El vacío

Giovanni Sartori decía que se
tiende a olvidar que la democracia es un sistema de gobierno y que cuando se
descuida aquello, se la empeora e incluso se pone en peligro su funcionamiento.
Lo planteado por el pensador italiano se enmarcaba en su cuestionamiento a lo
que denominaba negativismo simplista, propio de generaciones que conciben
la crítica a todo como un fin en sí y que, además, presumen tener respuestas únicas,
sencillas y claras para cada asunto. Sartori decía que la mezcla entre ese
negativismo y el infantilismo de las fórmulas mágicas podría poner en serio
riesgo el orden político democrático.

Los acontecimientos que en los últimos días hemos podido apreciar en Chile conllevan una multiplicidad de expresiones, entre las cuales también se encuentra una especie de desdén normativo que menosprecia todo lo existente, incluso en términos institucionales, como si aquello fuera del todo inútil o inmoral. Incluso legisladores y alcaldes electos bajo las normas vigentes parecen haber dejado de creer en ellas de un día para otro, ahí está el alcalde Jorge Sharp llamando abiertamente a no respetar la constitución.

“De la frase las instituciones funcionan parece que pasamos a las instituciones no importan. “

De la frase las instituciones
funcionan
parece que pasamos a las instituciones no importan. El
necesario justo medio, tan necesario desde un punto de vista político, no se
asoma ni por si acaso en medio de la fogata donde se aglomeran muchos que
parecen soñar con quemarlo todo. Y esto no se trata de que hacer prevalecer un
criterio de razonabilidad se convierta en un mecanismo de defensa del status
quo
, que siempre puede ser reformado, sino que se trata de que sea el dique
para evitar el reino de la arbitrariedad, tan visible en la violencia sustraída
a toda norma de los encapuchados.

En paralelo, los mismos que desdeñan de todo lo existente parecen tener el secreto para resolver de sopetón las pensiones, la salud, los sueldos, todo lo que nos aqueja. La panacea de un futuro mejor, ambiguamente dilucidado en función del rechazo al presente y en función de los deseos, permite que la respuesta constituyente tome fuerza dentro de ese afán de transformación. Pero hasta el momento eso ha sido pura expresión de voluntarismo que se expresa en un enigmático: lo que la gente quiera.

Es claro que muchos quieren
propiciar un proceso social y político que esté fuera de todo marco, sin
considerar lo que ello podría implicar en términos estrictos para la democracia.
Es como si frente a un abismo que se quiere cruzar, algunos quisieran hacerlo
precipitadamente y a como dé lugar sin tener nada a lo cual aferrarse y sin
importarles cuántos caen de pasada en su intento. Quizás estos personajes
presumen que sus propios marcos de referencia, su propia presumida alta moral,
son suficientes para que todo tenga una cauce prácticamente idílico. Pero eso
es obviar el rol esencial que cumplen los marcos institucionales en los
procesos de cambio en una sociedad y sobre todo en su desarrollo. El modo en
que evolucionan las instituciones es un reflejo, como decía el Nobel de
Economía Douglass North, «del sistema de creencias que ponen en práctica los
jugadores»[1].
Pero ¿qué sistema de creencias prescinde de las instituciones de forma tan
baladí?

Es claro que una parte de la izquierda quiere conformar su idea de un poder constituyente mediante dos procesos simultáneos que parecen disímiles, pero que esconden una misma pretensión: subvertir todo orden y criterio para hacer imperar un poder popular sin límite alguno. Esto, en términos estrictos se traduce en liberar de toda traba, escrúpulo y criterio todas las fuerzas posibles, lo que a la larga solo da paso a la violencia como criterio de dominio. Obviamente, ninguna sociedad se sostiene bajo esos criterios ni puede establecer criterios de lo justo. Lo que obviamente espera esa parte de la izquierda que busca desatar el caos, es poder canalizar tales fuerzas bajo su dominio, primero bajo la suposición de comprender y representar los orígenes de este, apelando a la rabia acumulada; y luego bajo la excusa de ser ellos y no otros, en tanto verdaderos representantes de esa indefinida masa que demanda cambios, los únicos capaces de gobernar y calmarla.

En el fondo, lo que se busca es
generar un vacío de poder absoluto, bajo la presunción de que ellos lo pueden
llenar de mejor forma. En ese afán buscan deshacerse de cualquier marco
institucional adverso. Entonces, ya no es el problema solo el gobierno, sino el
sistema completo. Como ironía, el trazado es similar al que la izquierda,
convenientemente desmemoriada en muchos casos, intentaba generar desde mediados
de los años sesenta en Chile. No hay que olvidar que en esa época, una parte
importante de ella desdeñaba del orden democrático e institucional pues lo
consideraban, al igual que ahora, un orden en todo sentido injusto, que había
fallado, que solo servía a los ricos y por tanto que no admitía reformas sino
el ser desmantelado completamente. En ese afán fueron sistemáticamente
intentando horadar las bases institucionales de la democracia de la época, por
dos vías, la insurreccional y la de los resquicios legales. Con ello
contribuyeron a llevar a la democracia chilena directamente al matadero, tal
como lo advirtió Radomiro Tomic en 1973. Y todos sabemos cómo terminó ese
maximalismo destructivo.

Hoy, en un afán similar al descrito anteriormente, varios parecen dispuestos a llevar a la democracia a las máximas tensiones contraponiendo marcos extrainstitucionales como forma de resolver las discrepancias. Bajo una idea distorsionada de lo que es la Política, comienzan a abrir paso a la anti política, que es la que dio sustento a todo los sistemas totalitario en el siglo XX. Ahí está la arbitrariedad de los nazis y bolcheviques contra todo aquel que se interpusiera en sus afanes.

“Olvidan que la certeza jurídica es un elemento esencial para garantizar el desarrollo de los países, la prosperidad de todos los ciudadanos y para conformar instituciones adecuadas cuando se hace necesario.”

El espíritu antipolítico se ve reflejado en el desdén y baja disposición, de parte de diversos actores, a abrir canales institucionales para resolver la crisis política e impulsar reformas profundas en la sociedad. El problema de esto es que los límites de lo admisible se tornan cada vez más difusos para diversos actores que asumen que su arbitrariedad es expresión de un supuesto consenso. Entonces, bajo esa dinámica se puede pasar fácilmente de la barricada al linchamiento, al enfrentamiento, a las detenciones arbitrarias, y así sucesivamente. Olvidan que la certeza jurídica es un elemento esencial para garantizar el desarrollo de los países, la prosperidad de todos los ciudadanos y para conformar instituciones adecuadas cuando se hace necesario. En ese sentido «Las consecuencias de esta inestabilidad política sin precedentes para los incentivos y las instituciones económicas deberían ser evidentes»[2] pues en entorno inestables, no solo no hay certezas jurídicas ni derechos de propiedad bien resguardados que permitan establecer instituciones más justas, sino que se termina por generar instituciones aún más extractivas, pues diferentes grupos simplemente se dedican a luchan por beneficiarse de esa lógica del saqueo en torno a un sistema de reglas debilitado.

“Del únete al baile podríamos estar pasando al únete al baile, obligatoriamente.”

Lo triste de lo anterior, es que en nombre de la democracia se comienzan a derrumbar sus fundamentos más esenciales, que son de índole simbólica y ética. La argumentación pierde sentido frente a la primacía de las pasiones y la emocionalidad más radical que se impone a punta de gritos. La legítima diferencia de opiniones o perspectivas es reemplazada por la imposición y el desprecio contra los disidentes. Entonces, la noción de lo que es democrático se subvierte tras nociones más propias del tribalismo donde el libre examen y la autonomía de los individuos es puesta en dudas por la multitud. Muchos dirán que se exagera al colocar atención a estos fenómenos, pero en función de este tipo de acciones, las sociedades pueden entrar no solo en un espiral del silencio sino también en dinámicas totalitarias. Del únete al baile podríamos estar pasando al únete al baile, obligatoriamente.

¿Qué tipo de debate político se puede generar a partir de la predominancia de ese tipo de espíritus? ¿Qué clase de pluralismo, tolerancia y diálogo se puede garantizar en torno a un debate constitucional, si incluso en espacios como las redes sociales no existe el más mínimo criterio democrático ni el más mínimo sentido institucional?

Algunos no están entendiendo es que la Política no puede fundarse en la moral de la pandilla[3]. Los vándalos que impulsan la violencia como mecanismo de acción política, se alimentan de eso y ganan terreno derrotando a la Política en todo sentido. Ningún cambio es viable en ese terreno donde se prescinde de las instituciones, sobre todo políticas, pues estas «reducen la incertidumbre creando una estructura estable de cambio». [4]

Resulta paradójico que algunos, al mismo tiempo que validan la violencia como expresión política, olvidan el modo en que se siembran los caminos hacia la tiranía. Porque la turba liberada de todo criterio, muy bien expresado en el linchamiento, no da paso al imperio de la Justicia sino de la arbitrariedad. La Justicia es un sistema de reglas, no es posible conformarla en medio del atropello. Y de eso no sale nada bueno sino que nacen los tiranos de cualquier color. Muchos azuzan esos vientos de forma ingenua o abiertamente irresponsable bajo la presunción de que así harán crecer la democracia. Pues no, así están derrumbando sus cimientos más esenciales, que no radican en un papel escrito ni en un sistema electivo, sino en la forma que los individuos conciben el debate público.

Es en este contexto donde se hace aún más relevante el tema de las ideas y principios que se promueven. Porque como decía Epicteto: «lo que perturba y alarma al hombre no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas». Porque las ideas que prevalezcan, en cuanto a las actuales exigencias, determinarán el carácter de los nuevos incentivos y oportunidades, y con ello, si el cambio institucional será gradual, pacífico, sin altos costos y por tanto beneficioso para todos en corto y largo plazo. La disputa concreta y real es en torno a quienes o qué principios construyen una sociedad justa en serio. Para eso, es necesario no sólo promover normas formales en cuanto a la democracia y el estado de derecho, sino el promover fuertemente principios y limitaciones democráticas, que contribuyan a la promoción de una sociedad democrática, pluralista, justa y abierta. Pero eso no se conforma en el aire sino que depende de los principios que cada uno profesa en cada espacio. Los demócratas en serio deberían recordar que «cuando las ideas son descuidadas por los que debieran preocuparse de ellas —es decir, por lo que han sido educados para pensar críticamente sobre ideas—, éstas adquieren a veces un carácter incontrolado y un poder irresistible sobre multitudes de seres humanos que pueden hacerse demasiado violentos para ser afectados por la crítica de la razón».[5]

El
problema es que lo que muchos presumen como una subversión contra “el modelo” o
el orden constitucional vigente, en realidad toma los ribetes de una rebelión
contra la Política en sí, esa con mayúsculas. Eso no instaura la justicia, ni
verdaderas democracias, ni entrega más poder al pueblo. Más bien lo disuelve y
lo somete al reino de la arbitrariedad fuera de todo marco que
efectivamente disuelve al pueblo. Ese es el terreno fértil para los caudillos,
los populistas y los déspotas. En estos tiempos, muchos parecen no ver el
riesgo de pasar de una supuesta
docilidad servil a la desarreglada licencia que, como diría Andrés Bello[6],
se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros
instintos del corazón humano.


[1] North,
Douglass C. (2000). La Evolución Histórica De Las Formas De Gobierno. Revista
De Economía Institucional
 2 (2), 133-48. https://revistas.uexternado.edu.co/index.php/ecoins/article/view/300.

[2] Acemoglu, A. y Robinson, James A. (2012). Por
qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza
.
Deusto. 47.

[3] Camus, A. (1953). El Hombre Rebelde, Editorial
Losada. Argentina.

[4] North,
Douglass C. (2000). Instituciones, cambio institucional y desempeño
económico
. Fondo de Cultura Económica. México. 71. 

[5] Isaiah, B. (2005). Dos conceptos de
libertad y otros escritos
. Alianza Editorial. Madrid.

[6] Bello, A. (1843). Discurso pronunciado en
la instalación de la Universidad de Chile
. El Araucano. Disponible en: http://www.uchile.cl/portal/presentacion/historia/4682/discurso-inaugural

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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