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La catarsis del humor en Viña del Mar

Chile lleva más de un año bombardeado con noticias de negligencia y corrupción política. Si bien, muchas veces la reiteración de estos hechos nos ha llevado a pensar que lamentablemente nuestro país se ha ido “curando de espanto”, la catarsis popular producida por la rutina de Eduardo Caroe en el Festival de Viña del Mar, demostró que este tema está lejos de superarse y se convirtió en una importante salida de presión a un malestar ciudadano que se venía acumulando hace tiempo. Una “terapia colectiva” que encuentra en los aplausos o en las pifias -y lamentablemente no en las instituciones-, el medio para descargar una legítima frustración ciudadana.

El humor político, amparado en la libertad de expresión, siempre ha sido una poderosa herramienta de control ciudadano frente a los excesos del poder. Durante los 75 minutos de rutina, Caroe fue el hombre más poderoso de Chile. En sólo 75 minutos, el ciudadano común pudo ver reflejado en el escenario “a uno de ellos”, a la misma altura de presidentes, congresistas y políticos. Una sensación de “igualdad ante la ley” que, no proviniendo suficientemente de la institucionalidad del país, el humor ha tenido que venir a subsidiar. Dicho empoderamiento, superó incluso la clásica habilidad de victimización del Partido Comunista, quien -como es natural en un partido totalitario- se ve resentido cada vez que prima la libertad.

La catarsis es el fenómeno liberador producido a través de la empatía que el arte genera en el espectador. Si a Caroe le fue bien es porque hubo complicidad ciudadana. La gente reconoció su propia realidad en lo narrado y eso generó en ella un efecto “liberador. Como dijo alguna vez el famoso dramaturgo y ex presidente checo Václav Havel, el absurdo es muchas veces lo único que nos queda para “desahogarnos” de una realidad ridícula. Después de más de un año de escándalos, no es casualidad que el humor cumpla en esta versión festivalera un rol tan importante. La comedia se ha convertido en una gran herramienta de reproche que ya no es meramente decorativa. Sin embargo, ese “desahogo de la realidad” antes de provenir de un humorista, debería surgir de fuentes institucionales.

Aquí está lo peligroso. La sátira no puede ser más eficiente que la institucionalidad para otorgar a los ciudadanos la tan necesaria sensación de justicia que mantiene la paz social. Si una rutina del Festival se convierte en un medio de descarga ciudadana más efectiva frente a abusos que el funcionamiento institucional del país, tenemos un importante síntoma de que algo anda mal. Lamentablemente esto último no es para la risa.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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