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Guerras culturales

Probablemente no haya una época en el período de post guerra en que la politización de la sociedad haya alcanzado los niveles actuales en occidente. Desde Hollywood, pasando por el mundo deportivo, la música, el marketing de las empresas y su conformación hasta la literatura, todo se ha convertido en un espacio de disputa ideológica, intentando avanzar la agenda de poder de determinados grupos. El lenguaje es cada vez más agresivo y la reacción, todavía incipiente en muchos lados, más dura.

Como en otros momentos históricos, la infección de la sociedad con categorías conflictivas viene de sectores de la izquierda. En Estados Unidos este fenómeno se encuentra ampliamente acreditado y se debe, como ha explicado entre otros el profesor de sicología social de NYU Jonathan Haidt, a la avasalladora hegemonía que la izquierda ha logrado instalar en las universidades, donde ha llegado a controlar más de dos tercios de todos los puestos académicos, según datos de la Heterodox Academy.

Desde esa posición privilegiada la ‘radical left’, integrada por activistas que desprecian la verdad, ha penetrado las élites del país llevando a una irremediable fractura de la cual Donald Trump es apenas un síntoma. La corrección política que hoy campea en la forma de una nueva Inquisición que ha llegado también a Chile y América Latina, es fundamentalmente el producto de esa izquierda radical que ha purgado las humanidades, y buena parte de las ciencias sociales, de toda diversidad intelectual bajo la mascarada de la diversidad étnica, de género, sexual, etc. Cualquier resistencia a su proyecto orwelliano de creación de una nueva narrativa histórica y social, e incluso de un nuevo lenguaje, es destruida mediante la censura, e incluso por medios violentos, como les ha ocurrido también a varios profesores de izquierda moderada, entre los que se destaca Bret Weinstein (quien nada tiene que ver con Harvey Weinstein).

“La idea, para esta izquierda radical, es que EEUU y occidente son sociedades opresivas al servicio del hombre blanco heterosexual”

La idea, para esta izquierda radical, es que EEUU y occidente son sociedades opresivas al servicio del hombre blanco heterosexual y que un sinfín de minorías, particularmente los afroamericanos, continúan siendo permanentemente abusadas por el sistema que les sirve. La evidencia empírica ofrecida por académicos afroamericanos como Thomas Sowell o Roland Fryer, según la cual es la propia cultura de muchos subgrupos de afroamericanos —sumada a la pésima educación pública, la destrucción de la familia y los nefastos incentivos creados por el Estado benefactor— lo que los mantiene con índices tan malos de desempeño en diversas áreas, son simplemente descalificadas. Lo mismo ocurre con el mito de la brecha salarial entre hombres y mujeres, el que varios estudios, entre otros de la economista Claudia Goldin en Harvard, han demostrado que se reduce casi hasta el punto de desparecer cuando se mide correctamente.

Pero la evidencia no importa a estos activistas ni a muchos políticos que buscan salir elegidos enarbolando las banderas de la corrección política, algo que también se está viendo en nuestro país con los llamados a incorporar legalmente cuotas de género en los directorios de las empresas en circunstancias que la evidencia, como señala The Economist en un editorial de septiembre del año pasado, no es concluyente en afirmar que la productividad aumenta con mayor cantidad de mujeres en ellos. Así se nutren de a poco las guerras culturales bajo la supuesta corrección de injusticias sociales ‘estructurales’, al decir de la terminología neo marxista de moda. Si a ello sumamos las redes sociales, que han dinamitado la convivencia permitiendo que turbas sedientas de linchamiento dictaminen la agenda de medios también ideológicamente sesgados, nos encontramos en una nueva realidad en la cual todos los grupos que no tienen el fluido estatus de víctima son sospechosos de herejía y eventualmente merecedores de linchamiento.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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