Curas, Marx y control de identidad

Siguen apareciendo noticias sobre la Iglesia. Nombran interventores, se publican nuevos libros, se exigen indemnizaciones en plata para los abusados y aparecen nuevos casos. Incluso siguen cayendo más jesuitas, los profesionales en apuntar con el dedo. Quedaron mancos ahora parece. Vicente Huidobro dijo que lo que mejor representaba a los jesuitas era «su sed de mando, y su afán de ser consultados para pontificar y darse humos de sabios». Deberían estar atentos los nuevos sabios pontificadores, no vayan a quedar mancos y tuertos además.

Es compleja esta crisis, y sería interminable hablar de ella, pero me llama la atención lo mucho que se habla del celibato y lo poco o nada de la confesión. Esa institución consistente en relatar todo tipo de intimidades a un simple sacerdote; en entregarle tanto poder a un ser humano común y corriente, poder que además aumenta exponencialmente cuando este cura es el líder de una comunidad chica, como un colegio, un pueblo o la cerrada élite de un país. Correr semejante riesgo —porque no es algo malo per se , sino que un riesgo, por mínimo que sea, de que ese poder sea muy mal utilizado— sólo tiene sentido si uno supone que los personajes se van a comportar a la altura, que los curas nunca manipularían conciencias ni voluntades. Sobre esto, además de las noticias, ayudaría leer un libro reciente, ‘Rebaño’.

“el socialismo supone que el ser humano es un ángel y que nunca hará mal uso del poder que tiene”.

Para entregar tal poder es necesario suponer que estos personajes son tan virtuosos que nunca se corromperán. Y esto es exactamente lo mismo que hace el socialismo: supone que el ser humano es un ángel y que nunca hará mal uso del poder que tiene. Por eso los socialistas abogan por la idea de pasarle la educación al poderoso, corriendo el riesgo de que sea él quien elija qué, cómo y cuándo se debe estudiar (y de que, además, terminen todos estudiando lo mismo, y mal, y nadie pague las consecuencias). Por eso, la idea de pasarle la economía y monopolios productivos al Estado, corriendo el riesgo de que el poderoso decida invertir nuestras platas en comprar votos, en levantar plantas de azúcar ubicadas a cientos de kilómetros de los productores o en asesorías para amigos y viáticos delirantes (y de que nadie pague las consecuencias). Sobre esto, además de leer historia, bastante útil sería leer la última entrevista al gerente de Enap en El Mercurio.

Lo mismo ocurre con el control de identidad. Como estamos en política, y no filosofando, se pueden transar principios cuando las consecuencias lo ameritan. Pero en este caso, las consecuencias buscadas —mejorar la seguridad— no existen. «No hay evidencia», dice la famosa frase. No hay para qué darle a las policías el poder para violar nuestras libertades más básicas, corriendo el riesgo de que hagan mal uso de él. Curas, policías, políticos, somos todos humanos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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