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Demócratas de ocasión

Es probable que cuando usted esté leyendo esta columna las elecciones en Brasil ya tengan a un ganador. Más allá de quien haya resultado electo, es bueno reflexionar con respecto a lo ocurrido durante las semanas previas a la contienda electoral en Brasil, donde la expectación estuvo centrada en el eventual triunfo del polémico candidato Jair Bolsonaro. Muchos plantearon que el creciente apoyo popular al líder del Partido Social Liberal mostraba el auge del “fascismo” en América Latina y que su eventual elección podría implicar un serio riesgo a la democracia.

Si somos honestos, las instituciones democráticas en América Latina vienen siendo mermadas hace rato, no por Bolsonaro, sino por gran parte de la izquierda latinoamericana al avalar el Socialismo del siglo XXI. Si hablamos de lenguaje inadecuado o poco democrático, deberíamos partir por recordar los constantes exabruptos del fallecido Hugo Chávez con respecto a sus opositores y críticos. Varios de los demócratas de ocasión, a propósito del políticamente incorrecto Bolsonaro, olvidan que el caudillo militar venezolano trataba de escuálidos, gusanos y maricos a todos aquellos que se le fueran en contra. Y ni hablar de su triste imitador Nicolás Maduro, cuya poco agraciada torpeza lingüística exacerba aún más la brutalidad de sus palabras.

Por otro lado, la misma izquierda latinoamericana ha mostrado hace tiempo su absoluta condescendencia con la corrupción al guardar un silencio cómplice frente a la corruptela de varios de los más connotados líderes del socialismo del siglo XXI, entre ellos los Kirchner​ y el propio Lula Da Silva. Este último levantado como una especie de víctima de los pérfidos tribunales de justicia brasileños. No es raro entonces que un outsider como Bolsonaro haya tomado parte de esa causa, que genera enorme molestia entre los ciudadanos, para plantear que había que barrer con la corrupción desde su raíz.

“La voluntad popular les parece razonable y adecuada solo cuando los electores apoyan a sus caudillos.”

 

El problema esencial de todo lo anterior es que las izquierdas latinoamericanas, y parte de las derechas del continente, no tienen una concepción institucional de la democracia sino un concepto personalizado de la misma. Por eso, muchos de ellos son demócratas de ocasión. La voluntad popular les parece razonable y adecuada solo cuando los electores apoyan a sus caudillos. Cuando no ocurre aquello, entonces acusan fraudes, alienación, estupidez, ignorancia y el auge de los peores males del sistema. Esa misma postura instrumental con respecto a la democracia les impide visualizar que, en la práctica, las mayorías no siempre toman buenas decisiones y por eso la democracia moderna no se funda solo en la idealizada voluntad general de las mayorías sino en marcos institucionales que evitan e impiden que la masa presuma tener el derecho de vulnerar los derechos de los derrotados por el simple hecho de tener un triunfo en una contienda electoral.

Otro problema clave de estos demócratas de ocasión es que olvidan que la soberanía popular no puede ser absoluta porque el consenso total no existe. Pero lo que hacen frecuentemente es todo lo contrario, elevando al caudillo de su preferencia a la categoría de representante total de la soberanía popular. Entonces, bajo ese supuesto errado, las izquierdas aplaudían tontamente a Hugo Chávez cuando en su propaganda, esa forma brutal de adoctrinamiento, aludía ser la encarnación del pueblo de Venezuela. El mismo aplauso se escucha cuando se alude que Evo es Pueblo. No se dan cuenta que, al atribuir a un sujeto la encarnación de la soberanía popular, no están propiciando una mayor democracia sino el retorno al absolutismo monárquico de Luis XIV, el rey Sol.

Las advertencias y vindicaciones democráticas de la izquierda latinoamericana frente a Bolsonaro se tornan dudosas cuando se observa cual ha sido su discurso frente al pisoteo de las instituciones propias de la democracia por parte de caudillos socialistas. Y eso se explica porque en el fondo desconocen que en una democracia el elemento esencial no es la imposición de la voluntad de las mayorías a través de un caudillo o asamblea sino la desconfianza en los gobernantes. En ese sentido, son las izquierdas latinoamericanas las que han reinstalado la confusión entre la democracia y la voluntad de los caudillos, militares por lo demás, bajo la máscara del socialismo del siglo XXI, que ha demostrado no ser una forma de política democrática de avanzada sino más bien el retorno a una forma de política bonapartista que pisotea la institucionalidad democrática más básica. Por eso sus principales íconos han gobernado con leyes habilitantes.

Si somos honestos, son las izquierdas latinoamericanas, promotoras del socialismo del siglo XXI, las que han instalado la noción de la democracia como un régimen de acatamiento y sometimiento del líder, sin apelación ni intermediación institucional alguna. Es decir, como un régimen en que no se puede disentir de las mayorías ni del gobierno por vía democrática. Entonces, ya nadie puede ir contra el caudillo ni sus adherentes. Bueno, ese es el principio que se intentó instalar en Brasil hace algún tiempo. Quizás en ello se ampare también Bolsonaro. Quizás por eso ahora los demócratas de ocasión le temen tanto.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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