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Dictadura Liberal

Los polos opuestos se atraen, dicen por ahí. Esa regla parece aplicar a las crecientes posiciones polarizadas en el espectro político. Como alguna vez me dijo el profesor José Rodriguez Elizondo en una entrevista: los ultrismos se retroalimentan. Actualmente, tanto conservadores como izquierdistas ven en la sociedad abierta, y su promoción del individualismo, una amenaza al monismo ingenuo desde el cual sustentan sus creencias y promueven sus prejuicios anti sistémicos. He ahí la base del tribalismo que hoy amenaza a las democracias en el mundo.

La izquierda chilena hace rato enarbola la cháchara burda de la dictadura del mercado, tratando jugar al empate, estirando y torciendo conceptos, intentando decir que sus modelos idealizados, generalmente dictatoriales, de partido único y militarizados, serían igual de despóticos que la oferta y demanda o la democracia liberal. Lo increíble es que a ese parloteo parecen irse sumando los conservadores de derecha que, frente al auge de vindicaciones de índole valórica, no hacen otra cosa que tomar las jergas anti liberales torciendo los conceptos políticos. Entonces, por ejemplo, José Antonio Kast le pide al Presidente escuchar a “los millones de chilenos que están cansados de la dictadura liberal y de leyes que no resuelven las urgencias sociales”. Al parecer, a varios conservadores, supuestamente abiertos en lo económico, ya no les gusta tanto el libre mercado y su lógica revolucionaria que, tal como decía el viejo Marx, disuelve todos los credos e ideas considerados venerables y de paso transforma las relaciones tradicionales e inveteradas. Entonces, frente a esto, prefieren tener líderes resueltos, hombres de acción que hagan marchar las cosas, obviamente según lo que ellos estiman como tal. Ahí, en el desdén por la democracia representativa liberal y los efectos revolucionarios del mercado sobre la vida de los individuos, está la semilla del líder populista, de derechas o izquierdas, pero también de potenciales autócratas totalitarios.

“parece que algunos conservadores, ante los efectos “no deseados” de una sociedad abierta, prefieren atacar sus cimientos directamente.”

 

Los conservadores parecen olvidar que, en su reacción contra la corrección política, que las agendas de izquierdas imponen bajo la supuesta promoción de mayores libertades individuales y que efectivamente es la nueva moralina inquisidora, caen en la jerga que la agitación política anti liberal lleva a cabo contra los principios de la democracia representativa, el estado de derecho y el libre mercado. Es decir, en su rechazo al colectivismo camuflado de vindicaciones liberales, terminan sumándose al grupo que niega los principios que sustentan las libertades que se reclaman. Esto, en parte, explica el auge del populismo de derechas en el mundo, que de algún modo recoge el rechazo directo o solapado de ciertos sectores de izquierda —muchos incluso pretensos liberales— con respecto al orden liberal en términos jurídicos, sociales y económicos. Entonces, parece que algunos conservadores, ante los efectos “no deseados” de una sociedad abierta, prefieren atacar sus cimientos directamente.

Que José Antonio Kast acuse de dictadura liberal al orden democrático chileno actual, no es solo una torcedura brutal e irresponsable de los conceptos —tal como pretendían varios otros líderes del Frente Amplio a propósito de los 30 años del plebiscito— sino que además es un claro alineamiento discursivo con aquellos que hace tiempo buscan acribillar los principios democráticos y económicos liberales en términos generales, denunciando de forma engañosa e irresponsable vivir bajo la dictadura del mercado, mientras simultáneamente alaban y promueven las instituciones y principios de regímenes autoritarios que carecen de pluralismo y de libertades civiles, políticos y económicas.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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