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La histéresis y la política de la cooperación

Tendemos a creer que la histéresis no rige para las ciencias sociales. Que cuando se cometen errores de política económica basta con devolver las cosas a su estado inicial para que sus efectos dejen de estar presentes.

Y aunque todas esas medidas se corrijan, el país no volverá a estar en la misma situación previa. La histéresis corresponde a aquella propiedad de los materiales según la cual cuando se les retira un estímulo, no siempre regresan a su estado inicial. Así, por ejemplo, si se calienta una barra de metal, ésta modifica su longitud, recuperando su largo original una vez retirada del calor. Sin embargo, si la temperatura es de tal magnitud que la barra se derrite, perdiéndose una parte de ella, al reducirse la temperatura ya nunca más la longitud volverá a ser la misma.

Tendemos a creer que la histéresis no rige para las ciencias sociales. Que cuando se cometen errores de política económica, basta con devolver las cosas a su estado inicial para que sus efectos dejen de estar presentes. Al respecto, recuerdo la historia del pueblo de Sitka, en Alaska, que tentado por mayor recaudación fiscal para financiar importantes necesidades de la comunidad, decidió cobrar un impuesto a los pasajeros de los cruceros que recalaban en su puerto. El efecto fue una drástica caída de los visitantes, con el consiguiente perjuicio para su comercio. Los ciudadanos se reunieron para remendar la situación, eliminando el impuesto. El problema fue que los cruceros, en el intertanto, habían sustituido Sitka por otros destinos, entre los cuales se encontraba un pueblito construido por las propias navieras para desembarcar a sus clientes. Así, la eliminación de la tasa de desembarque no retrotrajo la situación a su estado inicial: los turistas habían reemplazado a Sitka por otros destinos.

En otras ocasiones lo que produce un estado de histéresis es simplemente el cambio en algunas reglas del juego centrales, o de la periferia, o incluso algo mucho más sutil, como son las expectativas. Y aunque todas esas medidas se corrijan, el país no volverá a estar en la misma situación previa. Por ello, aunque el próximo mandato del Presidente Piñera no partirá con un terremoto a cuestas, hay que comprender que su desafío por volver a poner a Chile en la senda del desarrollo por la que venía transitando hasta el 2014 será una tarea de gran envergadura.

Es de esperar que a favor cuente con un mejor precio del cobre, el que por ahora se muestra prometedor, al igual que un mayor crecimiento mundial, que también se avizora positivo de acuerdo a las últimas cifras de EE.UU., Europa y China. En contra, sin embargo, heredará las consecuencias de malas reformas: una institucionalidad tributaria elevada, globalmente poco competitiva y compleja; un nuevo marco laboral poco favorable a la creación de fuentes de trabajo y, finalmente, una institucionalidad ambiental engorrosa, impredecible y tardía. Además, recibe un presupuesto fiscal que compromete una significativa cantidad de erogaciones no solo para el 2018, sino para el largo plazo. Grande es el desafío de revertir la tendencia de una economía que no está invirtiendo, que crece poco y en que todo el dinamismo del sector laboral proviene del sector público financiado con impuestos. 

Para entenderlo ayuda recordar la paradoja que presentan las grandes recesiones: aun cuando, por una parte, las economías tienen los recursos disponibles y desempleados y, por la otra, posee grandes necesidades, ambas realidades complementarias no logran conectarse. Cuando una economía pierde aire en sus neumáticos puede terminar recorriendo largos trechos con llantas desinfladas, sintiendo sus pasajeros todos los baches. Una economía de presión baja (término acuñado por Samuelson y Solow para referirse a situaciones de baja inflación y alto desempleo) puede terminar por configurar una situación en que el desempleo de equilibrio es mayor y la tasa de crecimiento estructural menor, de igual forma que conducir un vehículo sin aire en sus neumáticos termina por dañar sus llantas.

Una condición necesaria para volver a la trayectoria de progreso por la que veníamos será volver al modelo de acuerdos amplios en materia de reglas económicas esenciales que han sido cuestionadas a través de diversas propuestas, como reformas constitucionales, cuestionamiento a los derechos de agua, restricciones a la libertad de emprender, apropiación de cotizaciones que corresponden a los trabajadores. Es necesario asegurar la disponibilidad de los ingredientes básicos del crecimiento: derecho de propiedad, Estado subsidiario, mercado asignador de recursos, apertura al comercio internacional, precios libres, etc. Ello complementado con el destierro de un capitalismo clientelista de compadrazgos, donde las reglas del juego sean parejas y respetadas por todos, y muy particularmente con un fortalecimiento de la competencia, para que los ciudadanos capturen el mayor bienestar que traen las mejoras de productividad.

La clave de los consensos está en que permiten establecer reglas del juego duraderas y que serán percibidas como estables, elemento esencial para que mejoren las expectativas, y también en que estimulan la cooperación. Si se suman a ello expectativas de equilibrio fiscal y algunos ajustes micro para mejorar las malas reformas, se habrán conseguido los ingredientes para retomar el crecimiento. Así, se podrá doblar la mano a la histéresis y la coalición de gobierno podrá tener la esperanza de lograr un nuevo mandato.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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