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Educación con serendipia

Marzo es el mes del regreso a clases. Cada cuatro años, también es el mes del cambio de gobierno, al menos bajo la vigencia de la actual Constitución, que la ex Presidenta Bachelet propuso cambiar en la última semana de su administración. Una propuesta polémica que transforma la Carta Fundamental en un manifiesto que consagra derechos que requieren financiamiento, sin los consiguientes recursos. Una de esas promesas fue “gratuidad en la educación”. ¿Será posible y conveniente? La buena educación no será nunca gratis, por mucho que lo queramos y consagremos en nuestras leyes. La razón es simple. Los insumos necesarios para educar no son bienes libres como el aire o la vista a la cordillera. Son bienes que alguien debe financiar: remuneraciones de profesores, arriendo, luz para las salas, agua para los baños, etc. Por tanto, hablar de educación gratis no es más que un disfraz para expresar algo distinto: educación pagada por el Estado con la plata de todos los chilenos, recaudada a través de impuestos (en otra ocasión podremos analizar quién paga al final verdaderamente los tributos). Siempre serán los ciudadanos los que financien el gasto en educación. Lo pueden hacer directamente, eligiendo el establecimiento y pagando su matrícula, o indirectamente, entregándole fondos al Estado para que los funcionarios públicos contraten la educación de nuestros hijos. En el medio habrá sistemas híbridos, donde una parte la paga la familia directamente y otra el Estado, sistemas de vouchers o subsidios, mecanismos de crédito para diferir el pago hasta que el alumno genere ingresos, etc. Hay muchas fórmulas, pero al final la educación es siempre costosa y alguien la paga. Tampoco se debe olvidar que el tiempo que el alumno destina a educarse y su costo de oportunidad es el mayor costo de la educación. No hay peor cosa que ir a perder el tiempo al colegio o a la universidad no aprendiendo lo que se debe, aunque no se pague por ello.

“No hay peor cosa que ir a perder el tiempo al colegio o a la universidad no aprendiendo lo que se debe, aunque no se pague por ello.”

La respuesta de qué se debe aprender no es nada trivial. Está en constante cambio y nadie tiene “la respuesta”. Un ejemplo del tipo de encrucijadas actuales se puede encontrar en una reflexión del autor de Sapiens, Yuval Noah Harari. Según Harari, el hombre moderno está enfrentando un cambio tan radical, de proporciones evolutivas, que redefinirá a las personas ganadoras y a las perdedoras. Desde que el homo sapiens se puso de pie, la clave del éxito ha sido la calidad de nuestras decisiones. Si acechábamos o atacábamos a nuestra presa, si decíamos sí o no a la comida chatarra, si estudiábamos tal o cual carrera. Era la calidad de nuestras decisiones lo que hacía la diferencia. En lo sucesivo, la clave estará, según él, en la empatía, en poder comprender los sentimientos de otros. Con el desarrollo de la inteligencia artificial, las máquinas, los algoritmos y las grandes bases de datos serán capaces de tomar las decisiones mejor que nosotros. Ya lo vemos en aplicaciones como Shazam, que elige la música que nos gusta, o Amazon, que selecciona nuestros libros, o Waze, que nos ofrece la ruta más rápida. Esa realidad cambiará nuestros trabajos. La sustitución tecnológica ya está aquí, alterando la demanda por habilidades laborales en la disección de mayor complejidad y nivel de expertizaje, alejándose de tareas rutinarias que están tomando los robots. Desde hace ya décadas, en los países desarrollados los puestos de trabajo de salarios medios caen, siendo reemplazados por plazas de remuneraciones altas y bajas, polarizando la oferta de ocupaciones y ofreciendo menos plazas para tareas repetitivas.

En este entorno, ¿confiaría usted el monopolio de la educación al Estado, aunque sea gratis? La clave no está en la “gratuidad” (o mejor dicho en un pago indirecto), sino en el tipo de entrenamiento que se recibe. Un sistema diverso, donde la oferta sea dinámica y esté en constante autorrevisión es crucial. Si el financiamiento es estatal y va directo a los establecimientos surgirá la necesidad de controlar los despilfarros, que serán mucho más caros que el lucro y obligarán a estrictos controles de gastos, lo que requiere de la implementación de procesos rígidos que terminan por estandarizar la educación ofrecida como la “one size fits oil”, chaqueta sin solapa de los 60. Si se comete un error, éste se repetirá para el 100% de los alumnos y, tal cual ocurrió con el Transantiago, no habrá referencia para saber qué funciona mejor o peor.

Hay veces en que se está investigando algo y accidentalmente, de manera inesperada, se descubre una cosa distinta. Ese hallazgo casual se denomina una serendipia (proveniente del vocablo en inglés serendipity, uno de sus más famosos ejemplos corresponde a Alexander Fleming, quien descubrió la penicilina como consecuencia de la contaminación involuntaria de una placa de bacterias por un hongo que las eliminaba). La rigidez que conlleva la mal llamada educación gratuita, al eliminar una parte de la oferta simplemente porque cobra sin mirar su valor agregado, no podrá competir con sistemas educativos más diversos, llenos de serendipia. No podrá descubrir en un dropout de bachillerato, con cursillos de caligrafía, al próximo Steve Jobs de la economía mundial. Así, la utopía de la ideología de la igualdad habrá postergado una vez más la tan necesaria victoria de nuestra batalla contra la pobreza y evitará que nuestro país sea parte del grupo ganador que sabe responder con rapidez y flexibilidad a los cambios.

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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