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Errejón se equivoca

El español, dirigente de Podemos y referente de la izquierda iberoamericana, Íñigo Errejón, estuvo en Chile invitado por Revolución Democrática. Dio una conferencia en la USACH donde hizo un análisis de la actualidad internacional, problematizó sobre el socialismo y habló sobre el nacimiento de los populismos de derecha en Occidente. En este último punto, su tesis fue que estos movimientos serían consecuencia del “neoliberalismo”, quitando toda responsabilidad al progresismo en su génesis.

Para Errejón el sistema fomentaría la soledad y la inseguridad. Lo primero lo atribuye al consumo y lo segundo a la reducción del Estado. Según su lógica, esto sería el caldo de cultivo perfecto para “quienes buscan confrontar a los últimos con los penúltimos” frente a contingencias como una crisis económica, escándalos de corrupción, inmigración o desempleo. Usa al neoliberalismo como un “significante vacío”, pues no lo define y lo culpa de todos los males de la posmodernidad. Es su chivo expiatorio.

Asume que ese sistema imperaría en países tan distintos económicamente como lo son España, Brasil o Chile,  el primero con un Estado de bienestar a la europea, el segundo con un Estado de bienestar en ciernes y el tercero con uno subsidiario. Esa comparación no resiste análisis. Además, Errejón evadió la responsabilidad del progresismo en la generación del problema. Intenta dar una respuesta sistémica porque es indemostrable y coherente con su matriz ideológica, pero no necesariamente se corresponde con la realidad.

“¿Por qué estos grupos se movilizan hoy y no antes?  Porque se sienten atacados.”

Existe una respuesta más simple. Los populismos de derecha se han sostenido en fuertes bases de militantes, tanto en las redes sociales como en las calles. Han acudido ahí cristianos practicantes, libertarios descontentos, nacionalistas de distinto tipo y sectores populares. También han sido particularmente exitosos en las zonas rurales. ¿Por qué estos grupos se movilizan hoy y no antes?  Porque se sienten atacados.

En los últimos diez años el establishment ha construido consensos culturales impulsados por la agenda progresista. Aquí encontramos todas las temáticas relativas a sexualidad, matrimonio, aborto, eutanasia, drogas, etc. Quienes hoy se movilizan son justamente quienes fueron excluidos de esos acuerdos. Literalmente excluidos. El populismo de derecha está capitalizando el descontento de quienes han sido atacados, humillados y apuntados con el dedo por pensar distinto. Ahí se encuentran quienes han sido acusados de “homofóbicos”, “fascistas”, “fanáticos” o “desclasados”. El progresismo se preocupó de aislarlos mediante funas para que parecieran bichos raros. Así comenzaron su radicalización. Dejaron de ser votantes medios de los partidos conservadores y se pusieron a su derecha. De la radicalización pasaron a la organización y luego al juego electoral. Existiendo una masa crítica movilizada, siempre habrá alguien interesado en ponerse delante del desfile. Aquí está la estructura que sostiene a estos movimientos.

Teniendo todo eso sobre la mesa, bastaba con un liderazgo carismático capaz de aprovechar la contingencia y así llegar a la gente común. Necesitaban un momento y éste llegó en Alemania, Austria, Italia, Hungría, Polonia, Holanda, Francia, Finlandia, Chile y Estados Unidos. No hablamos de un país en concreto, sino de una tendencia que engloba a gran parte de occidente.

“Las fuerzas democráticas deben hacer frente a esta realidad de forma responsable. Muchas veces la intención de combate solo agudiza el problema, pues polariza y termina por romper la sana convivencia.”

Para encontrar una solución al problema es necesario diagnosticar sus causas. El peor error del progresismo ha sido denostar a los seguidores de los populismos de derecha, eso solo los mantiene movilizados y valida aún más su relato. Les recuerda la exclusión de la que fueron objeto.

Es también culpa de la derecha tradicional. Su incapacidad por canalizar abierta, democrática e inteligentemente estos movimientos terminó por abrir un flanco a su derecha. Terminaron siendo demasiado parecidos a sus adversarios y eso se convirtió en una cuenta por pagar.

Las fuerzas democráticas deben hacer frente a esta realidad de forma responsable. Muchas veces la intención de combate solo agudiza el problema, pues polariza y termina por romper la sana convivencia. El desafío es para toda la clase política, pero fundamentalmente para el progresismo. Las formas que han usado para imponer consensos han terminado por romperlos, haciendo peligrar todo lo avanzado en las democracias occidentales.

Errejón se equivoca. Si la izquierda sigue rehusando de su responsabilidad y señalando a sus adversarios como los causantes de la crisis, la situación solo puede empeorar. El camino correcto no es excluir a estos movimientos, sino en incluirlos dentro del sistema y sus instituciones. Los problemas de la democracia se curan con más democracia.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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