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¿De qué hablamos cuando hablamos de incorrección política?

Mucho se habla en la actualidad de la “incorrección política”, de la fuerza con la que emergen discursos y mensajes que hasta hace poco, por censura o autocensura, no veían la luz. Cada vez más vemos personajes que se salen de la huella de lo establecido y se animan a brindar miradas disruptivas e incómodas. El prestigioso científico Steven Pinker se sacude la mirada pesimista, tradicionalmente respetada, y sostiene en el éxito de ventas Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress que el mundo no va tan mal como nos dicen, que en realidad vivimos mejor y más seguros que nunca en la historia, algo similar a lo que vienen expresando en sus obras Johan Norberg (Progress) y Matt Rydley (El optimista racional). Jordan Peterson (12 rules for life) está generando un impacto importante, escapando de los cánones tradicionales e incomodando a muchísima gente desde la psicología. El liberalismo ha logrado convertirse en trending topic gracias al trabajo de geniales divulgadores como Javier Milei (Argentina), Juan Ramón Rallo (España), Gloria Álvarez (Guatemala) y Axel Kaiser (Chile), entre otros.

Por supuesto, la política tomó nota de que lo “políticamente incorrecto”, lo que se presente como un mensaje nuevo, fresco y anti-hegemónico tiene más chances de seducir a la gente. Donald Trump es acaso el paradigma más acabado del outsider “incorrecto”. Bolsonaro, que no es un outsider en la política, tomó muchas de estas estrategias de diferenciación de marca frente a lo común, con resultados tan exitosos como los de Trump. Ambos llegaron a la presidencia gracias a presentarse como antinomias frente a lo establecido.

Claro, también hay referentes de lo políticamente incorrecto que surgen desde otros ámbitos. La izquierda tiene los suyos. Las olas anticientíficas tienen los suyos. Los movimientos anti-vacunas son políticamente incorrectos. Los veganos militantes son políticamente incorrectos. La gente que cree en la astrología, que quiere tener sexo con árboles o que declara que sería mejor que el hombre desaparezca del mundo también plantean visiones reñidas con la corrección política.

Ahora bien ¿de qué hablamos cuando hablamos de incorrección política? Lo cierto es que el concepto es tan escurridizo como apropiable. Casi todo el mundo quiere situarse en el barrio de la incorrección. Nadie diría hoy con orgullo “soy políticamente correcto”, porque lo que satisface es percibirnos diferentes al resto. De hecho, cuando uno lee sobre el mundo de “lo políticamente incorrecto” hay más casos que acepciones del término.

No obstante, voy a aventurar dos criterios de lo que podríamos pensar como incorrección política. El primer criterio lo llamo “incorrección política como lugar”, es decir, como una posición que resulte lejana de la más o menos mayoritaria opinión. Si la gente cree mayormente A, soy políticamente incorrecto si sostengo B, y mucho más si sostengo C o D. En este sentido, por ejemplo, en tiempos de hegemonías culturales de izquierda un intelectual de derecha es políticamente incorrecto y viceversa. No se trataría del contenido del mensaje sino de la distancia de éste con la opinión generalizada. Esto último debe advertirnos algo: la precaución a la hora de valorar algo incorrecto sólo por ser incorrecto. Y es que resultan tan políticamente incorrectos un intelectual liberal que quiebra el mainstream académico al enseñar los errores que Hayek le señaló a Keynes, como un artista acólito del terraplanismo que sostiene que la Tierra no es geoide.

¿Qué valor tiene esta “incorrección política como lugar”, este ir contra la corriente? En mi opinión, no demasiada. Y es que uno puede sostener algo brillante y disruptivo o una rematada tontería y en ambos casos tener al mundo lejos. Sólo tener una opinión diferente al resto no nos convierte en geniales, como una tuberculosis no nos convierte en virtuosos pianistas. No basta, entonces, con la mera posición relativa del mensaje para distinguir su valor.

Vayamos ahora a la otra acepción que se me ocurre para lo incorrecto, que es la “incorrección política como proceso”, como actitud intelectual. Sería algo así como el desentenderse de los efectos que tenga la expresión de las ideas que hayamos desarrollado a través de una actitud intelectual honesta y fundada. Esta incorrección política procedimental a veces podrá llevarnos a las playas opuestas de la mayoría, a sostener ideas que puedan generar rechazo o desconfianza. Pero también a veces puede que nuestra opinión termine coincidiendo con la de todo el mundo.

No sería el resultado sino el proceso intelectual lo que marcaría la corrección o incorrección política. No buscar el aplauso ni el rechazo (que hoy también se busca gracias a que genera notoriedad) sino simplemente decir lo que uno realmente ha pensado sobre un tema, sin especular. Hay muchos ejemplos de esta incorrección procedimental. John Stuart Mill era un intelectual tremendamente incorrecto. Más acá en el tiempo, el argentino Juan José Sebreli o el español Antonio Escohotado, son dos pensadores que incomodan pero no por el placer de incomodar. Fueron en contra de la corriente pero, al mismo tiempo, nunca quisieron seguir de la corriente que iba en contra de la corriente.

“Lo cierto es que todos queremos agradar a nuestro nicho de mercado.”

¿Es posible esta incorrección política más como proceso que como lugar en la actualidad? No es fácil. Porque lo cierto es que todos queremos agradar a nuestro nicho de mercado. Incluso si uno es venal y combativo, lo cierto es que se cuida mucho de no decir nada que ofenda al mercado propio. La incorrección es siempre extra muros. Pero internamente tomamos a diario la temperatura al nicho con el feedback que dan las redes y se mide qué se puede decir y qué no, para no perder adhesiones.

Una consecuencia de esto es que se relativiza poco puertas adentro del nicho, porque la duda es poco atractiva. Todo es blanco o negro porque al plantear algún gris uno se expone a que se abra un nicho dentro del nicho (¡y a quedarse afuera de ese sub-nicho!). Y como inevitablemente surgen “competidores” dentro del nicho, hay un incentivo en “huir hacia adelante” con el dogmatismo. Acaso por esta dinámica, los discursos tiendan a radicalizarse tanto. Si el eje discursivo está en C, es mejor pasar a representar D antes que venga otro y lo haga. Todos queremos representar el nicho más homogéneo antes que otro le abra una “línea interna” y nos deje afuera.

La dinámica de las redes sociales ha sido fabulosa para romper estructuras de poder verticalistas que no permitían que se expresen ideas que, justamente, disputaban a dichas estructuras. Pero todavía es pronto para saber qué rol tendrán a la hora de construir consensos más o menos estables en derredor de algunas ideas. La necesidad de presentar todo el tiempo “novedades” que llamen la escasa atención de los usuarios no parece ser un factor promisorio. Por lo pronto, acaso sea bueno empezar a advertir que algo nuevo sólo indica su novedad, y algo políticamente incorrecto sólo indica que no es abrazado por la mayoría. Esta diferencia con lo mayoritario no permite, por sí sola, hacer demasiadas valoraciones. Una idea puede ser políticamente incorrecta y ser magistral. También puede ser un mamarracho. No basta que algo sea nuevo o disruptivo para aplicarle un sello de calidad.

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Alejandro Bongiovanni (autor invitado) es Director de Fundación Libertad (Sede Buenos Aires). Estudió Abogacía en la Universidad Nacional de Rosario, la maestría en “Economía y Ciencia Política” en ESEADE y la maestría en “Derecho y Economía” en la Universidad Torcuato Di Tella. Es columnista en varios medios de opinión y autor de la saga de libros “Pioneros Presentes”.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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