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Ideas oxidadas

Por todas partes se habla de la necesidad de que la derecha política “regrese a sus principios”, especialmente desde que el Presidente Sebastián Piñera llegó a La Moneda. En efecto, al poco andar del gobierno comenzaron las acusaciones de travestismo político y de traición a las ideas. Mientras que el ministro Hinzpeter anunciaba la llegada de una nueva derecha ―que, en definitiva, se tradujo en nada―, el senador Longueira acusaba la falta de relato de la administración piñerista. A continuación, su par Jovino Novoa publicaba un libro cuyo propósito declarado era polemizar con el primer gobierno que la derecha ganaba democráticamente en décadas. Las elecciones municipales y, posteriormente, las presidenciales y parlamentarias, confirmaron todos los temores. Finalmente, luego del triunfo de la Nueva Mayoría, las críticas en contra del descafeinamiento de la derecha, lejos de amainar, arreciaron.

Pero dudamos sobre la pureza ideológica o la conveniencia de incluir principios como la justicia o la democracia.

Las preguntas que todos quieren responder son dos: primero, cuáles son esos principios, con la curiosa pretensión de elegirlos de entre un listado, como quien hace las compras en un supermercado. Así, pareciera que estamos de acuerdo en que la libertad y la responsabilidad deben estar en el carro, pero dudamos sobre la pureza ideológica o la conveniencia de incluir principios como la justicia o la democracia. En segundo lugar, una vez seleccionadas las banderas, preguntamos por la estrategia para defenderlas. Por supuesto, luego de la derrota electoral, la consecuencia lógica de esta perspectiva belicista son las acusaciones mutuas de cobardía y falta de entereza ideológica.

Pero nadie parece interesado en preguntarse qué peregrina cosa serían estos principios o ideas de las que tanto se habla, de dónde emanan, por qué los necesitamos. Cada uno apunta con el dedo hacia su propio Sinaí y cita, cual verdad revelada, a sus Aristóteles, sus Tomases, sus Stuart Mills, sus Friedmans, sus Bellos o sus Guzmanes. Visitamos sus textos como cosas ya hechas y cerradas, en busca de herramientas de combate. Consecuentemente, no resultará extraño que prefiramos los manuales por sobre los textos originales: nos desinteresamos del proceso, porque sólo nos sirven las conclusiones. Los principios se convierten en eslóganes y el viejo arte de la retórica degenera en un ejercicio de marketing, es decir, en estrategia de venta. Ya no interesa comprender, sólo importa “ganar la batalla de las ideas”. En esto, la impaciencia y la mentalidad pragmática pueden ser malas aliadas.

En realidad, los pensadores del pasado llegaron a formular tales o cuales principios porque tenían necesidad de ellos. Aristóteles postula la amistad cívica como una virtud política indispensable porque ha tenido experiencia de los efectos devastadores que generaban las escisiones y discordias partidistas al interior de las polis griegas; Friedman reivindica el valor de la libertad económica en la fase final de la Guerra Fría. En cada caso, las teorías y las explicaciones no existían antes de su creador. Ninguno de ellos encontró los principios como cosas ya hechas, percibiendo a continuación la conveniencia de defenderlos. Muy por el contrario, estos pensadores se encontraron inmersos en una experiencia vital y política en la que se sentían, por decirlo así, desorientados. El resultado del esfuerzo por salir de esa desorientación fueron las verdades que luego nos legaron bajo la forma de creencias, discursos, libros e instituciones.

Nosotros, desde luego, nos encontramos con los principios como conceptos desarrollados y conclusos. Pueden interesarnos, ciertamente, atraernos, explicarnos problemas. Pueden incluso parecernos bonitos. Pero se trata de un interés que no se parece en nada al afán originario de quienes los postularon por primera vez. Conforme van pasando los años y nos alejamos más y más de los problemas primigenios a los que dieron respuesta, del lenguaje y de los conceptos de su época, nuestra invocación a la libertad, la responsabilidad, la justicia, a la amistad cívica o a cualquier otro principio se torna inevitablemente rumiante. La gigantesca maquinaria conceptual desde donde comprendíamos y dominábamos la escena social comienza a echar óxido, se vuelve lenta, torpe y ciega. Perdiendo el contacto con la realidad, el aparato doctrinario se alimenta de sus propios conceptos, envenenándose hasta tal punto que ya no explica otra cosa que a sí mismo. En algún momento, un nuevo paradigma hace su aparición y a todos queda claro que lo mejor que puede hacerse es abandonar de una vez al antiguo artefacto y dejarlo yacer en medio del campo.

El fenómeno descrito no es novedoso en lo absoluto. A los griegos del siglo de Pericles ya no podían acomodarles los valores heroicos de la época homérica. Las sabias instituciones de la vieja república romana resultaron ineptas para regir la vida del imperio. Los científicos y los filósofos racionalistas y empiristas de comienzos de la modernidad se deshicieron del lastre de la escolástica tan pronto como les fue posible, sin importarles que otrora hubiese sido la obra más grandiosa del gótico, sólo igualada en majestuosidad por las catedrales. No se trata de que las construcciones teóricas del pasado sean defectuosas. Al contrario, muchas de ellas son tan perfectas que se vuelven canónicas, y es precisamente por ello que corren el riesgo de osificarse.

Otro tanto acontece hoy. En efecto, por primera vez desde la caída del muro de Berlín y el regreso a la democracia en nuestro país comienzan a alzarse ―seriamente― voces en contra del edificio conceptual de la teoría económica clásica. Da igual que en el pasado hayamos alcanzado niveles inéditos de prosperidad gracias a ella. Conceptos como focalización de los recursos o libertad económica, cuya invocación bastaba para dar por cerrada cualquier discusión, hoy han perdido efectividad retórica. El admirable acero del tanque económico clásico se está herrumbrando. Si durante veinte años comprendíamos la vida social exclusivamente a partir de éste, ahora sus contradictores ofrecen visiones alternativas y argumentan desde otras coordenadas. Un día, sin darnos cuenta, nos despertamos en un país donde la ciencia económica había perdido su estatus de verdad para pasar a ser considerada una ideología.

Por supuesto, tratándose del avance de la técnica o de las ciencias naturales, nadie se ocupa demasiado por los despojos que van quedando en el camino. No se encontrará a ningún científico interesado en revivir la física aristotélica después de que Galileo la hiciera pedazos; nuestra fascinación por las máquinas de Da Vinci es eminentemente histórica. En cambio, cuando se trata de los asuntos que conciernen a los seres humanos y las relaciones que establecen entre ellos, pareciera que el declive de una determinada manera de comprenderlos importara una pérdida de la que no sabemos cómo resarcirnos. Una sociedad que ya no se entiende a sí misma en términos de libertad, de justicia o de responsabilidad, es una sociedad empobrecida. Los mismos problemas vuelven a aparecer bajo formas nuevas. Y entonces, sólo entonces, los viejos principios demuestran su actualidad. Por eso es posible encontrar a políticos y filósofos releyendo “El Príncipe” de Maquiavelo, con un interés vivo, sincero y, en cualquier caso, muy distinto de la mera curiosidad con que un físico contemporáneo podría leer los “Principia Mathematica” de Newton.

Por lo tanto, de poco sirve releer autores pretéritos o defender principios grandilocuentes, esperando que su sola invocación provoque un cambio en la discusión. Por el contrario, la atingencia y actualidad de los principios y del pensamiento de los autores es algo que debe ser probado en cada contingencia y en cada momento histórico. Pero probar la pertinencia de un principio significa mostrar cómo resuelve un problema presente. Ello supone, por una parte, recorrer nuevamente el camino que llevó a un pensador a formular una idea y, por la otra, hacerse cargo de los problemas de nuestra época. Para leer a Stuart Mill de manera productiva hace falta identificar en qué medida sus postulados nos sacan de nuestra propia desorientación.

He aquí el trabajo que se abre para la derecha y para cualquier conglomerado político que pretenda ofrecer un discurso capaz de convocar a la mayoría. Supone que seamos capaces de detenernos un momento, de mirar alrededor, de escuchar, de regresar sobre nuestros pasos. Tarea nada de fácil para un sector cuyo ethos está marcado por la imperiosa necesidad de actuar todo lo atropelladamente que se pueda, con la mirada puesta siempre en los resultados.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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