La ética de los infelices

La idea de una sociedad perfecta tiene larga data. Durante siglos, diversos pensadores, escritores y artistas han imaginado utopías donde no hay sufrimiento, sino que reina la dicha y el placer. La felicidad, como goce de la propia vida, ha sido un deseo permanente en las diversas culturas humanas, que se ha relacionado con la buena salud, el saber, el amor, la buena fortuna, la providencia o la posesión de bienes materiales. Pero no fue sino hasta el surgimiento de la Ilustración que la felicidad dejó de ser algo esquivo para la mayoría, relacionado esencialmente con el destino, y se presumió como un estado al que todo individuo debía y podía aspirar libremente.

El progreso originado a partir del desarrollo del pensamiento ilustrado, como lo muestra en su reciente libro el psicólogo y científico cognitivo de Harvard, Steven Pinker[1], ha logrado disminuir los estragos que antes causaban el hambre, el frío y la enfermedad entre las muchedumbres. Eso sin duda elevó las expectativas con respecto a las viejas ansias de bienestar. Con ello, la promesa de una felicidad generalizada y permanente se tornó primero una búsqueda incesante y luego una reclamación ensordecedora. Ser felices se volvió algo cada vez más tangible a medida que, en algunas sociedades, las condiciones de vida de millones se hacían menos adversas. La noción de autonomía, en tanto estar liberado de las cadenas de los antiguos gremios, la religión o la posición social, se convirtió en un aliciente para que los sujetos se convirtieran en dueños de su propio destino y se lanzarán a buscar la esquiva felicidad sin esperar el beneplácito del destino.

El cambio generado por la mejora en las condiciones de vida alteró profundamente la idea de felicidad. En la actualidad, por ejemplo, un chileno promedio no debe ir a buscar agua a un pozo lejano, ni calefaccionar su hogar con leña que cortó la noche anterior, ni tiene que ordeñar una vaca al amanecer para tomar leche. La mayoría tiene los dedos crespos en muchos sentidos, abren el grifo y les sale agua potable directamente, si tienen frío prenden una estufa a gas o eléctrica sin sudar una gota y si tienen hambre husmean el refrigerador a ver si encuentran algo que no cazaron en el bosque, sino que compraron en un supermercado. Tampoco deben temer morir por contraer alguna enfermedad mortal como la viruela o la lepra. La creación de vacunas ha permitido controlar e incluso erradicar dichos males en muchos países, incluido Chile. Lo mismo ocurre con la probabilidad de ser esclavizados por otro pueblo que invade sus tierras, como ocurría antaño en las idealizadas América precolombina, la región Escandinava o hoy moderna China, la cual es más baja que morir atropellado por un automóvil.

Las necesidades materiales, en muchas sociedades actuales, han sido resueltas para un número importante de sujetos. La felicidad, entonces, se ha desligado del plano de las necesidades más básicas y se ha situado en el plano de lo que Ronald Inglehart[2] llama las necesidades postmateriales. Como la preservación de la propia existencia se ha vuelto irrelevante para muchos —incluso para los que quizás seamos más ineptos para un entorno natural adverso— la satisfacción con la vida ha perdido su anclaje primario relacionado con la subsistencia. Así, en el presente, la felicidad se ha ligado con cuestiones tremendamente variadas, subjetivas y muy propias de la sociedad de consumo que, sin embargo, a la larga parecen traducirse en la creciente insatisfacción de muchos con sus propias vidas. El optimismo del progreso, surgido desde la Ilustración y tan bien expresado por Bertrand Russell[3] al decir que «muchas personas que son desdichadas pueden llegar a ser felices si hacen un esfuerzo bien dirigido», dio paso al hastío de las sociedades opulentas donde nada parece satisfacer a las personas. El primer atisbo de este fenómeno surgió a inicios del siglo XX con lo que Ortega y Gasset[4] describió como el síndrome del niño mimado característico del hombre masa, que luego tuvo una nueva versión en el 68 francés y tuvo su cúspide con el auge de la música grunge, la llamada generación X, el famoso no estoy ni ahí de Marcelo Chino Ríos y la visión deprimente de David Foster Wallace[5] con respecto a la idea de felicidad. Pero a diferencia de los infelices actuales, los desdichados de antaño parecían tener una actitud relativamente valiente frente a la insatisfacción que tenían con el mundo.

“No solo reclaman la mayor atención posible, sino que culpan a otros de su insatisfacción sin querer asumir ningún costo para revertir su propia desgracia.”

Pero en un nuevo contexto donde predomina la sobre exposición a través de fotos y selfies de cada instante, donde además el flujo de opiniones tiene la profundidad de un plato de sopa y estas son tan desechables como unos condones, la ética de los actuales infelices es muy infantil. No solo reclaman la mayor atención posible, sino que culpan a otros de su insatisfacción sin querer asumir ningún costo para revertir su propia desgracia. Incluso, algunos infelices en su desdén no quieren que nadie más sea feliz o se sienta feliz, si ellos no lo son. Y ojo, no estamos hablando de aquellos que sufren algún padecimiento como una depresión, sino de aquellos que son infelices porque quieren serlo, porque eso los hace sentir bien. O porque simplemente no son lo suficientemente valientes para intentar no serlo. Y es que actualmente, para las generaciones más jóvenes es más fácil hacer desdén de la felicidad que enfrentar la potencial frustración que puede generar su búsqueda.

En ese sentido, los nuevos infelices son la consecuencia lógica de lo que Alexis de Tocqueville[6] llamaba despotismo blando, desde donde surge la idea de que algo o alguien debe asegurar nuestros goces y vigilar nuestra suerte para evitarnos cualquier tipo de sufrimiento. Los infelices actuales son el resultado, no solo de las reales y concretas mejoras en las condiciones de vida de las sociedades humanas, sino de ese absurdo derivado de aquel proceso de mayor bienestar, desde el cual se presume que la vida solo es aceptable sin angustia alguna, sin penas y sin fracasos. Es decir, como si viviéramos en una utopía como la que imaginaba Tomás Moro[7] o como la que imaginó —como pesadilla— Aldous Huxley[8] en Un Mundo Feliz, donde los seres humanos yacen como adultos infantilizados, incapaces de servirse de sus propias razones para ser responsables de sí mismos.

El filósofo Byung-Chul Han[9] plantea que ser felices se ha convertido en una especie de imperativo que genera desazón, que nos deja exhaustos y que nos cansa. Y en efecto, si somos honestos, actualmente todos nos vemos inducidos a ser buena onda y positivos con los otros para hacerlos felices, hasta en lo más mínimo. Y entonces, no podemos mostrar enfado, ni opinar fuera del marco de lo aceptable y ni pensar en querer competir con otros. Si invitas a comer a un grupo a tu casa, prácticamente debes preparar menús para cada cual según sus particulares hábitos alimenticios. Todo eso tiene como finalidad el no alterar el mundo ascético que se ha creado en torno a la idea de una sociedad perfectamente feliz, positiva y satisfecha. Como cuando un niño se ofusca al no poder manejar su frustración, los infelices actuales claman un mundo más feliz, porque en parte eso se les ha prometido desde pequeños. Por eso, incluso aquellos NO, enarbolados por los nuevos censores frente a diversas cosas o situaciones que no les parecen agradables, en el fondo esconden ese exceso de positividad del que acusa Han. Esto se aprecia en las universidades, con alumnos que no quieren sufrir ninguna clase de carga académica o que se comportan como santos inquisidores, pretendiendo censurar todo aquello que los ofende o les parece contrario a sus intuiciones, exigiendo espacios seguros de discursos, materias y exigencias para no alterar sus psiquis. Y en el fondo, lo que en realidad están reclamando esos estudiantes es el mundo perfecto e inalterado del dinosaurio Barney, donde el pasto es verde siempre sin necesidad de regarlo y cortarlo cada tanto.

En ese sentido, quizás la tesis de Han no es tan correcta como la tesis de Nietzsche[10] en cuanto a la transmutación de los valores. Porque si pensamos en los actuales ofendidos permanentes, cuyas vidas probablemente son una desgracia 24/7 debido a un mundo que nunca es perfecto, y vemos el cariz de sus reclamaciones, entonces nos daremos cuenta de que detrás de aquello no hay más que una cosa: la moral de los débiles. Una moral de los débiles producida en un contexto, no de esclavos, sino de sujetos satisfechos, criados en entornos asépticos y sobreprotegidos. Esto hace que, en muchos casos, tales sujetos sean incapaces de soportarse en sus propios pies y se eleven a la condición de mártires. Ahí, en ese sustrato, están los potenciales votantes de los futuros populistas, que se alzarán como los redentores de todos aquellos que, según cada particular perspectiva, han sido víctimas de algo o alguien.

“El detalle clave es que los infelices actuales no dejan de reclamar los placeres que produce ese sucio y desdichado sistema que los martiriza.”

El detalle clave es que los infelices actuales, que incluso reniegan de la felicidad y la consideran un privilegio del sistema que a la vez los hace víctimas, no dejan de reclamar los placeres que produce ese sucio y desdichado sistema que los martiriza. Solo que quieren vivir como los gordos de Wall-E o como Barney, sin tener que cuidar el césped, pero con el derecho a mirarlo y dormir la siesta encima de este. Pero lo cierto es que la felicidad no es un estado último y permanente, tampoco es una cualidad que se atrapa, sino que es algo que se conforma de manera constante, por instantes, y que además puede ser frágil. La falacia de la felicidad generalizada nos ha llevado a obviar que actualmente, gracias a una serie de progresos, sufrimos menos que lo que las generaciones de antaño sufrían. Las cosas actualmente no son tan malas como la prensa, los políticos y otros grupos de interés nos quieren hacer creer. Ya varias veces se ha anunciado el fin de los tiempos y sin embargo aquí estamos, luchando por ser más felices cada día. Quizás, a los infelices actuales les falta plantar un árbol, crear un jardín o limpiar las playas. Eso tiene cierto sentido.

 

Bibliografía:

[1] Pinker, S. (2018). En Defensa de la Ilustración. Madrid. Paidós.

[2] Inglehart, R. (1977). The Silent Revolution: Changing Values and Political Styles in Advanced Industrial Society. Princeton. Princeton University Press.

[3] Russell, B. (1930). The Conquest of Happiness. London. Routledge (1975).

[4] Ortega y Gasset, J. (1930). La Rebelión de las Masas. Madrid. Espasa (1999).

[5] Foster Wallace, D. Esto es agua. Algunas ideas, expuestas en una ocasión especial, sobre cómo vivir con compasión. Discurso presentado en 2005 en la Universidad de Keyton. Publicado en 2009 por la editorial Little, Brown and Company y traducido por Random House en 2014.

[6] De Tocqueville, A. (1957). La democracia en América. Pref. notas y biblogr. de J. P. Mayer; introducción de Enrique González Pedrero; trad. de Luis R. Cuéllar—México. Fondo de Cultura Económica.

[7] Moro, T. (2016). Utopía. Edición de Gerardo Villa del ángel; pról. Roger Bartra; epílogo de Jorge F. Hernández; traducción de Agustín Millares Carlo. México. Fondo de Cultura Económica.

[8] Huxley, A. (1932). Brave new World. Traducción Ramón Hernández.

[9] Han, BC. (2010). La sociedad del cansancio. Madrid. Herder

[10] Nietzsche, F. (2000). La Genealogía de la Moral. Madrid. Edaf.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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