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La elite en los tiempos de la posverdad

El domingo pasado se realizó una gravísima denuncia contra Ignacio Palma, candidato gremialista en las elecciones de la FEUC. Una cuenta anónima -con publicidad pagada- colgó en Facebook un testimonio detallando cómo éste habría abusado sexualmente de una joven. No se entregó ninguna prueba y ni siquiera una identidad, pero la historia fue asumida como una verdad incuestionable por las listas de izquierda.

Palma negó tajantemente todo, pero sus adversarios lo acusaron de ser un agresor sexual e incluso se negaron a debatir con él. En un video sus contendientes dijeron ‘no nos sentimos seguras debatiendo con un hombre así’.  Todo esto sin ninguna prueba. El lunes fue eliminado el testimonio y la cuenta desde la que fue subido, pero las ‘funas’ no pararon. Hasta ahora no hay antecedentes para sostener que la denuncia es real, pero sí datos para suponer que es falsa. No es una verdad en disputa, sino posverdad.

La posverdad es una forma elegante de decir ‘mentira’ y supone que una construcción discursiva puede ser más fuerte que los hechos. Su principal referente son las ‘fake news’ –noticias falsas-, recurso que alcanzó la fama en las elecciones estadounidenses de la mano de Donald Trump. Estas  no apuntarían a informar a las personas, sino a reafirmar sus prejuicios. Su forma de difusión son las redes sociales y los expertos han responsabilizado a este recurso como uno de los factores que explicaría el triunfo de Trump.

Cuando se habla del caso de Estados Unidos, los analistas han señalado que las ‘fake news’ habrían tenido una alta penetración en los sectores populares. Se entendía que la elite era inmune a este tipo de recursos porque su bagaje cultural le permitiría filtrar la información de mejor manera. Se asumía que la elite era capaz de analizar las fuentes y contrastar miradas antes de realizar un juicio crítico. En el caso de la Universidad Católica fue lo contrario.

La UC es a todas luces una universidad de elite. Por eso resultan desconcertantes los juicios a priori que realizaron muchos de sus dirigentes y estudiantes, aun entendiendo el costo irreparable que la denuncia podía tener en la honra de uno de sus compañeros.

La arrogancia intelectual de la elite es famosa y ha existido siempre, más aún en países en vías de desarrollo. Es por eso que se negarán a compararse con los votantes de Trump, a los que consideran estúpidos. Pero en los hechos las conductas hasta ahora son las mismas: asumen como ciertas acusaciones sobre las que no hay antecedentes veraces. Aquí no hay pensamiento crítico, sino servidumbre ideológica. Ya no importa lo que es real, sino lo que respalda una visión particular del mundo.

Si quienes respaldan la denuncia no entregan antecedentes veraces, lo ocurrido en la UC será un papelón.  Una vergüenza que deberán compartir la izquierda, la universidad y toda aquella elite que creyó sin cuestionar, cayendo en la trampa de la posverdad. Todo este escándalo será conocido como un montaje, uno cuyo precio es la honra de una persona.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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