La excusa perfecta

Cuando Gabriel Boric apoyó la candidatura presidencial de Nicolás Maduro en 2013 a través de un tweet, lo que en el fondo afirmaba, el ahora diputado del Frente Amplio, era la continuidad del proyecto socialista que Chávez venía instalando en Venezuela desde el año 1999. No obstante, ante el claro y evidente fracaso de aquel propósito, al igual como ocurría con Stalin y el totalitarismo comunista, ahora la izquierda latinoamericana intenta poner como eje de todo el problema a Nicolás Maduro y no al socialismo que los inspira, y desde el cual este mismo sujeto sustenta su poder, su discurso y el intervencionismo económico de manual que ha aplicado en el otrora rico país.

Tal como ocurría con el antiguo dictador de la URSS, ahora los socialistas latinoamericanos dicen que en Venezuela no hay socialismo de verdad, sino que Maduro, designado por el fallecido Hugo Chávez como su sucesor natural en el proceso revolucionario, sería una especie de desviación del proyecto chavista que, además, ha desvirtuado los altos ideales socialistas. No obstante, lo cierto es que la deriva que ha tomado el régimen en Venezuela es la consecuencia lógica de aplicar el socialismo y esa idea ‘de Humanidad elevada’ según el diputado Gonzalo Winter.

Lo cierto es que el anhelo de crear una economía y una sociedad socialista no es otra cosa que aspirar a crear una economía y una sociedad militarizada. Por eso, el problema en Venezuela no es solo Maduro sino toda la estructura institucional instalada bajo inspiración socialista que ha sometido la vida venezolana a las dinámicas propias de un regimiento, partiendo por la Misión Mercal 2003 que se tradujo en la subvención de la producción y distribución de alimentos a manos de funcionarios del gobierno. Luego vino la estatización de diversas empresas bajo el control del Ministerio del Poder Popular para la Alimentación y los Comités Locales de Abastecimientos y Producción, lo que acabó con gran parte de la producción interna privada de alimentos. A eso se sumó el Plan Nacional Simón Bolívar de 2007, impulsado por Chávez para instaurar ‘el Estado moral socialista’, lo que implicó la estatización de una amplia gama de empresas y un férreo control sobre la actividad económica a manos de los militares.

Otro aspecto clave del problema venezolano es que en nombre del socialismo se militarizó a la sociedad venezolana. En 2005 Chávez creó mediante decreto la llamada Reserva Nacional, cuerpo militar con autonomía presupuestaría que obedecía directamente a él. Nada muy distinto a las SS de Adolfo Hitler, las camisas negras de Mussolini y algo a lo que se aspiraba con los GAP de Allende. Con esa medida, Chávez unificó el rol de presidente con el grado de comandante militar, se aseguró una parte del monopolio de la fuerza y de paso convirtió a ese país en un regimiento bajo su mando. Toda esa estructura de milicia prevalece hasta ahora, incluidos esos delincuentes armados por el propio gobierno llamados colectivos, para ejercer su violencia contra el pueblo venezolano, sobre todo los disidentes al régimen.

La burda excusa del bloqueo, enarbolada por las izquierdas latinoamericanas para explicar el racionamiento, la escasez y la miseria en Venezuela, es absurda si se considera que el racionamiento comenzó mucho antes de las sanciones aplicadas a altos funcionarios de dicho país. Todo comenzó cuando los planificadores socialistas, en su afán por dominar la economía, comenzaron a establecer ‘precios justos’ para una diversidad de productos, intervinieron las divisas y, aprovechando la enorme chequera petrolera, subvencionaron exportaciones que terminaron por mermar la producción interna de todo tipo. Como triste contradicción, a medida que el control sobre la economía generaba más estragos y escasez, los promotores del socialismo del siglo XXI más aumentaban sus medidas fracasadas. Entonces vino el carnet de la Patria, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) y medidas propias del realismo mágico como el salario mínimo de 18.000 bolívares. Un claro absurdo considerando que Venezuela cerró el 2018 con una inflación de 1.689.488,2%. Lo peor es que todo esto es justificado como acciones destinadas a agudizar la revolución, como dijo la actual alcaldesa de Caracas en junio de 2016. Puro socialismo.

Si antes la mayoría de las izquierdas de América Latina vindicaban al poco sofisticado Nicolás porque eso reflejaba el triunfo del ideario socialista impulsado por Chávez, tal y como lo hizo Boric el 2013, ahora hacen todo lo contrario y lo tienen como el chivo expiatorio perfecto para negar el rotundo fracaso del socialismo del siglo XXI en cuanto a generar mayor bienestar, igualdad y oportunidades para los venezolanos. Nicolás Maduro se ha convertido en el payaso que distrae al público mientras se arregla el escenario. Es la excusa perfecta para que las izquierdas latinoamericanas, incluyendo a la chilena, y todos los promotores del socialismo añejo y presente se nieguen a asumir que sus elevados ideales solo agudizaron la miseria en Venezuela, tal como lo ha hecho el socialismo en todos los casos en que ha sido aplicado al pie de la letra.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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