La herencia: Por la razón o la fuerza

Se ha instalado un debate con relación a si se debe o no imponer un impuesto superior a la herencia en Chile.

La diputada del Frente Amplio Natalia Castillo presentó un proyecto de ley que busca establecer nuevos límites a la herencia, imponiendo un techo de cuatro mil millones de pesos. Dejando de lado los debates respecto de la carga impositiva adicional que esto generaría —ya que Chile posee uno de los impuestos a la herencia más altos de la OCDE— y respecto de las consecuencias no deseadas de dicha política —como que altos patrimonios busquen otros países en los cuales tener sus capitales— debemos también poner atención en la real eficiencia de dicho impuesto, dada la ineficiencia estatal y la búsqueda de rentas de los operadores políticos.

Puesto en simple, podemos aumentar el impuesto a la herencia todo lo que queramos y el Estado puede recaudar millones, pero esto no serviría para mejorar la calidad de vida y la dignidad de nuestros ciudadanos si al final estos recursos se despilfarran y se dilapidan en procesos burocráticos y de “goteo” del aparato público típicos de nuestra política. Debemos recordar que los impuestos son ante todo administrados por el aparato estatal, a través de entidades públicas y políticos de toda índole que poseen —como todos los ciudadanos—intereses personales y sesgos partidistas. El pretender que la realidad no es así, y que existe una relación simple entre meterle la mano en el bolsillo a compatriotas, por un lado, y mejorar la calidad de vida del resto por el otro, es simplemente irresponsable, y asume que el Estado es eficiente y que está manejado por ángeles benevolentes.

Es aquí —en no entender los detalles institucionales y en no reconocer la imperfecta realidad de la política y la burocracia— que desaciertan y yerran muchas de las propuestas y argumentos a favor de aumentar el impuesto a la herencia. A saber: dichas propuestas asumen que el Estado es un ente benevolente y omnisciente que —a través de sus agentes angelicales llamados burócratas— van a hacer un uso razonable y sustentable de dichos recursos.

Francamente, cualquiera que haya pisado un organismo público o tratado de obtener un certificado estatal se puede dar cuenta de la falacia de tal supuesto; lo que nos sugiere que: o dichas propuestas tributarias están hechas con una ingenuidad galopante, o simplemente son el último ejercicio de demagogia criollo, guiado por una fe ciega en el Estado omnipresente.

“La experiencia sugiere que ahí donde las personas tienen libertad para cooperar, actúan con mayor moralidad y responsabilidad que cuando se les impone la coerción de la autoridad”.

Soluciones cooperativas surgirían como opciones institucionales-filantrópicas más eficientes para administrar herencias o fondos de patrimonios que se basen en la razón y la filantropía, no en la fuerza. La experiencia sugiere que ahí donde las personas tienen libertad para cooperar, actúan con mayor moralidad y responsabilidad que cuando se les impone la coerción de la autoridad. Estas instituciones tienen los incentivos correctos y los agentes que las operan reciben puniciones si es que roban o malversan los recursos administrados, cuestión completamente diferente en el Estado. Así, no recurriríamos ni a la áspera coacción estatal, ni a depender tampoco del altruismo de los burócratas o políticos de turno. De esta manera, podríamos suavizar el “capitalismo de herederos” de una manera cultural, no coactiva y, al mismo tiempo mejorar la calidad de vida y las oportunidades de las personas; en vez de simplemente seguir otorgando recursos para la ineficiencia pública y la extracción de rentas de parte de grupos de interés.

“La razón y la cooperación son siempre mecanismos más eficientes y sustentables que la fuerza a la hora de encontrar soluciones a nuestros problemas sociales”.

Es aquí en donde las propuestas de Bill Gates “El compromiso de dar” de crear un fondo de herencias voluntario —administrado por una entidad no gubernamental— y la propuesta de Jeannette von Wolfendsdorff, de un fondo privado similar de contribuciones voluntarias en Chile cobran importancia y validez; transformándose en opciones filantrópicas distintas y superiores al mero uso del garrote para meterle la mano al bolsillo a algunas familias chilenas. La razón y la cooperación son siempre mecanismos más eficientes y sustentables que la fuerza a la hora de encontrar soluciones a nuestros problemas sociales. Entender la diferencia institucional, moral, y de origen de las distintas opciones para mejorar el “capitalismo de herederos”, nos ayuda a tener mayor responsabilidad intelectual, y reconocer la realidad imperfecta de la política en la cual propuestas del tipo impositivas o coactivas serían implementadas. Debemos evitar la demagogia y enfocarnos en lo que funciona (sistemas voluntarios y culturales de filantropía), y en la política pública sin romanticismo, sin idealizar al Estado. “El hombre que muere rico, muere deshornado”, dijo el filántropo Andrew Carnegie; podríamos agregar que “el burócrata que se hace rico a expensas de un rico muerto también muere deshonrado”. ¿Alguno de nuestros paladines de la justicia criollos se anima a ver la realidad política como es?

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