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La fuerza de los hábitos

Mi madre suele quejarse por los bajos retornos del Fondo E de las AFP. En los orígenes de su vida laboral, su previsión era cubierta por el antiguo sistema de reparto. De ahí que los primeros años de trabajo, su capital para la pensión proviniera del bono de reconocimiento que rendía apenas un 4%, cifra mucho menor a lo que han rentado las AFP. Solo en 1981 pudo cambiarse al sistema actual. Hoy, dada su edad, los ahorros que alcanzó a juntar luego de trasladarse al sistema de capitalización individual fueron al Fondo E. Ese fondo invierte los recursos mayoritariamente en renta fija, cuya rentabilidad es ostensiblemente más baja que la de fondos más accionarios, como el A (en lo que va de este año el Fondo E ha rentado solo un 1,22%, mientras que el A, un 16,29%).

Los valores de los activos y sus retornos se correlacionan con los ciclos económicos al punto que los predicen. Las acciones suben en los buenos tiempos y caen en los malos. El precio de esos papeles es mucho más volátil que el de los instrumentos de renta fija, y tienen retornos sustancialmente mayores que los bonos y depósitos a plazo. El retorno esperado de las acciones es cercano al 7% anual. ¿Por qué, entonces, si las acciones ofrecen retornos esperados hasta seis veces mayores que la renta fija, la gente no concurre masivamente a invertir en ellas? ¿Por qué no invierten todos en el Fondo A, como intuye mi madre que debió haber podido hacer?

La explicación se encuentra en el hecho de que las acciones son riesgosas. En conjunto, su volatilidad es de 16%. Es decir, aproximadamente el doble de su rentabilidad esperada. Pero a diferencia del riesgo de una lotería, donde se gana o se pierde independiente de lo que suceda en los mercados, el riesgo de las acciones es previsible, tiene una particularidad: se pierde en los peores momentos, cuando se avecina una recesión o sube el desempleo. Por ello, las personas rehúyen las acciones, y lo hacen más allá de lo que, en general, evitan otros riesgos en la vida cotidiana.

“Un buen programa de gobierno deberá siempre equilibrar la búsqueda del crecimiento económico con otras demandas del desarrollo humano.”

En 1999, dos economistas norteamericanos, John Campbell y John Cochrane, propusieron un modelo para explicar la aparente paradoja de que los altos retornos accionarios no atraigan masivamente a más inversionistas. Lo llamaron el modelo de los hábitos. De acuerdo a éste, a medida que nuestro patrimonio se reduce, acercándose a un monto que pone en riesgo el poder consumir de acuerdo al estándar de vida al que nos hemos acostumbrado, nuestra aversión al riesgo se dispara. Frente al peligro de una caída en el ciclo económico, nos distanciamos de las acciones, salvo que sus precios sean bajos y sus retornos esperados altos. Ello es lo que desploma las bolsas en recesiones; es la razón por la cual un jubilado, que ya no cuenta con otras fuentes de ingresos, hace bien al invertir un porcentaje reducido de su patrimonio en activos riesgosos. Por lo tanto, mi madre hace bien en privilegiar una cartera de inversiones conservadora en su AFP (ganar un 7% en un año es muy atractivo, pero la posibilidad de perder un 16% del patrimonio en igual periodo es pavorosa).

“El crecimiento es, sin duda, la variable principal de la gestión de un gobierno. Pero las angustias de la gente no se terminan con el desarrollo.”

El modelo de los hábitos de consumo tiene otras implicancias interesantes de comentar. Tiene que ver con el hecho de que los hábitos no son estáticos en el tiempo. A medida que nuestra renta aumenta y vamos gastando más, vamos perdiendo nuestra capacidad de asombro. Si antes íbamos de vacaciones en bus y ahora lo hacemos en avión, nos resulta más difícil reemplazar el aeropuerto por la terminal de buses. Con el aumento de nuestro nivel de consumo, aumenta también el nivel a partir de cual nuestra aversión al riesgo se dispara. Es por ello que el crecimiento económico, aunque nos aleje de los niveles de pobreza, nunca podrá liberarnos por sí solo de nuestras angustias ni tampoco de los riesgos del populismo.

El crecimiento es, sin duda, la variable principal de la gestión de un gobierno. Pero las angustias de la gente no se terminan con el desarrollo. Las sociedades que crecen hacen propios los mejores niveles de vida, asumiéndolos como dados. Así, suben los niveles de bienestar a partir de los cuales las pérdidas desatan sus temores. Es por ello que los países desarrollados conviven con la angustia de perder, a pesar de la abundancia de que disponen. Lugares como Europa y Norteamérica, que parecen haber llegado a niveles de desarrollo donde los problemas debieran empezar a quedar atrás, aún conviven con la amenaza populista que promete terminar con las dificultades.

Por lo tanto, un buen programa de gobierno deberá siempre equilibrar la búsqueda del crecimiento económico con otras demandas del desarrollo humano. Dentro de ellas, debieran encabezar la lista los tópicos que abren espacios de libertad para desarrollarnos como personas dignas, que favorecen el emprendimiento y satisfacen nuestras dimensiones más propiamente humanas. En este aspecto, el programa de gobierno que acaba de presentar el ex Presidente Piñera, para su probable segundo gobierno, es una importante contribución; se hace cargo de lo que las personas esperan para Chile en los años venideros. Esencialmente: ‘Un Chile más libre, que progrese, creando oportunidades para todos’.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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