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Homo narrator: la importancia de construir un relato

En un reciente artículo acerca de cómo a la ciencia económica le hace falta recurrir más a las humanidades (la sociología, la antropología, la sicología…), Robert Shiller, premio Nobel de Economía 2013, citando al biólogo Stephen Jay Gould, sugiere que nuestra especie debiera denominarse homo narrator en lugar de homo sapiens. Sapiens significa sabio y nuestras mentes estarían construidas más para la narrativa que para el análisis. La narrativa, la historia acerca de algo, tiene el poder de convocar a nuestra memoria y al mundo de las emociones, produciendo efectos en nosotros que la razón con sus modelos matemáticos y la estadística nunca podrán lograr.
 
“La narrativa se viraliza y genera argumentos de persuasión que los áridos datos difícilmente consiguen.”
La narrativa se viraliza y genera argumentos de persuasión que los áridos datos difícilmente consiguen. Un buen ejemplo es la frase de la campaña del gobierno para vender a la generación actual las bondades de la ley de la Reforma Agraria en su aniversario 50: “Gracias a la Reforma Agraria, los niños y niñas campesinos dejaron de trabajar, pudieron ir a la escuela y comenzaron a usar zapatos”. Difícil competir con la imagen de un niño descalzo a través de datos duros que demuestran lo desastrosa que resultó la reforma, tanto para la productividad del agro como para la convivencia de los chilenos.
 
Shiller postula que los economistas son muy malos para utilizar la narrativa y transformar sus explicaciones en una historia que conecte con lo que la gente siente en un momento determinado. Según él, son particularmente incapaces de construir historias que den cuenta de los ciclos económicos. No entienden el poder de las emociones para explicar que súbitamente las personas dejen de gastar, sobreviniendo una recesión; o decidan liquidar simultáneamente sus posiciones de acciones y la Bolsa se derrumbe; o que de pronto sigan a un personaje como Luis Messina, cambiándose del Fondo A al E, abandonando un portafolio que este año ha rentado seis veces más, perjudicando sus pensiones.
 
La caja de herramientas de la ciencia económica tiene modelos matemáticos, de equilibrio general y regresiones, pero carece de la narrativa necesaria para que los ciudadanos los entiendan mejor; es impensable un texto de economía titulado: “Los sentimientos de lo económico” o “Aventuras en economía”.
 
Es por ello que a los economistas les cuesta que su conocimiento se traduzca en propuestas que sean comprendidas y aceptadas por la población, sobre todo cuando estas implican un sacrificio presente para obtener beneficios futuros. Tampoco resulta fácil explicar la dinámica de los mercados. Por tal razón, Hayek, Coase y Buchanan destacaban la necesidad de que las explicaciones tuvieran atractivo intuitivo y fueran compatibles con el sentido común.
 
El libro del CEP titulado Malestar en Chile concluye que la aparente crítica generalizada al modelo de desarrollo seguido durante los últimos 30 años responde a un relato que intenta instalarse como la verdad, con el objetivo de generar un cambio de modelo.
 
El relato del descontento producto de una sociedad poco inclusiva y desigual no ha logrado hasta ahora imponerse, debido a las altas tasas de crecimiento, el alza de los salarios y el empleo, la reducción de la pobreza y de la inflación, sumados a la percepción de que se progresa y la desigualdad se reduce. Coincidentemente, las encuestas registran que las personas mayoritariamente piensan que las variables asociadas al esfuerzo son las más importantes para explicar los resultados económicos individuales. El análisis de las encuestas realizado por el CEP revela que no hay un rechazo al modelo, sino que cuatro preocupaciones puntuales y probablemente acertadas: la seguridad, las pensiones, la cobertura de enfermedades catastróficas y la educación de los hijos. También conviven importantes deseos de mejor acceso a bienes y servicios.
 
Las personas perciben su pasado y su futuro de modo diferente, como si fueran seres distintos. Al pasado lo miran desde las emociones, al futuro, desde la razón. Poner la vista en el pasado ayuda a disfrutar el presente, es el lugar de los relatos. El futuro suele ser visto como mejor que el ayer por esa necesidad de nuestra especie de sentirnos progresando, de ser optimistas, y ayuda en las tareas más racionales, pero también cobija nuestros temores. Por ello, si los economistas quieren lograr que las buenas propuestas de políticas públicas sean aceptadas, deben buscar que resuelvan las angustias del futuro (tres de los cuatro principales problemas identificados por los chilenos apuntan a preocupaciones venideras), pero desde un relato que conecte con las emociones del pasado. Por ejemplo, el relato sobre buscar más crecimiento es más atractivo que el de buscar menos déficit fiscal. Y si se le coloca música al crecimiento, aún mejor

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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