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Publicado el 21.01.2019

Desafío democrático en Chile, más allá de las instituciones

Cada año el semanario The Economist publica el Índice de la Democracia, donde muestra la situación democrática de 167 países, y que en su versión 2018 destaca el inesperado aumento que tuvo la participación política a nivel mundial, sobre todo por parte de las mujeres. El estudio también refleja que solo un 5% de la población total a nivel global vive en plenas democracias; el resto vive en regímenes autoritarios (36%) o en democracias defectuosas (43%), entre las que se encuentra Chile. Nada de extraño si consideramos que según el mismo índice las libertades civiles han disminuido paulatinamente en el mundo desde 2008, pero sobre todo desde 2016, siendo icónicos los casos de Venezuela y Nicaragua, hoy países con regímenes autoritarios que restringen diariamente la vida y libertades de sus habitantes, aun cuando se vanaglorian de contar con ciertos mecanismos democráticos como referéndums.

En el caso de Chile hay dos elementos claves del informe que deberíamos analizar y reflexionar. En primer lugar, aún mantenemos bajos y deficientes niveles de participación política. Si bien en cuatro de las cinco categorías del índice nos encontramos al nivel de democracias plenas (procesos electorales y pluralismo, funcionamiento del gobierno, libertades civiles y cultura política), en este ítem estamos absolutamente al debe.

Esto contrasta con un segundo elemento que destaca el índice de The Economist, que tiene relación con la mayor presencia femenina en la esfera política. Si comparamos con uno de los primeros lugares de la región, como Uruguay, que tiene mayores niveles de participación, vemos que la proporción de mujeres en sus poderes legislativos, específicamente en el Congreso, es similar a la chilena. ¿En qué estamos fallando entonces en cuanto a la participación política?

“No hay que desconsiderar que la baja calidad del debate político, debido a la demagogia e irresponsabilidad de los legisladores y gobernantes, se traduce en una mayor desconfianza en las instancias políticas, en creciente descontento y es un caldo de cultivo para las dinámicas populistas.”

Que los chilenos seamos poco participativos puede ser un síntoma más de la crisis de confianza por la que atraviesan gran parte de las instituciones públicas y privadas, producto tanto de la corrupción como de diversos escándalos de índole partidaria, lo que se traduce en un creciente bajo interés o en un rechazo directo a la actividad política por parte de los ciudadanos. En ese sentido, muchas personas pueden considerar que su participación tiene poco impacto en las decisiones y, como consecuencia, prefieren abstenerse. Por otro lado, este fenómeno puede relacionarse con la falta de instancias y aspectos institucionales que permitan canalizar diversas expectativas y perspectivas en un contexto donde la sociedad se diversifica cada vez más, existe un mayor flujo de información y una amplia gama de inquietudes que afectan de múltiples formas a los ciudadanos. Esto hace más difícil que los actores políticos logren abordar y aunar cada demanda bajo una sola perspectiva, lo que hace más compleja y desafiante la representación.

Nadie podría poner en duda que la participación política es un elemento vital para una democracia, pues permite definir el apoyo o rechazo hacia los gobernantes, pero además refuerza la alternancia en el gobierno y otorga diversidad al sistema político, evitando que el poder y las instituciones democráticas sean capturadas por unos pocos grupos de interés. En ese sentido, mejorar los niveles de participación no pasa solo por aplicar ciertos mecanismos institucionales, sino también, por promover mayores espacios para la sociedad civil como un actor relevante del sistema democrático. Además, es necesario exigir mayores niveles de probidad y responsabilidad de los representantes en cuanto al uso de los recursos estatales y también a la hora de proponer medidas y discutir los asuntos públicos. No hay que desconsiderar que la baja calidad del debate político, debido a la demagogia e irresponsabilidad de los legisladores y gobernantes, se traduce en una mayor desconfianza en las instancias políticas, en creciente descontento y es un caldo de cultivo para las dinámicas populistas. Porque la calidad de una democracia no se mide solo en el papel, sino también en las prácticas y percepciones.

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Ensayo recomendado: “Chile ante la crisis de confianza: El rol de la sociedad civil”

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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