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El plagio democrático

El escándalo que envuelve al Congreso por los plagios relacionados a asesorías parlamentarias, esconde un trasfondo más preocupante para la fe pública. En primer lugar, está el claro despilfarro de dineros destinados a informes legislativos. ¿Quién vela por el buen uso de esos recursos que aportamos a través de tributos? Nadie al parecer. Total, la plata no la ponen los honorables.
“tenemos parlamentarios proponiendo normativas lisa y llanamente ridículas o absurdas.”
 
En segundo lugar, el escándalo denota el problema endémico que sufre nuestra democracia: inflación legislativa. Nuestros representantes en el Congreso creen, erróneamente, que su función es hacer leyes de forma compulsiva. Mientras más leyes, mejor piensan ellos. Por eso, frecuentemente se vanaglorian de promover muchos proyectos de ley, como si eso fuera de por sí bueno. Por eso tenemos parlamentarios proponiendo normativas lisa y llanamente ridículas o absurdas.
 
Pero además, el afán de hacer leyes compulsivamente conlleva otro problema. Los legisladores no saben qué discuten ni reflexionan acerca de lo que legislan. Incluso varios, como Ossandón o Guillier, han llegado a decir sin sonrojarse, que votan las leyes sin saber de qué tratan. Y es que al final del día, para ellos lo importante no es hacer buenas leyes.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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