Diálogo de sordos

Vivimos días complejos, marcados por la intolerancia, la burla, el sacar a propósito de contexto, malinterpretar, leer lo que se quiere leer y actuar en base a ello de mala fe. En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos egoístas y mezquinos cantaría el trasandino Fito Páez al unísono de ‘Al lado del camino’. El pensar distinto a mi interlocutor comenzó a ser mal visto hace bastante tiempo y prueba de ello es la antipatía a la diversidad de opiniones imperante en el debate público.

Ejemplo claro de esto es el alumnado de la Universidad Diego Portales exigiendo la renuncia de su rector, Carlos Peña, por sus opiniones en el debate público. Por otro lado, las redes sociales y el efecto del sesgo de confirmación, esto es, la muestra y generación de contenido ad hoc al pensamiento de quien utiliza la red social, han acrecentado este fenómeno extrapolándolo a la vida real.

“Es este peligroso intento de ingeniería social de la opinión la que puede estar ad portas de socavar buen parte de nuestra democracia”.

Se está generando un diálogo de sordos, que está erosionando los pilares de una democracia, como son la libertad de expresión, el pluralismo, la diversidad y la tolerancia. En tiempos en que ‘la calle’ romantizada y elevada a un nivel sacrosanto, ha producido que una mínima discrepancia con los postulados, carteles, cánticos o dichos de esta, convierten al disidente en enemigo y no en adversario político. Por ello, es que las agresiones físicas o verbales están plenamente justificadas y a la orden del día. Sabio era John Stuart Mill al señalar que había una tiranía más peligrosa que la del poder político o de la mayoría, la tiranía de la opinión.

Argumenta Mill ‘La sociedad tiende a imponer como reglas de conducta sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas, empleando para ello medios que no son precisamente las penas civiles; puesto que también trata de impedir el desarrollo, y, en lo posible, la formación de individualidades diferentes; y como, por último, trata de modelar los caracteres con el troquel del suyo propio’. Es este peligroso intento de ingeniería social de la opinión la que puede estar ad portas de socavar buen parte de nuestra democracia.

No queda más, entonces, que para quienes defendemos y creemos en la democracia como régimen político, que defenderla de quienes intentan amordazarla e imponer su visión al resto sin derecho a disentir. Sólo en un marco de respeto, entendimiento, diálogo, y libertad, es que podremos otorgar soluciones a los problemas sociales que aquejan al país y alcanzar el descubrimiento de aquello que aún no conocemos: el progreso.

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