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Fidel Castro, ¿por la dignidad y la justicia social?

Ha muerto Fidel Castro, el revolucionario que llamaba a morir por él. Sus primeros problemas de salud comenzaron en 1983, los que se replicarían en 1992. A mediados de 2006 la enfermedad hizo que, luego de más de 40 años gobernando, tuviera que ceder el poder a su hermano Raúl. Como buen estratega, se preocupó de que la población cubana no se enterara de su parte más humana, su frágil salud, pues esto implicaba demostrar que era una persona de carne y hueso, como cualquiera de nosotros.
 
Los dictadores no buscan ser personas comunes, buscan ser vistos como seres trascendentes, iluminados y salvadores. En el lecho de su muerte esperan convertirse en mártires. Pareciera que en cierto modo Fidel Castro lo logró. A pocos días de su muerte hemos visto un sinnúmero de líderes mundiales, entre los que se encuentra la Presidenta Michelle Bachelet, que sin hacer ni una sola crítica a los atropellos y violaciones a los DD. HH. cometidos bajo el régimen castrista, lo han mitificado.
 
El recién fallecido Juan Reinaldo Sanchez, ex guardaespaldas personal del líder cubano, escribió en su libro ‘La vida oculta de Fidel Castro’ un párrafo muy descriptivo al respecto: ‘Me han preguntado… si Fidel Castro significaba para mí un padre sustituto. Todas las veces respondía que no: ¡Significaba mucho más! Para mí era un dios. Bebía sus palabras, creía cuanto decía, (…) habría querido morir por él. Creía a pies juntillas en los nobles ideales de la revolución cubana y podía recitar sin hacerme demasiadas preguntas todo el catecismo antiimperialista de la época. Abrí los ojos mucho más tarde’.
“La verdad es que Fidel Castro vivió como rey. Esclavizó a su gente, asesinó en nombre de la igualdad y transgredió los derechos más fundamentales de las personas.”
 
La verdad es que Fidel Castro vivió como rey. Esclavizó a su gente, asesinó en nombre de la igualdad y transgredió los derechos más fundamentales de las personas. En otras palabras, aplicó al pie de la letra lo que Lenin decía: ‘Indudablemente, no hay nada más autoritario que una revolución. La revolución es un acto durante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra mediante los fusiles, las bayonetas, los cañones, esto es, mediante elementos extraordinariamente autoritarios.’
 
¿El resultado? La igualdad en la miseria. Exceptuando, obviamente, la vida de lujos y privilegios de quienes ostentan el poder. El ex guardaespaldas personal de Castro, que no puede ser acusado de ser un agente del imperialismo estadounidense, es muy preciso en describir esta realidad: ‘Fidel Castro reina como un monarca absoluto sobre la isla de once millones de habitantes. En Cuba, es la única persona que puede disponer de todo, apropiárselo, venderlo o darlo. Solo él puede autorizar, de un plumazo, la creación (o el cierre) de una empresa del Estado, en la isla o en el extranjero’.
 
¿En qué habrá estado pensando la Presidenta Michelle Bachelet cuando catalogó a Fidel Castro como un líder ‘por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina’? Este sesgo hacia la izquierda comunista no le permite ver que nuestra dignidad pasa porque se respete la propiedad que tenemos sobre nosotros mismos y, por ende, podamos disponer del fruto de nuestro trabajo. Es decir, el Estado no puede esclavizarnos en nombre del ‘intereses colectivos’. También significa que tenemos el derecho a expresarnos libremente, sin ser oprimidos por un gobierno que estatiza los medios de comunicación y tortura a sus adversarios políticos.
 
Esta hipócrita complicidad de la Presidenta y de todos aquellos líderes que hacen vista gorda a la realidad cubana es lo que ha permitido otórgales un poder ilimitado a diversos dictadores. Lo paradójico es que la Presidenta simpatice con un régimen dictatorial luego de que ella misma viviera las penurias de una dictadura de derecha.
 
Por lo mismo, nuestro deber moral como personas responsables de nuestras acciones es defender los principios fundamentales de una sociedad libre, desmitificar a líderes que dicen ser portadores de la verdad y dudar de todas aquellas personas que propongan el uso de la violencia como solución a nuestros problemas sociales. Solo así podremos construir el progreso social, político y económico que tanto anhelamos.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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