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¿Está Europa en jaque?

Para los que nacimos en los 90, el espíritu del muro de Berlín se ha transformado en un cuento de niños, del que sabemos solo por películas y libros. Aislados de la realidad de millones de personas de la generación pasada, vivimos solo en las cicatrices de dicha época. Hoy comienzan a abrirse nuestras propias heridas: enfrentamos un “populismo conservador”, que se ha expandido colgado de los vicios y problemas de aquella promesa de prosperidad, para algunos, incumplida.

Hace casi 30 años cayó la cortina de hierro que, por décadas, dividió al mundo: el muro de Berlín. La moraleja de ese hito, forjada con la sangre de las víctimas de guerras, dictaduras y conflictos, fue crucial para guiar a la Unión Europea (UE), que probó un modelo inédito en la historia: la apertura de fronteras, la moneda unitaria, un parlamento general y consenso en políticas comunes. No obstante, Europa podría estar en jaque. Pareciera tambalearse la promesa de unidad y estabilidad de la UE para sus miembros, y esa “nueva esperanza” que la humanidad aguardaba tras el fin de la Guerra Fría.

La tensión entre naciones y la dispersión del poder es un fenómeno presente quizá desde la misma creación del bloque. Hoy, la UE se enfrenta a un escenario donde la fragmentación, tanto política como nacional, se ha convertido en una amenaza. El euroescepticismo va ganando popularidad, movido por la crítica hacia la presión que ejercen unos países sobre otros y el descontento por ciertas medidas fiscales. El Reino Unido, con el Brexit, es el caso más claro de esa tensión. Pero además, en Francia se habló de Frexit el 2017, en Grecia del “Grexit” y en Italia, hubo una disputa reñida con UE que tuvo un desenlace similar.

Por otro lado, la UE enfrenta amenazas económicas derivadas de las relaciones pedregosas con el Reino Unido y Estados Unidos, cuyo comportamiento se ha vuelto impredecible, con medidas como el aumento de tarifas. A lo anterior, se suma el aumento de influencia de China en la región y el resurgimiento estratégico de países que hoy no forman parte del bloque, como Rusia, que además de aumentar sus lazos con naciones orientales, es un importante actor en conflictos en Medio Oriente y proveedor de gas natural para la UE.

Fenómenos externos como la migración, los refugiados o el intervencionismo en países externos, han tenido altos costos políticos para las coaliciones del poder más moderadas que han sido ofuscadas por movimientos más “polarizados”, ya sea a la izquierda o a la derecha. La región está experimentando un proceso de polarización, que se ha reflejado en las urnas y, pareciera reforzar la dura tesis del crítico Douglas Murray: “Europa se está suicidando” y los gobernantes tienen la culpa. En esa línea, el retiro programado de Angela Merkel, noticia conocida hace pocas semanas, no es casualidad. Es la respuesta a la pérdida de apoyo a su partido, la CDU, al que la canciller representa desde 2005, y al creciente descontento social sin respuesta.

Como si todo lo anterior no bastara, hay una peligrosa sensación de inseguridad. Esto por el aumento de atentados terroristas (los de tipo yihadista han crecido en más de 50% al año) y el reclutamiento de europeos, descendientes musulmanes o no. La presencia de estos grupos radicales en Europa se ha convertido en un foco de debate y reacciones, no solo para los gobernantes, sino para las mismas comunidades musulmanas que abogan por una integración pacífica a la sociedad y grupos locales, algunos violentos.

En suma, para los que nacimos en los 90, el espíritu del muro de Berlín se ha transformado en un cuento de niños, del que sabemos solo por películas y libros. Aislados de la realidad de millones de personas de la generación pasada, vivimos solo en las cicatrices de dicha época. Hoy comienzan a abrirse nuestras propias heridas: enfrentamos un “populismo conservador”, que se ha expandido colgado de los vicios y problemas de aquella promesa de prosperidad, para algunos, incumplida. Sumado a amenazas de violencia en nombre de la religión, el origen o el sistema político o nuevos centros de poder geopolítico. Quizá, adelantar ese diagnóstico y tomar cuenta de las moralejas del pasado, permitirán a esta generación, o a los que hoy están en el poder, enfrentar el tablero que viene.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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