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“Diálogo” irracional

Lo he señalado antes, pero a la luz de lo que ha ocurrido en días recientes parece apropiado repetirlo: en Chile la discusión racional, el debate público y sereno de buena fe, está muerto.

La manera histérica, insultante, irracional, engañosa y tramposa en que un sector importante de quienes opinan, especialmente desde la izquierda, abordó la discusión sobre el pacto migratorio —debate que perdieron categóricamente en todos sus puntos de fondo—, da cuenta de que ya hay un relevante sector de quienes participan de nuestra esfera pública totalmente perdido. Y es que, este grupo siente —pues no piensa— que enfrenta derechamente a seres malignos, supuestamente encarnados en quienes tienen opiniones diferentes sobre temas que ellos ven como no transables.

Se trata, así, de la vieja e infantil idea del bien contra el mal que ha animado a la izquierda desde el odio que le inoculara Marx, haciéndole creer que ella se encontraba del lado bueno y liberador de la historia, y todos los demás del lado perverso. En este ambiente de fanatismo se mezclan también personas de tono más calmo, muchos que se dicen liberales, pero que no dudan en endosar el humanismo posero de la izquierda dura para ser políticamente correctos, conservando al mismo tiempo su influencia en segmentos más moderados.

Ellos condenan a populistas de ‘ultraderecha’ —su concepto favorito—, pero cuando los ponen a prueba con las desviaciones autoritarias y populistas de izquierda guardan táctico silencio. Por eso, no serán estos autoproclamados campeones de la autonomía y libertad individual quienes salgan realmente al paso de la ley mordaza que propone la izquierda dura para meter a la cárcel a personas que se alejen de su interpretación de la historia reciente, cuestión que, como saben estos liberales perfectamente, es un asunto que concierne directamente a la libertad de expresión que reclaman defender. Y no lo serán, porque son los mismos que se escandalizan cuando una torpe diputada se identifica como pinochetista, pero no ven incoherencia alguna en admirar simultáneamente a una ex Presidenta confesamente castrista.

 

Es más, en su visión monopolista de la moralidad, creen que ella tiene toda la credibilidad para liderar el departamento encargado de los derechos humanos en la ONU. Tampoco se hacen demasiado problema cuando un partido totalitario que apoya abiertamente a Venezuela, Cuba y Norcorea forma parte de la coalición que apoyan con su voto y sus discursos.

Nada de eso importa para estos ‘liberales’ de izquierda autosantificados y acostumbrados a su prédica moral desde el púlpito ascético desde el cual denuncian a ‘fascistas’, ‘extremistas de derecha’ y otros tantos villanos que, en muchas ocasiones, son producto más de su imaginación sacerdotal que de la realidad. El entorno, hay que decirlo, tampoco favorece su disposición a pensarse a sí mismos para salir del engaño, pues cuentan con legiones de periodistas de escasa integridad y pasquines de propaganda izquierdista que se encuentran al servicio de intereses ideológico-políticos, cuyo propósito evidente es enlodar la imagen de quienes desafíen sus intereses y el canon sagrado de sus voceros.

Así las cosas, por donde sea que se mire, el diálogo con buena parte de la izquierda parece cada vez más difícil y la polarización crecerá en consecuencia, como está ocurriendo en otros lados, hasta producir verdaderas guerras culturales de efectos insospechados. Y es que es imposible dialogar con un grupo que pretende ser el representante del bien sobre la Tierra y que cree, en su sagrada misión combativa, que bien vale la pena convertir la esfera pública en un ring de ‘todo vale’.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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