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La intolerancia como método

Tras el levantamiento de los germano-orientales, aplastado sangrientamente el 17 de junio de 1953 por el régimen de la República Democrática Alemana, el poeta y dramaturgo comunista Bertolt Brecht escribió un poema sobre la intolerancia de sus camaradas en el poder. Con su temida ironía, Brecht les preguntó si ante el vasto rechazo que cosechaban del pueblo, no convenía más que el partido eligiera a otro pueblo.

En este poema de Brecht me hicieron pensar las reacciones de algunos políticos oficialistas tras la derrota de su candidato el 17D. Hugo Gutiérrez, diputado del PC, acusó de “idiotas” a los chilenos que votaron por el ex Presidente Sebastián Piñera; Karol Cariola, parlamentaria de la misma tienda, se quejó de la aparición de demasiados “rubios” en una comuna popular, y una destacada actriz (quien luego se disculpó) acusó de arribismo a los electores piñeristas de áreas populares. Da lo mismo que Piñera haya triunfado en casi todas las regiones, la decepción de cierta izquierda con “el pueblo” expresa su visión de mundo y explica su intolerancia.

Esta merece un análisis, porque es ideológicamente estructural en parte de la izquierda, e influirá en la oposición 2018-22. Se trata de una visión de la historia que arranca del marxismo y que se basa en dos dogmas que se defienden a brazo partido. El primero: solo los partidos de vanguardia de izquierda representan al “pueblo”. Nadie más. El segundo: la historia de la humanidad está escrita y transita inexorablemente del capitalismo al socialismo, y culmina en la sociedad comunista.

Son convicciones esenciales del marxismo-leninismo y del socialismo del siglo XXI. Es esta fe ciega lo que lleva a tiendas que alcanzan uno, dos o cinco por ciento de votación a presentarse sin sonrojarse como partidos del “pueblo”. Según esa fe, “el pueblo” es “idiota” al votar por partidos que son enemigos de sus intereses, y al actuar en contra de la dirección de la historia y obstaculizar el arribo de la utopía perfecta.

Es esta fe la que lleva a algunos a justificar o idealizar a regímenes dictatoriales de izquierda extintos, como los del socialismo real, que se desplomaron con el Muro de Berlín, o todavía en el poder, como el de Nicolás Maduro, los Castro o la dinastía Kim en Corea del Norte. Quien adscribe a esta forma de pensar, siente que cuando “el pueblo” vota por la derecha, vota contra sus intereses. Ese político daña la convivencia cívica al ver al adversario político como un enemigo, porque supuestamente ha seducido con malas artes al “pueblo”, apartándolo de su “misión histórica” y haciéndolo actuar en contra de “la rueda de la historia”.

La tolerancia, el pluralismo, la alternancia en el poder y la convivencia cívica se vuelven de sentido común y prosperan, en cambio, cuando reinan convicciones opuestas a las jacobinas. Florecen, por decirlo de modo simple, bajo actitudes y convicciones liberales compartidas por la sociedad: la historia no está escrita, sino abierta (para bien y para mal); nadie es dueño de la verdad ni tiene la última palabra al respecto; hay derechos inalienables que no dependen de las mayorías; la importancia de la libertad, la seguridad e igualdad ante la ley para que las personas puedan llevar adelante sus propios proyectos de vida, etc.

“La crisis de la izquierda se debe a los indiscutibles fracasos que cosechó en el último siglo”

La crisis de la izquierda se debe a los indiscutibles fracasos que cosechó en el último siglo: nada quedó de la Revolución bolchevique de 1917; desaparecieron todos los Estados socialistas instaurados después de 1945 en Europa; China y Vietnam son hoy regímenes de partido único con economías capitalistas; el castrismo da sus últimos manotazos en Cuba; el Socialismo Siglo XXI lega desastres políticos y económicos, y la socialdemocracia atraviesa una fase complicada. Es una izquierda sin referentes.

El ex Presidente Ricardo Lagos (criticado por el PC por su republicana reunión con el Presidente electo) planteó en reciente entrevista al diario El País que la izquierda chilena debe reflexionar profundamente sobre las causas de su derrota. La crisis criolla, que se inscribe en la de la izquierda mundial, quedó de manifiesto al impulsar una campaña presidencial anti Piñera, en lugar de una a favor de su sueño de Chile. Con esto alimentó varias interrogantes: ¿Qué Chile aspira a construir la izquierda? ¿Y podemos seguir hablando de “izquierda”, o debemos hablar ya de “izquierdas”?

Comienzan a perfilarse al menos dos izquierdas: la jacobina, que advirtió en segunda vuelta que sería oposición a cualquier gobierno, y una que vuelve a valorar el diálogo, la búsqueda de acuerdos y los beneficios traídos por la modernización capitalista, y que cree que la ciudadanía es mucho más inteligente e independiente de lo que piensan, quieren y toleran muchos de sus compañeros jacobinos.

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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