Experimentos con niños

Es difícil de creer lo que pasó con el Instituto Nacional, Carmela Carvajal y la selección. De un día para otro, estar a favor de su existencia significó ignorar que la familia y la casa en que uno nace influyen en la vida; significó creer que en Chile todos tenemos las mismas oportunidades; significó, obvio, ser una mala persona. La lógica barata de moda.

En un sistema educacional público malo, como el nuestro y la mayoría de los del mundo, la única manera de enseñar latín, griego y ecuaciones diferenciales, como ocurre en algunos colegios particulares pagados, es haciendo liceos de excelencia. Esto no implica abandonar a la educación pública —ni quitarle recursos ni nada crucial (el «descreme» no se sostiene en la evidencia, y es más probable que sea al revés)—, sino que significa concentrar unos esfuerzos en algunos pocos: los mejores en artes, música, historia, matemáticas y castellano. Esto independiente de si lo son por mérito, por talento, por su casa o por sicomagia. La otra solución es esperar por siglos hasta que toda la educación pública sea excelente. Por mientras, miles de niños se educarán con matinales o con alcaldesas decadentes que se regalan murales de sí mismas y que pueden llegar a liderar reformas educacionales.

Yo era parte de la primera generación que iba a dar la prueba SIES para entrar a la educación superior. De repente, rectores y políticos se dieron cuenta de que era un experimento delirante, que no estaba listo —como el Transantiago— y lo cancelaron. Di entonces la PAA, entré a una carrera selectiva, y al otro año llegó la PSU. No me explayaré sobre las diferencias de mi generación con la que me siguió. Sólo me remitiré a estudios: comparada con la PAA, la PSU benefició, y sigue beneficiando, a los alumnos de colegios particulares pagados. El último informe Pearson explicita que es una prueba mal hecha y vergonzosa considerando sus objetivos. ¿Y los políticos y rectores hacen algo? Nada, ahí sigue, y es un gran negocio para la Universidad de Chile: la universidad pública, gratuita y de calidad. La universidad bien intencionada.

El Instituto Nacional sufrió una fuga de alumnos durante los últimos años. No fue por la ley de inclusión, sino que por otra política: un ranking de notas que no era un ranking de notas. Así de delirante: una pelota cuadrada. Hecha, obviamente, en nombre de la bondad, y obcecadamente liderada por alguien que se jactaba de ser diácono (ya dejó de notarlo en sus columnas).

Habría que esperar entonces mientras la PSU, el ranking de notas y la extinción de los liceos de excelencia pongan la generación de la élite universitaria exclusivamente en manos de los colegios particulares pagados. Qué les va a importar a los políticos, si ahí mandan a sus hijos. Les conviene. Sus experimentos no los afectan. Así con las buenas personas y la buena onda. Revolución ondera.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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