece la izquierda. El mismo en el que, cabe agregar, caen ciertos liberales fanáticos que olvidan que Friedrich Hayek, Milton Friedman, Thomas Sowell e incluso John Rawls, entre muchos otros, permitían restringir la migración. Como diría Rawls en The Laws of the People:

‘Una comunidad política —people— tiene el derecho calificado de limitar la migración’. Rawls, el filósofo político favorito de la izquierda liberal, llegaría incluso a decir que limitar la migración se puede justificar para ‘proteger la cultura política y los principios constitucionales’ de una nación. Pero en el mundo en blanco y negro de la autosantificación devenida en corrección política no hay espacio para debatir ese tipo de reflexiones, pues lo que se busca es simplemente desmembrar reputacionalmente e incluso censurar a aquel que se oponga a la doctrina revelada de quienes reclaman ser los portadores únicos de la bienaventuranza de los más débiles, oprimidos y, por qué no, de la humanidad entera. Este supuesto humanismo, especialmente en el caso de buena parte de la izquierda, como es obvio, tiene mucho de pose, es decir, de puesta en escena.

Dicho de otro modo, se trata de una mera impostura, de una farsa que en nuestro país tuvo hace poco entre sus pruebas más crudas el hecho de que prácticamente todos los promotores de la reforma educacional de Bachelet, partiendo por los intelectuales que querían cambiar el modelo, tenían a sus hijos en colegios particulares pagados, mientras daban apasionados discursos sobre la grandeza de la educación pública y buscaban impedir a los padres de menores ingresos que ellos la posibilidad de aportar a financiar la educación de los suyos.

En el caso migratorio no es diferente. Por supuesto, prácticamente ninguno de sus generosos defensores debe convivir con los efectos negativos que esta puede producir —los que prefieren ignorar por completo—, pues casi todos viven en barrios acomodados donde la mayoría de quienes enfrentan el trágico destino de abandonar sus países, en especial los más desaventajados, no llegan a instalarse. Además, tienen redes de contacto en los cuerpos burocráticos y académicos donde se reproducen o incluso —aunque menos común hay que decirlo— el capital humano suficiente como para no ver amenazados sus ingresos por la mayor oferta laboral. En palabras del matemático de origen sirio y profesor de NYU Nassim Taleb, no tienen ‘skin in the game’ —pellejo en el juego—. Por ello, el mismo Taleb, luego de reflexionar sobre el problema de asimetría ética que potencialmente plantea la migración, diría agresivamente que ‘despreciaba’ a ‘los intelectuales imbéciles dedicados al ‘virtue-signaling’ —mostrarse virtuosos— que proponen fronteras abiertas’.

El discurso buenista que oímos hoy en día se trata entonces de una prédica de costo cero para sus sacerdotes, pero de grandes réditos en términos de estatus moral frente a otros, fenómeno del que el psicólogo social de NYU Jonathan Haidt ha dado cuenta. El mismo Haidt, sepultando la histeria moral globalista, ha afirmado que ‘no hay nada necesariamente racista’ en querer limitar la migración. Pero tal vez lo peor de la impostura de este sector elitista de nuestra sociedad es, como ha hecho ver también Haidt, el desprecio que esconde por las personas comunes y corrientes que no comparten su humanismo meramente declaratorio. 

Dada la alienación moral que los caracteriza y la desconexión con la realidad que debe enfrentar parte importante de la población, no está dispuesta a hacer, por un solo segundo, el esfuerzo de ponerse en el lugar de quienes viven en barrios menos privilegiados a unas pocas cuadras de ellos. Imaginan, en cambio, que su oposición a una masiva migración no puede ser sino el reflejo de su ignorancia, barbarie, racismo o del puro embrujo de algún populista de derecha que los ha convencido de una sarta de mentiras, sin las cuales recibirían a todos los inmigrantes con brazos abiertos.

He ahí la paradoja del humanismo posero y alienado que predica la izquierda políticamente correcta: tal como en economía o educación prefiere empeorar a todos —menos a sí mismos— si con ello consigue mayor igualdad, en materia migratoria, por pretender que vela por el bien de una entidad abstracta llamada ‘humanidad’, no duda en ignorar el bienestar y desechar las preocupaciones de los individuos concretos de carne y hueso que la rodean. A fin de cuentas, piensan, estos, por el mero hecho de no concordar con su visión iluminada, son seres xenófobos e inmorales que no merecen consideración alguna. Y después se sorprenden por el auge de la derecha nacionalista.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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