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El triunfo de la derecha perdida

Piñera ha ganado la Presidencia y Chile se ha salvado, por ahora, de profundizar el derrotero populista iniciado por Bachelet y que tanto desastre ha causado en América Latina. El triunfo ha llenado a muchos de nosotros de optimismo y alegría, pero no debe hacernos perder de vista el panorama relevante: es precisamente porque estuvimos al borde de enviar al país al abismo que los que votamos por Piñera estamos tan aliviados.

“Piñera será Presidente, pero la cancha en la que está jugando es la que dejó Bachelet.”

La derecha, una vez más, evitó el mal mayor. Si bien ganó electoralmente en esta ocasión, cuestión que no es menor, cabe preguntarse si acaso es realmente la ganadora desde el punto de vista político. Si por política entendemos una visión filosófica y con sentido acerca de hacia dónde debe transitar un país completo anclada a una idea acerca de lo justo que trasciende al grupo que ejerce el poder, la respuesta tiende a ser negativa. La Nueva Mayoría deja un país en el que no solo logró instalar sus dañinas reformas, sino, peor aun, sus categorías de análisis.

Piñera será Presidente, pero la cancha en la que está jugando es la que dejó Bachelet. Como dijo Eugenio Tironi: “Piñera ganó con un discurso que no toca con el pétalo de una rosa las reformas de Bachelet”. En esa cancha gobernará, por cierto, de manera inteligente, sin quebrar al país y respetando mucho más que la izquierda la autonomía individual. Ello es motivo de celebración. De ahí al real triunfo de un proyecto político liberal que ve la dignidad de las personas en la capacidad de pararse sobre sus propios pies, que busca disminuir el rol del Estado en general y que reconoce la propiedad privada como el derecho sobre el que descansa el orden civilizado, hay una gran distancia.

Una socialdemocracia moderada como la de Piñera, constreñida por el discurso estatista predominante, es una gran noticia comparada con la alternativa, pero sus ideas no necesariamente ofrecen estabilidad de largo plazo. Para entender lo anterior hay que leer el libro “La derecha perdida”, de la historiadora Valentina Verbal y publicado hace poco por Libertad y Desarrollo. En él, Verbal advierte que la derecha se ha acostumbrado a ceder terreno y espacio al discurso del adversario porque cree que con sus propias ideas no logra ganar. -Véase el caso grotesco de la gratuidad universitaria-. Recuerda que existe una identidad liberal histórica en la derecha a la que sus representantes actuales no deberían renunciar si quieren encontrar un relato viable para el futuro y nos alerta sobre el nacionalismo estatista que postula un sector de la intelectualidad de la derecha sobre la base de un diagnóstico del mercado similar al de la izquierda.

“Lo peor que podemos hacer es confiarnos de que el peligro ya pasó y que no queda muchísimo trabajo por delante. Si nos damos por ganadores hoy y nos relajamos, estaremos nuevamente en cuatro años más rezando por evitar el desastre y, en esa oportunidad, tal vez sí terminemos totalmente perdidos.”

El libro de Verbal está acuciosamente documentado y logra aplicar las lecciones de la historia a nuestra realidad actual, donde el avance del estatismo parece inevitable gobierne quien gobierne, porque la izquierda corre una y otra vez los límites de lo posible hacia su lado. Se trata, en otras palabras, de un texto fundamental para entender por qué nada está asegurado, especialmente frente al auge de una izquierda aún más ideologizada y polarizada como es el Frente Amplio. En esa línea, Verbal nos invita a disputar a esa izquierda -y a la derecha que sintoniza con ella- sus premisas de justicia más fundamentales. Nos recuerda que conceptos como el de libertad son imprescindibles para ganar el debate y que esta no pasa por acceso a bienes materiales -que no niega-, sino por la posibilidad de responder por la propia existencia y actuar persiguiendo sus propios fines libre de la coacción de terceros.

Ese relato hoy no es predominante, pero el triunfo de Piñera hará posible avanzar en su consolidación a nivel intelectual y cultural para conseguir que su sucesor no sea un miembro radicalizado del Frente Amplio o de la Nueva Mayoría -después de todo fue Piñera el que pasó la banda a Bachelet-, sino una persona que, gracias al trabajo previo, logre correr los límites de lo posible esta vez hacia el otro lado.

En síntesis, lo peor que podemos hacer es confiarnos de que el peligro ya pasó y que no queda muchísimo trabajo por delante. Si nos damos por ganadores hoy y nos relajamos, estaremos nuevamente en cuatro años más rezando por evitar el desastre y, en esa oportunidad, tal vez sí terminemos totalmente perdidos.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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