La gran trampa

Una década ha transcurrido ya desde que los bancos centrales del mundo comenzaran sus inéditas políticas de expansión monetaria con el fin de evitar una gran depresión y la apuesta ha sido una derrota.

Como dijo el ex presidente del Banco Central de Inglaterra Mervyn King, “ninguno de nosotros -presentes en la reunión de octubre de 2008 en Washington- pensó que luego de ocho años de política monetaria extraordinaria y medidas fiscales adoptadas para estimular la economía, estas no solo seguirían en pie, sino que las tasas de interés en muchas partes del mundo serían negativas y la necesidad de apoyo monetario sería incluso mayor que en la peor parte de la crisis”.

El problema de King y sus colegas fue su teoría, pues si hubieran leído a Ludwig von Mises y Friedrich Hayek habrían sabido que su pretensión de reactivar la economía mundial no tenía destino. Una explicación detallada de por qué los bancos centrales han fracasado en su propósito original la dio el economista español Daniel Lacalle en su libro La Gran Trampa. Conocedor de las teorías monetarias del mainstream, pero también de la escuela austriaca de economía, Lacalle explica cómo el endeudamiento engendrado por la expansión artificial del crédito no sólo es incapaz de resolver problemas de economía real, sino que incrementa el endeudamiento del sistema, creando las condiciones para una nueva crisis.

Entre 2007 y 2015 explica Lacalle, la deuda de la Eurozona subió de 65% a 90% del PIB, Japón (del 183% al 250%) y Estados Unidos (64% al 106%). Como resultado, se han producido peligrosas burbujas en los mercados de bonos.

El premio Nobel de economía Michael Spence afirmó que aunque “nadie sabe exactamente cómo podría ser un entorno de tasas de interés normal en el mundo posterior a la crisis, es razonable suponer que no sería como hoy, cuando muchas economías mantienen las tasas cerca de cero y algunas incluso se han movido a territorio negativo”. Enseguida, Spence añade que esas tasas crean una ilusión de estabilidad que resulta atractiva para los gobiernos, debido a una política monetaria agresivamente acomodaticia que elimina la necesidad de realizar imprescindibles reformas de fondo para promover el crecimiento.

En lo que Spence se muestra más optimista de lo que la evidencia histórica permite, es en la idea de que la deuda utilizada por los gobiernos para impulsar crecimiento de largo plazo es beneficiosa. El problema, como diría Lacalle, es que el supuesto según el cual burócratas son capaces de identificar las oportunidades de inversión con buen retorno futuro y ejecutarlas no es realista. Mises ciertamente pensaba que ellos era una imposibilidad debido a la forma en que opera la burocracia, y el mismo Spence reconoce que muchos países no están siguiendo ese camino. Si fuera tan simple viviríamos en el Paraíso, pues bastaría que los bancos centrales bajaran las tasas para que el endeudamiento público fuera un negocio rentable para gobiernos y privados.

Lo que ocurre en cambio, es que, como señala Lacalle en línea con la teoría del ciclo de Mises y Hayek, las tasas artificialmente bajas distorsionan la estructura del capital, llevando a los agentes económicos a tomar malas decisiones de inversión al carecer de precios -tasas de interés- que reflejen las reales condiciones del mercado. Por eso, cuando estas se ven inviables a la luz de tasas normalizadas, revienta la burbuja y comienza la recesión. Ante ella, los bancos centrales reaccionan nuevamente haciendo la alquimia monetaria responsable de la crisis que pretende resolver. De este modo se cae en la misma trampa una y otra vez.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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