El fracaso del éxito

Desde hace un buen tiempo a esta parte, la discusión pública en Chile se ha convertido en un show deprimente. Académicos que no leen libros antes de desacreditarlos por televisión, políticos que caen en cualquier eslogan populista con tal de hacer noticia, periodistas que, cual justicieros populares, denuncian el sistema económico sin tener idea de lo que critican, programas de “debate” que no tienen diferencia alguna con el “todo vale” callejero, etcétera.
 
Ante este escenario, que de seguro se agudizará el 2017, vale la pena hacer una reflexión que escape a la frivolidad moralista del momento que vivimos. El fracaso parece ser un tema pertinente en una sociedad obsesionada con los frutos del éxito ajeno. En nuestra cultura, fracasar es tal vez lo peor que puede pasar a una persona. El estigma social de “fracasado”, que muchos de nuestros compatriotas se demoran un segundo en aplicar y explotar sin disimular siquiera el placer que les provoca la desgracia ajena, es casi una sentencia de muerte social. Dado que, en el país del chaqueteo, casi todo el mundo está buscando permanentemente razones para desacreditar a otro de modo de afirmar la propia estima, entonces el miedo se convierte en el principio de acción, o, más bien, de inacción de la vida social. Para no fracasar muchos simplemente prefieren seguir el camino que los demás, desde sus propias inseguridades e impulsos egóticos, les han prefigurado. El problema es que el miedo, ya lo decía Erasmo de Rotterdam, aleja de la experiencia y además es, según explicó Maslow, incompatible con la personalidad creadora. El miedo y la alegría vital y la confianza en uno mismo son excluyentes.
 
En una cultura en que el miedo abunda, ¿se puede esperar otra cosa que amargura y desconfianza, además de récords en materia de estrés y de enfermedades mentales? ¿Acaso hay algo más demoledor para el espíritu y el bienestar psíquico que renunciar a la propia vitalidad para ser homogeneizado o “normalizado” por ese impulso colectivista que Erich Fromm llamó “conformidad de rebaño”? ¿Qué libertad interior existe realmente en un país donde, incluso según informes del PNUD, pocos se atreven a decir lo que piensan por temor a generar un conflicto con otro optando casi invariablemente por una interacción superficial que hace imposible cualquier conexión genuina? ¿Cómo tantas personas no van a vivir frustradas si creen que la felicidad definitiva se encuentra en la necesidad permanente de confirmar el ego frente al resto mediante mayor estatus y riqueza? ¿No se nutren, acaso, las inviables promesas socialistas de aumentar el acceso a bienes económicos del mismo materialismo hedonista que denuncian en los frívolos ricos que produce el capitalismo aun cuando su ética, como mostró Weber, promueve todo lo contrario? ¿Por qué nos parece raro que una cultura que no valora la singularidad, que es el fundamento de la libertad de ser y única fuente de auténtica diversidad, tantas personas envidien a los “ricos” y al mismo tiempo quieran ser uno de ellos sin entender que buscan alivio existencial exactamente en aquello que, por definición, no puede proveerlo?
“una economía libre no basta para tener una genuina cultura de la libertad donde nuestra estima no dependa de chaquetear a los que destacan ni de despreciar a los que no se logran distinguir.”
Por su puesto no se trata de cambiar el sistema como muchos creen. A fin de cuentas, una economía libre es la que más espacios ofrece para el florecimiento personal y evidentemente el bienestar material es valioso. Pero una economía libre no basta para tener una genuina cultura de la libertad donde nuestra estima no dependa de chaquetear a los que destacan ni de despreciar a los que no se logran distinguir. Para lograrla, el cambio debe comenzar por cada uno, por su actitud frente a la vida propia y la ajena y por su disposición a ser más que a parecer. Porque se puede ser rico en bienes materiales y admiración y muy amargado o modesto y muy feliz, pero difícilmente se puede tener paz mental viviendo una impostura motivada por el mero deseo de sentirse más que otros.
 
Los “fracasados” -al menos los buenos fracasados- son personas que, aun cuando no hayan cumplido el objetivo que se propusieron, tuvieron el coraje del que la mayoría carece: el de ser ellos mismos y arrojarse a llevar su sueño adelante. Edison, Beethoven, Goethe, Messi, Gandhi, Gates, todos ellos, como cualquier genio de reconocimiento universal, fracasaron en algún minuto y, si no lo hicieron, fueron fracasados en potencia. Esto es lo que en nuestra cultura cuesta tanto entender: que, como enseñó Steve Jobs, el éxito es una función de la disposición que un ser humano tiene a fracasar y que el fracaso es, a la vez, una función de la voluntad de cada persona a vivir de acuerdo con su singularidad que es precisamente lo que lo diferencia del resto. El fracaso debiera, por lo mismo, ser materia de celebración en lugar de estigmatización y el éxito, cuya fragilidad es usualmente subestimada, objeto de prudente admiración en lugar de envidia. Si lográramos tan solo cambiar ese aspecto de nuestra cultura animaríamos a más personas a dejar de vivir queriendo impresionar a otros para obtener la valoración que son incapaces de darse a sí mismos, como ocurre en el tétrico primer capítulo de la serie Black Mirror, donde la protagonista termina encontrando la libertad de ser y, por tanto, de decir realmente lo que piensa en la cárcel, único lugar en que la opinión del resto ya es irrelevante.
 
Así como cierta libertad puede encontrarse en la cárcel precisamente porque se ha perdido el miedo a lo que otros piensan, cierto tipo de cárcel puede encontrarse en la libertad cuando se carece del coraje para desafiar ese impulso homogeneizante que aplasta la singularidad. Porque se puede haber tenido “éxito” como empresario, como abogado, como pareja o en cualquier otra cosa, pero si esos proyectos respondieron a la satisfacción de expectativas ajenas o a meros impulsos egóticos por sentirse más que otros, entonces no se vivió más que una farsa, lo que significa que se fracasó como ser humano. Y ese, en última instancia, es el único fracaso que debería avergonzarnos.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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