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Inmigrantes en Southpark

El fin de semana comí con dos arquitectos jóvenes. Contaron que varios de los constructores con los que trabajaban les decían lo mismo: los jefes de obra están ahora exigiendo una nueva condición: «Sólo dirijo la obra si no contratan extranjeros». Xenofobia. Los «quitatrabajos» les llamaban a los extranjeros en Southpark. Era el año 2004 y la serie estadounidense hacía una sátira de este problema que luego tendría al mundo, y ahora a Chile completamente enredados. En la serie no son inmigrantes de otras razas o países, sino del mismo país pero en otro tiempo: vienen del futuro, de 3045. Escapan porque hay sobrepoblación, escasea el trabajo y la vida es difícil. En televisión se muestra un debate entre un «molesto white-trash redneck conservador», jefe del sindicato de trabajadores y que busca eliminar a los tiempo-inmigrantes, versus una «porquería de viejo hippie y liberal», de estética californiana, que aboga por fronteras abiertas y culpa a «Estados Unidos y sus codiciosas multinacionales» por mantener a todos en la pobreza. Son los dos populismos entre los que nos estamos debatiendo y que explotan el malestar apuntando a falsos culpables: los inmigrantes por un lado y el «imperialismo» por otro.

Ya en el siglo I, el historiador Tácito relataba cómo los británicos detestaban a los romanos del continente. Era un sentimiento histórico, que Cameron explotaría después para llegar al poder. Una cosa eran las regulaciones y los burócratas comiendo quesos y hablando de vinos franceses en Bruselas. Pero otra cosa fue incitar el antieuropeísmo e inventar cifras. La tentación populista superada por la ambición de poder.

Acá no pasa algo muy distinto. Deportar extranjeros por delitos o malos antecedentes es más viejo que el hilo negro, pero hacer shows televisivos y alardear de aquello —como si no se hubiese hecho antes— es potenciar e incluso inducir la xenofobia. El confuso rechazo a una política de cooperación internacional sobre inmigración que acaba de anunciar el gobierno de Sebastián Piñera parece ser más una puesta en escena que una opción política clara.

Un reciente libro del historiador alemán Thomas Weber relata cómo Hitler simplemente utilizó por conveniencia política —antes de que realmente creer en ella— la ideología nazi para llegar al poder. La responsabilidad está entonces en los líderes que irresponsablemente utilizan y explotan los malestares. Es deprimente escuchar a los santones repetir el dicho de Pedro Aguirre Cerda: «gobernar es educar», pero la verdad tiene algo de sentido. O quizás sea mejor al revés: «gobernar es no maleducar». En Southpark la solución a la que llegaron los rednecks fue hacerse homosexuales y así evitar la sobrepoblación futura. Acá no sé qué irá a pasar. Quizás Lavín nos sorprenda.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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