Fukuyama y el dilema chino

Nadie duda ya de la enorme superioridad del capitalismo para generar riqueza y progreso, pero no podemos decir lo mismo sobre la superioridad de la democracia como régimen político. En su reciente visita a Chile, el cientista político Francis Fukuyama dejó entrever el desafío que supone el desarrollo de China para países como el nuestro… y para su propia teoría sobre el fin de la historia.

Francis Fukuyama es uno de los cientistas sociales más influyentes de nuestro tiempo. El martes, en el Patio de los Cañones de La Moneda, habló de los nuevos populismos, aquellos que recientemente han irrumpido con fuerza en los países democráticos desarrollados. Según Fukuyama, su trasfondo sería un proceso de globalización que genera desigualdades y también perdedores o, al menos, sectores importantes de la población que se sienten amenazados por el mismo. Sin embargo, el eje o motor más relevante de estos nuevos populismos no sería propiamente económico, sino que estaría relacionado con la problemática identitaria, directamente ligada al tema de la inmigración y el debilitamiento de las comunidades nacionales que tienden a fragmentarse en una multitud de submundos que entre sí poco tienen en común.

Este nuevo populismo conlleva también, según Fukuyama, un importante cambio sociológico, ya que se trataría de un “populismo de las clases medias”, es decir, de sectores que tradicionalmente fueron considerados como elementos estabilizadores de la democracia y que ahora se estarían transformado en fuentes de inestabilidad bajo el liderazgo de movimientos nacionalistas de una derecha radical. Este es, en lo fundamental, el tema del último libro de Fukuyama: Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment.

En su exposición, Fukuyama se refirió por supuesto a Donald Trump o a figuras destacadas del populismo nacionalista europeo como el presidente húngaro Viktor Orbán. Pero también Jair Bolsonaro salió a relucir, señalando una transformación del populismo que también estaría llegando a América Latina, cuna por excelencia de los populismos de “los de abajo”, tal como los movimientos acaudillados por Juan Perón o Hugo Chávez. En el fondo se trataría de una dura lucha entre dos versiones antagónicas de la democracia: la liberal, que propende al estado limitado y la división del poder, y la iliberal, que busca expandirlo sin límites y concentrarlo en torno a la figura de un líder redentor.

El mayor desafío a la democracia liberal proviene hoy de China, por su capacidad de combinar una férrea dictadura comunista, teóricamente meritocrática, con una pujante economía capitalista que en poco tiempo la ha convertido en la mayor economía del mundo.

En la conversación sostenida durante el almuerzo que a continuación le ofreció el Presidente Sebastián Piñera a su connotado visitante, China fue un punto destacado. El mayor desafío a la democracia liberal proviene hoy de ese país, con su capacidad de combinar una férrea dictadura comunista, teóricamente meritocrática, con una pujante economía capitalista que en poco tiempo ha convertido a China en la mayor economía del mundo (comparando su PIB en paridad de poder adquisitivo). El mismo Fukuyama reconoció, ya el 2014, la significación del desarrollo chino al escribir lo siguiente en su notable libro Political Order and Political Decay: “De las alternativas no democráticas, China representa el más serio desafío a la idea de que la democracia liberal constituye un modelo evolutivo universal”.

El desafío no es sólo a la democracia liberal, sino al corazón mismo de la tesis sobre el fin de la historia que hiciera mundialmente famoso a Fukuyama. Como se sabe, la célebre tesis del ensayo The End of History?, publicado en The National Interest a mediados de 1989, es que con la economía de mercado y la democracia liberal la humanidad habría alcanzado un horizonte conceptualmente insuperable acerca de las instituciones que fomentan su progreso. La expresión misma “fin de la historia” proviene del filósofo alemán Hegel y no postula algo tan banal como que dejen de ocurrir nuevos acontecimientos históricos, sino que en su evolución conceptual o ideal, el “Espíritu” (Geist), es decir, la razón hecha historia humana, ha desplegado todo su potencial y llegado al fin de su desarrollo.

En el planteamiento de Fukuyama sobre el fin de la historia había una conexión clave entre economía capitalista o de mercado y democracia liberal, que es justamente lo que el desarrollo chino está poniendo en duda. Para Fukuyama, así como para la gran mayoría de los observadores occidentales en su momento, el gran crecimiento económico generado por el desarrollo capitalista chino daría origen, tal como lo hizo en los países occidentales, al surgimiento de clases medias que impulsarían la implantación de un sistema democrático de corte liberal. Esta lectura etnocéntrica o eurocéntrica del desarrollo chino es la que hoy se ha hecho cada vez menos convincente al surgir grandes clases medias en China que no parecen reivindicar la instauración de la democracia. De esta manera, ha aparecido lo que autores como Stefan Halper de la Universidad de Cambridge han llamado “capitalismo iliberal” o “autoritarismo de mercado” (“market authoritarianism”).

Nadie duda ya de la enorme superioridad del capitalismo para generar riqueza y progreso, pero sí lo hacen sobre la superioridad de la democracia como régimen político.

En base a este nuevo horizonte abierto por China, un autor como Zhang Weiwei de la Universidad de Fudan postula, en su bestseller The China Wave: Rise of a Civilizational State (2012) y en directa polémica con la tesis del fin de la historia, que “el sistema democrático occidental podría sólo ser un fenómeno transitorio en la larga historia de la humanidad”.

Este es, ni más ni menos, el gran debate de nuestro tiempo: nadie duda ya de la enorme superioridad del capitalismo para generar riqueza y progreso, pero sobre lo que más y más personas parecen dudar es sobre la superioridad de la democracia como régimen político.

En todo caso, debemos celebrar la visita de Francis Fukuyama y la oportunidad que su presencia en Chile nos da para ventilar los grandes temas sobre el desarrollo contemporáneo, aquellos que tantas veces sucumben o simplemente son ignorados en nuestro debate habitualmente tan provinciano y cortoplacista.

.

.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: